Casi llego tarde a la graduación de bachillerato de mi hija, Julia, cortesía de Adif y de Ouigo: un retraso de 50 minutos en el tren que debía llevarme de Córdoba a Madrid hizo que me presentase en Getafe justo a las seis en punto de la tarde, cuando debía comenzar el acto y mi hija me esperaba nerviosa para darme la entrada numerada que me correspondía.

La graduación se hizo en el salón de actos del colegio de los Padres Escolapios, porque el IES Antonio López no tiene un espacio bien acondicionado para este tipo de celebraciones.

Es llamativa la diferencia entre los opulentos centros privados y concertados y las pobres instalaciones públicas, descuidadas por unos y por otros, y que envejecen sin que merezcan la atención de unos gobernantes que se llenan la boca hablando de educación, de progreso y de oportunidades, pero que a la hora de la verdad o ignoran o discriminan abiertamente al alumnado de la educación pública, al que parecen querer condenar a la vida que según ellos efectivamente se merecen: una vida mediocre, al servicio de quienes ya tenían y tienen recursos económicos y materiales en casa, una vida que no debe salirse del guion consignado, porque en determinados barrios y hogares lo que hay que hacer es evitar desafiar al destino, mantenerse en el camino señalado por las circunstancias y la biografía, no molestar.

Me indigna tanto la discriminación rampante hacia los chavales de la periferia madrileña como la sorpresa de la izquierda socialdemócrata que descubre ahora que la formación profesional se ha convertido en un negocio formidable, como si años y años de abandono de la escuela pública y de los centros públicos no tuviesen los nombres y apellidos de ministros y consejeros de educación socialistas.

A buenas horas mangas verdes. Cuando se pudo hacer no se hizo, y ahora que las responsabilidades educativas han cambiado de manos y se nos han ido de las manos viene el llanto y el crujir de dientes, las lágrimas granadinas de quienes no supieron ni ver ni defender el baluarte de la educación pública como pilar de la democracia y de la igualdad efectiva de oportunidades. Y sé de lo que hablo porque todos mis hijos han ido a colegios públicos, a institutos públicos y ahora a universidades públicas.

Pero lo que de verdad me enerva y me hace hervir la sangre es esa estrategia descarada de destruir la educación pública, y con ella la mínima posibilidad de meritocracia, que ya se sufre en Madrid y que amenaza con extenderse como una mancha de aceite por toda España, con el aplauso de votantes y ciudadanos amenazados sobre todo por su propia ignorancia.

Una decisión que marca el camino vital de miles y miles de chavales estudiosos y llenos de talento, a los que se les dice desde muy pequeños que el futuro que les espera depende de su código postal, de la profesión de sus padres, del color más o menos oscuro de su piel, de sus apellidos, de su origen, quizás dentro de poco de sus medidas craneales.

Como si el liberalismo fuese esa basura discriminatoria que premia a los que más tienen y castiga a quienes se esfuerzan contra viento, marea y las circunstancias más adversas para salir adelante y luchar por lo que quieren, allá donde quienes los miran por encima del hombro y les desprecian habrían tirado la toalla hace tiempo.

Volvamos a Getafe. Decenas de jóvenes esperaban su graduación formal, la despedida de sus profesores, la felicitación orgullosa de sus padres, madres y abuelas. Un acto festivo y alegre amenizado por una banda improvisada -esos chicos de artes, siempre tan originales- que interpretó un par de temas con gracia y talento.

David, Thiago, Nora, Samuel y Óscar sorprendieron con una formación atípica (saxo, voz, guitarra, percusión y piano) capaz de contagiar su alegría, entusiasmo y virtuosismo a un salón de actos tan feliz como acalorado.

Nora, con su vestido largo azul, su pelo rubio y su guitarra eléctrica me hizo pensar en la mítica bajista de los Smashing Pumpkies, la elegante D’arcy Wretzky, inolvidable y única. Viendo en el escenario a aquellos cinco chavales tan eclécticos y espontáneos, celebré su diversidad, su mezcla, su descaro y su alegría de vivir. Porque el mundo es suyo y deberíamos, todos, hacer todo lo posible por facilitarles su camino, en vez de poner zancadillas y trabas porque sus apellidos no son ocho apellidos españoles y muy españoles.

Pero lo mejor aún estaba por llegar. Moha Benhaddi, uno de los mejores amigos de Julia, intervino en representación de su clase de bachillerato científico y tecnológico. No sé si ya ha cumplido los 18, o lo hará pronto, pero sí que le pedí a mi hija su discurso porque quería volver a leerlo y reproducir aquí algunas de sus más emotivas y certeras frases.

“Por último, me gustaría dar un consejo a todos los que me están escuchando: recordad que cada uno de nosotros tiene su propio camino, su propio tiempo. Lo que está destinado a ser parte de nuestra vida nos encontrará cuando sea el momento perfecto. Tenemos el poder de crear la vida de nuestros sueños, así que, para todos los graduados de hoy, de adolescente a adolescente, os recuerdo que nuestros resultados académicos no definen quiénes somos ni lo que podemos lograr. No tengáis miedo de equivocaros, de cambiar de opinión o de empezar de nuevo”.

Todo mi desprecio para quienes han decidido condenar a estos chavales, en cualquiera de las periferias de nuestras grandes, luminosas y exitosas ciudades, a un futuro diseñado de antemano, un futuro de servidumbre en el pisoteado y prostituido nombre de Hayek.

Todo mi desprecio hacia quienes disfrazan su racismo bajo los ropajes de un liberalismo que lejos de defender la libertad de las personas promueve una moderna forma de esclavitud despojándoles de los medios y las oportunidades que en efecto merecen.

Y no, no tengo nada contra la educación privada y concertada. Bienvenidas sean, siempre y cuando la competencia sea leal, las reglas del juego sean las mismas para todos y las escuelas e institutos públicos no se caigan a pedazos, cubran las vacantes, dispongan de buenos medios y laboratorios, y cumplan sin trampas ideológicas ni zancadillas presupuestarias con su imprescindible misión educadora. Toda la sociedad saldrá ganando, todo el país será mejor.