El cerebro no es una estructura fija. No piensa siempre igual, ni procesa ni decide con un mismo patrón. Se adapta. Cambia. Se reconfigura constantemente en función de lo que experimentamos, de cómo interactuamos con la información y del tipo de estímulos a los que nos exponemos.

La neurociencia lo ha demostrado con claridad en los últimos años, y trabajos como Neuroplasticity (MIT Press Essential Knowledge Series) lo explican claramente. No solo aprendemos, sino que nos entrenamos continuamente, incluso cuando no somos conscientes de ello.

Hoy en día algunos pasan el día consumiendo información rápida, indicadores, titulares, visualizaciones y métricas que se suceden sin pausa, pero nadie se para a pensar. De hecho, nadie se para a mirar qué hay alrededor. Estamos accediendo a datos, sí. Pero entrenando la pasividad, también.

El otro día leía un artículo muy interesante de Antonio Ortiz, “Vigilantes del poder con inteligencia artificial” (y no poco cargado de información y reflexión). He de reconocerlo, me dio la inspiración para el título de este.

Observatorios, plataformas, portales de datos abiertos, webs informativas que crecen sin parar, como si acumular información fuera equivalente a comprender la realidad. Lo que más me ha llamado la atención es la cantidad de Observatorios Públicos que nacen y mueren en el mismo instante de su creación. Me gustaría decir que crecen y florecen, pero es que se quedan en un limbo de olvido y abandono en pos del autobombo. Y es que se “inauguran” para observar, pero pocos ven que esto es un sin sentido.

Observamos mucho, pero vemos poco.

Y en esta frase, aparentemente sin importancia, y casi sin mucha coherencia sin contexto, es donde empieza uno de los mayores problemas actuales. Estamos entrenando el cerebro a golpe de vídeos de veinte segundos y no para la atención y concentración. Y esto impacta en los libros y la lectura.

Hemos perdido la liturgia de lector aplicado, lanzarse al hallazgo del libro y reencontrarse con el aroma a papel, a libros recién impresos, a librerías que se resisten a abandonar Ítaca.

Quedan ya pocas librerías que sean como mercados de abastos. Son esas librerías de barrio, con cierta calma en días de diario y caóticas en fines de semana, con condición inmaterial y atemporal. Donde se busca la calidad ante la cantidad y uno puede sentirse como náufrago en el oasis de una isla perdida.

De poco sirven libros vacíos que no dejan ese poso de café en forma de reflexiones y últimamente, me estoy encontrando con muchos que simplemente con mirarlos ya son una gran bandera roja. Son una amalgama de palabras con frase a principio de capítulo de algún filósofo de antaño (lo único inteligente del acopio de hojas).

Hoy en día parece que no hay cabida para el Fausto de Goethe, casi incomprensible esa figura que representaba el ansia infinita de conocimiento, la insatisfacción permanente, la necesidad de ir más allá.

Desde la literatura especializada, en psicología o filosofía, la estupidez nunca ha sido un concepto sencillo ni mucho menos unívoco. No se trata únicamente de una limitación cognitiva, como se ha entendido tradicionalmente, sino que aparece también como un fallo de juicio, en línea con la visión kantiana, como una forma de autosabotaje conceptual o incluso como la incapacidad de detenerse a reflexionar en contextos organizativos donde todo empuja hacia la ejecución rápida.

En todos los casos, hay un elemento común que no se puede ignorar, la estupidez presupone conciencia, capacidad de reflexión y, en cierto modo, la posibilidad de haber actuado de otra manera.

Y ahí aparece el primer punto incómodo. No es una etiqueta fija que define a las personas, sino un comportamiento que emerge en determinadas circunstancias. La misma persona que en un entorno es capaz de tomar decisiones complejas con criterio, en otro puede incurrir en errores difíciles de justificar. No porque haya dejado de ser inteligente, sino porque ha cambiado el contexto, la presión, la información o incluso la forma en la que interpreta la realidad.

Hace unos días, viendo un vídeo en redes sociales, me encontré con la promoción de una aplicación presentada de una forma, cuanto menos, cuestionable (todavía llevo la procesión por dentro). Y aquí entra la contradicción máxima, sobrepasar la línea del respeto para promocionar algo que pretende conectar con valores profundamente arraigados, cultura, creencias, identidad colectiva.

Esta naturaleza es precisamente la que Carlo Cipolla trató de capturar en sus leyes de la estupidez humana, señalando algo que sigue siendo sorprendentemente vigente: no solo existe una proporción constante de comportamientos estúpidos en la sociedad, sino que además tendemos a subestimar sistemáticamente su impacto. No porque no los veamos, sino porque asumimos que el daño que pueden generar es limitado, cuando en realidad ocurre justo lo contrario.

La figura del “estúpido creativo” no es una paradoja, sino una realidad en entornos donde la capacidad de hacer cosas nuevas no siempre va acompañada de la capacidad de evaluarlas correctamente.

Y esos mismos, son los que tienen miedo hacia la inteligencia artificial. Cuando un sistema genera un resultado que no encaja con nuestras expectativas, lo que está en juego no es tanto el error en sí, sino nuestra incapacidad para entender por qué se ha producido o cómo evaluarlo correctamente.

Aquí aparece una diferencia fundamental. Los errores de la inteligencia artificial, por imperfectos que sean, suelen poder rastrearse todavía. Tienen un origen en los datos, en el modelo, en la arquitectura o en el proceso de optimización. La estupidez humana, en cambio, no responde a esa lógica. sino a incentivos mal alineados o simplemente a la falta de reflexión. Y lo más relevante, se replica sola, por imitación, por repetición, por inercia cultural.

En este contexto, la inteligencia artificial actúa como amplificador y vehículo. No tiene intención, no tiene voluntad y, al menos por ahora, no posee conciencia, pero puede convertirse en un espejo incómodo.

Porque al final, la inteligencia artificial no redefine nuestros límites. Simplemente los hace más visibles.

Pensar es difícil, por eso la mayoría de la gente juzga.” Carl Jung