La posteridad del escritor uruguayo Juan Carlos Onetti —decisiva para varias generaciones de novelistas hispánicos— ha atravesado distintas suertes de reconocimiento reverencial , al mismo tiempo que una circulación menos viva de la que correspondería a uno de los grandes prosistas del siglo XX en español.

Más que un satélite excéntrico del boom literario hispanoamericano, fue una posibilidad de renovación narrativa antes de aquel fértil momento de las letras hispanas.

Por eso, tras la importante edición conmemorativa de la novela La vida breve por la Real Academia Española en 2024, la reciente incorporación de Los adioses (1954) a la colección Letras Hispánicas de Cátedra, en admirable edición del especialista Pablo Rocca, no solo tiene la virtud de devolver al primer plano una de las narraciones esenciales de la modernidad narrativa rioplatense, sino que, al mismo tiempo, permite calibrar de mejor manera una escritura que nunca aceptó el facilismo psicológico ni la transparencia tranquilizadora del realismo convencional.

La edición de Rocca coteja primeras versiones, corrige erratas acumuladas durante décadas y reconstruye el complejo itinerario textual de la novela corta. Pero acaso lo más valioso sea el amplio estudio introductorio, donde aparece no sólo el Onetti biográfico —huraño, fatigado, irónico, lúcido y desengañado—, sino también el artesano ferozmente consciente de su técnica narrativa.

Hay en esas páginas una reconstrucción del ambiente rioplatense de mediados de siglo que devuelve espesor histórico a una obra a veces reducida a puro símbolo universitario. Contra ello y como gustaba decir el propio Onetti, escribir es una actividad tan íntima y fatal como amar. Y esa necesidad late con intensidad singular en Los adioses, relato de apariencia mínima pero de gran complejidad interior.

El argumento es engañosamente sencillo: un hombre enfermo llega a un pueblo serrano, acaso para curarse, acaso para esconderse, acaso para esperar el final de su vida. En torno suyo comienzan a tejerse rumores, sospechas, interpretaciones parciales. El pueblo murmura ante dos mujeres que entran y salen.

Un almacenero observa, barrunta, , imagina... Y, nosotros lectores, cuando creemos comprender, volteamos página y el traspiés resulta mayúsculo dando al traste con las precarias certezas que pudiéramos albergar. De tal singular forma avanza el relato convertido ya en arenas movedizas donde nunca tendremos ya la seguridad de avanzar hacia suelo fijo.

Y ahí reside precisamente una de las grandezas de Onetti. En una época que ha confundido la novela con la obligación de administrarlo todo —psicologías, motivaciones, traumas, explicaciones—, Onetti devuelve al lector al viejo territorio de lo inestable.

No sabemos del todo quién es ese hombre, qué relación mantiene con las mujeres que lo visitan, cuánto hay de verdad en lo que se cuenta ni cuánto pertenece a la imaginación del narrador y del propio lector.

Onetti entendió muy pronto que la novela moderna no avanzaba ya solamente por lo que contaba, sino también por lo que ocultaba e hizo de esas zonas de penumbra una de las materias centrales de su narrativa. Por eso sus personajes parecen siempre difuminados como vistos a través de un cristal empañado. Hasta el lector más experimentado acaba administrando datos incompletos y terminará aquí imaginando más de lo que realmente sabe.

Pocas veces una prosa tan contenida ha sabido levantar una atmósfera tan turbia. Onetti escribe con una naturalidad engañosa, su frase aparentemente desnuda queda sometida a una exactitud casi musical.

Todo parece dicho al descuido y, sin embargo, cada silencio pesa tanto como una descripción entera. “El estilo es una manera absoluta de ver las cosas” es la sentencia de Flaubert que Onetti parece seguir como ética narrativa. No espere aquí el lector la exuberancia verbal latinoamericana ni el barroquismo ornamental. Muy al contrario asistiremos al desgaste de la vida, la fatiga moral de un hombre derrotado y unas mujeres cuya presencia iluminan fugazmente su arruinada existencia.

Pablo Rocca acierta además al subrayar cómo la novela participa de una gran tradición de narradores de la sospecha moral, desde ciertas zonas de Faulkner hasta el universo centroeuropeo de la decadencia, la tuberculosis y el encierro.

Onetti aportará la imaginación simbólica rioplatense hecha de derrotas íntimas, ciudades portuarias, seres que viven siempre al borde de una huida imposible. De tal modo, la geografía del relato resulta moral antes que física.

Al relato largo le sigue con acierto un anejo que sirve de estupendo broche. Es el corto texto “Media vuelta de tuerca”, en alusión nada azarosa a Henry James, donde Onetti responde ambiguamente a cierta interpretación del relato y añade todavía más turbiedad a la historia.

El gesto resulta profundamente onettiano: incluso cuando parece aclarar, oscurece. La presunta explicación del escritor en verdad introduce otra sospecha. Y quizá ahí resida una de las razones últimas de su vigencia: la literatura no está para resolver el misterio humano, ni falta que hace, sino para revoverlo, adensarlo y, con ello, acaso, hacerlo más habitable.

Justo por eso, Los adioses conserva intacta una extraña autoridad, acrecentada incluso en estos días nuestros donde impera la ansiedad aclaratoria en la novela, el simplismo literario o, peor aún, las baratijas sentimentales. Frente a esos sucedáneos, esta breve novela corta de Onetti se alza como una lección narrativa de implacable ley: que la verdad de los seres humanos suele vivir precisamente en aquello que nunca terminamos de comprender del todo.

Francisco Estévez es profesor titular de Teoría de la Literatura y Crítica Literaria de la Universidad de Málaga