Llevamos años cometiendo un error de enfoque que, a mi juicio, empieza a ser palmario. Seguimos hablando del mundo digital como si fuese una suerte de territorio paralelo en el que nuestros menores entran y salen, cuando en realidad ya forma parte de su vida corriente, de sus relaciones, de sus anhelos, de sus miedos y, por supuesto, de su manera de construirse como personas. Lo digital no es un mundo paralelo, es su mundo, y cuanto antes lo asumamos, mejor.
Esta reflexión volvió a mi cabeza tras escuchar la conferencia hace unos días del director ejecutivo de UNICEF España Chema Vera que impartió a los alumnos de 3º/4º de ESO y Bachillerato de Novaschool Añoreta. Sin duda, fue una intervención magnífica, muy bien trabada, con datos sólidos y, sobre todo, con esa rara virtud que distingue a los buenos comunicadores cuando conectan de verdad con los jóvenes.
Ciertamente, no se limitó a hablarles, sino que consiguió interpelarlos. Y eso se notó de inmediato en las preguntas que hicieron los alumnos, preguntas certeras, maduras y no exentas de preocupación auténtica. Así, que, cuando un adolescente pregunta bien, convendrán conmigo que ha llegado al estadio de pensar por sí mismo.
El asunto del bienestar digital del menor no puede despacharse con reduccionismos tales como demonizar el móvil o todo lo que sea el uso de la tecnología. La clave de bóveda de todo este asunto es educar y acompañar al menor para que su uso sea moderado y provechoso y que consiga el ansiado bienestar digital.
Los datos expuestos por UNICEF son preocupantes, pero lejos de caer en el derrotismo debemos ocuparnos y no solo preocuparnos. Es destacable que el estudio en el que se apoyó la presentación se construyó sobre una muestra amplísima, concretamente un tamaño poblacional de 100.000 participantes entre alumnado y profesorado, ofreciendo así una radiografía muy seria de cómo viven niños y adolescentes su relación con el entorno digital.
Por destacar del estudio la mitad de esa muestra sube habitualmente fotos, vídeos o historias a redes sociales; cerca de uno de cada diez participa en retos virales; en torno a tres de cada diez consumen pornografía; y uno de cada cuatro jugadores accede a videojuegos clasificados PEGI 18 (para mayores de 18 años). A esto se suma la proliferación de las loot boxes que actúan como mecanismo de recompensa y con fuerte potencial adictivo.
Llegados a este punto, la pregunta pertinente no sería si los menores usan mucho o poco las pantallas. Esa pregunta, siendo importante, se me antoja insuficiente. La verdadera cuestión sería otra: ¿Cómo afecta al menor en su autoestima, descanso, capacidad de concentración, a su modo de relacionarse, a su intimidad, a la percepción de su propio cuerpo, o al modo en que entienden la violencia, el consentimiento y el respeto a los demás?
Porque el bienestar digital no se reduce a contar horas frente a una pantalla. Va mucho más allá. Tiene que ver con la salud mental, con la convivencia, con la exposición temprana a contenidos que no están preparados para procesar, con la presión por agradar, con la comparación constante y con una suerte de dependencia emocional de la aprobación ajena.
Aquí la familia y la escuela no pueden doblar la cerviz y mirar hacia otro lado. Entregar un dispositivo a un hijo o alumno sin una educación paralela sobre privacidad, criterio, autocontrol y responsabilidad equivale, salvando las distancias, a darle las llaves de un coche a quien aún no sabe conducir. Y luego nos extrañamos de si ha habido un accidente.
De hecho, el menor necesita límites, sí, pero también conversación, escucha activa, ejemplo y presencia adulta. Necesita que alguien le diga que no todo lo que circula por la red merece crédito; que una broma humillante sigue siendo humillación; que reenviar contenido vejatorio también te hace responsable; que la intimidad propia y ajena no se subasta por un puñado de likes; y que pedir ayuda no es signo de debilidad, sino de inteligencia.
En este punto viene muy a colación de lo que nos dice Neil Postman, gran pensador de la educación y de la cultura tecnológica, cuando advertía que, si los estudiantes reciben una formación sólida sobre la historia, los efectos sociales y los sesgos psicológicos de la tecnología, podrán llegar a ser adultos que usen la tecnología, en lugar de ser usados por ella.
Ahí reside, a mi entender, el meollo del asunto. No se trata de que nuestros menores sean tecnófobos o tecnófilos sino ciudadanos con criterio que sepan discernir qué información es veraz de la que no la es, y para ello el menor debe saber buscar fuentes fiables y confiables en el vasto territorio del ciberespacio.
Sería un error convertir este debate en una enmienda a la totalidad contra nuestros adolescentes. Ellos no son el problema, sino más bien un entorno digital diseñado muchas veces para capturar su atención, excitar su curiosidad, retenerlos el mayor tiempo posible y convertir sus emociones en materia prima de negocio. Si eso es así, como todo parece indicar, cargar únicamente sobre el menor el peso de la responsabilidad resulta injusto y hasta ingenuo. Los centros educativos, los profesores y los cabezas de familia tienen mucho que decir y bastante que corregir.
Me quedo con una impresión esperanzadora tras la charla de Chema Vera en Novaschool Añoreta. Los alumnos no reaccionaron con frivolidad, ni con ese desdén tan propio de quien cree saberlo todo. Escucharon, preguntaron y mostraron interés genuino por entender el mundo en el que viven.
En resumen, no se trata de apartar al menor del mundo digital y así convertirlo en un analfabeto digital. Se trata de enseñarle a habitarlo sin perderse. De educarlo para que sepa cuidarse, respetar, discernir, parar a tiempo y pedir auxilio cuando algo se tuerce. En definitiva, de formar personas libres y con criterio. Porque el bienestar digital del menor no caerá del cielo por generación espontánea.