José Luis Ábalos y Koldo García minutos antes de que el juicio al caso Koldo quedara visto para sentencia.

José Luis Ábalos y Koldo García minutos antes de que el juicio al caso Koldo quedara visto para sentencia. Efe

Política

Ábalos y Koldo unidos en la hora de la verdad: palmadas en la espalda, susurros y lamentos... y un alegato final lacrimógeno

En sus 50 minutos de oro, Ábalos dijo haber sido deshumanizado hasta el punto de sentirse como el protagonista de 'El extranjero' de Camus.

Los acusados han narrado hechos desde ópticas tan diferentes como los personajes de 'Rashomon' y el caso ha quedado visto para sentencia.

Más información: Ábalos montó una cita con seis prostitutas vulnerando el toque de queda con Koldo, el comandante Villalba y un amigo de Zapatero.

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Las claves

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Ábalos y Koldo mostraron una actitud de apoyo mutuo durante la última sesión del juicio del caso Koldo, compartiendo gestos de camaradería y una estrategia conjunta de defensa.

Ambos acusados, en sus alegatos finales, insistieron en negar su implicación en los hechos principales y en desacreditar el testimonio de Víctor de Aldama, considerado clave por la Fiscalía.

Koldo García protagonizó un alegato emocional, describiéndose como un hombre destruido social, laboral y mediáticamente, y pidió clemencia al tribunal.

Ábalos se defendió alegando que es un chivo expiatorio y que su imagen ha sido distorsionada por los medios, minimizando la relevancia de los contratos y las cantidades económicas investigadas.

El día final del juicio, o del juicio final del caso Koldo, recuerda a aquella secuencia de la película Rashomon en la que un asesino, una mujer violada, un leñador y un muerto que testifica a través de un médium relatan su versión de un mismo crimen desde ópticas lógicamente incompatibles.

Todos reconocen su participación pero no su grado de implicación; la verdad existe pero cada testigo la deforma para justificarse, ennoblecer su imagen o evadir su responsabilidad.

Tras una jornada maratoniana que comenzó con un vehemente alegato contra la corrupción política protagonizado por el fiscal Luzón, José Luis Ábalos, Koldo García Izaguirre y Víctor de Aldama, a través de sus abogados defensores y, después, los dos primeros, en su 'última palabra', enredaron y fragmentaron los acontecimientos de tal forma que el juicio pareció estar dirigido por el propio Akira Kurosawa.

No se pusieron de acuerdo sobre el origen del dinero de las presuntas mordidas por contratos de mascarillas durante la pandemia; tampoco sobre los 10.000 € que Aldama, asegura, le pagaba a Koldo cada mes; ni sobre el contrato del domicilio de la Castellana; ni sobre las prebendas a Jésica, piso y enchufe; no coincidieron ni siquiera en el origen de las chistorras, aunque Koldo reconoció que era la jerga para referirse a los billetes de 500 €.

El clímax se fraguó a un fuego tan lento que a veces la película se parecía a Satántángó y llegó a adormecer a jueces, abogados y acusados.

De hecho, fue en uno de esos momentos de letargo cuando Ábalos y Koldo protagonizaron un atípico instante de camaradería que reveló que todas estas tribulaciones compartidas han estrechado su amistad.

El exministro de Transportes, visiblemente cansado, adoptó esa postura arqueada hacia adelante típica de las jornadas precedentes, es decir, puño hundido en la mejilla derecha, ojos entrecerrados, algún que otro resoplido de hastío.

Koldo, que cuando ojea a su derecha suele hacerlo para disparar miradas asesinas contra Aldama, esta vez lo hizo para animar al que fuera su jefe, El Jefe.

Se acercó a él. Le susurró algo ininteligible al oído. Le puso la mano en la espalda y se la frotó un par de veces, como si lo consolara y le dijera 'sé fuerte', a lo que él reaccionó con una media sonrisa cargada de afecto.

Vienen manifestando esa dinámica en las últimas jornadas: ambos parecen ir a la par en su estrategia de negar las numerosas evidencias recogidas por el informe de la UCO y de cargar contras "las mentiras" de Aldama.

Este extremo quedó evidenciado de forma definitiva después de que la abogada de Koldo, Leticia de la Hoz, llegara a decir en su alegato de casi dos horas y media que para ella era "fundamental destruir la credibilidad del señor Aldama".

Tras su defensa y las de Marino Turiel y José Antonio Choclán, letrados, respectivamente, de Ábalos y Aldama, parecía que la jornada ya tenía poco que aportar.

Sin embargo, cuando los últimos rayos de sol cruzaban la vidriera del techo del salón de plenos y el caso parecía ya visto para sentencia, hubo un nuevo golpe de efecto, no tanto por su contenido revelador sino por su carga emocional, casi cinematográfica.

El presidente de la sala, Andrés Martínez Arrieta, preguntó si los acusados tenían una última palabra que añadir. Aldama dijo que no. Ya había disertado suficiente el miércoles.

Koldo y Ábalos, por el contrario, sí se pronunciaron en sentido afirmativo, y acabaron sumando otra hora y cuarto de epílogo.

José Luis Ábalos y Koldo García, ayer por la tarde en la última sesión del juicio, detrás del abogado del primero, Marino Turiel./

José Luis Ábalos y Koldo García, ayer por la tarde en la última sesión del juicio, detrás del abogado del primero, Marino Turiel./ Efe

El exasesor mostró la viva imagen de un hombre herido y derrotado. Con su metro noventa y pico de gigante, su barba de cenobita y su cojeo torpón, se sentó ante los siete magistrados y, sin pedirlo directamente, suplicó clemencia.

No usó esas palabras, pero su argumentario lacrimógeno les apeló directamente al corazón. Quería que se apiadaran del suyo. La Fiscalía, no hay que olvidarlo, le pide 19 años de prisión.

En palabras de su abogada, García es un hombre "ninguneado", un "cooperador sustituible" o "copartícipe innecesario" al que ahora hoy tratan como "el malo malísimo de España" pero que no es más que aquello que vulgarmente conoceríamos como un pringado.

"Quiero pedir disculpas si alguien se ha sentido ofendido por mi forma de expresarme", arrancó Koldo en su última confesión. "No quiero ofender ni molestar a nadie ni decirle, mucho menos a ustedes, lo que tiene que hacer. Pero sí intento hacer lo correcto. Estoy destrozado", confesó.

"Socialmente. Laboralmente. Mediáticamente. Han dicho de todo de mí. Hasta el punto de que, por mi culpa, ha habido muertes en accidentes. Me han destrozado por todas las vías. No me pueden hacer más daño. No puedo hacer proyectos ni nacionales ni internacionales. He perdido a mi familia. También a mis amigos. Pero les entiendo. Lo comprendo. ¿Cómo se van a acercar a mí si el que se aproxima es destruido?".

El acusado, en un acto de desgarro emocional perfectamente calculado, añadió: "No voy a poder pasear. No voy a poder llevar al colegio a mi hija. No voy a poder iniciar trabajos. Nada, señorías. No es que sea muy listo. Lo reconozco. Mis formas son las que son. Quizás he cometido un error al salir aquí… Pero creo que tan malo, tan malo, tan malo no he sido. Siempre he intentado ayudar a todo el mundo que he podido".

Koldo llegó incluso a describir una escena que, según él, lo minó psicológicamente.

"Hablé con un teniente coronel de la UCO. Le dije que estaría dispuesto a colaborar en todo con la Guardia Civil y la Policía Nacional. Me ofrecí. Pese a ello, entró en mi casa una Unidad de Intervención con los escudos y el dedo en el disparador apuntando a mi niña de tres años, que corría".

Y remató: "Métanme en la cárcel, pero que alguien me lo explique. Había que montar el circo, ¿no? Hubo un abogado del PP que me ofreció que colaborara, que mintiera y engañara a todos los españoles". Sin embargo, él, en un acto de lealtad profunda hacia su partido y, qué demonios, ¡a su país!, se negó.

Concluyó la letanía insistiendo en que jamás había recibido dádivas y que mucho menos había aceptado "un solo euro del señor Aldama".

Incluso afirmó que había tenido que "dormir en el coche para ahorrar", que su suegra "ha pagado el dinero" de los estudios de su hija y que el poco remanente que tenía era el que le prestaba a un Ábalos que ni siquiera se lo ha podido devolver.

"Aldama eligió el camino fácil. Yo me he matado a trabajar. El Presidente, Ángel Víctor Torres, María Jesús Montero, Marlaska, Félix Bolaños: yo he hablado con todos. A todos ellos, cuando eran relevantes, los he ayudado en lo que he podido. Pero ahora hay que dejarme de lado. Igual que a Ábalos".

Tras el de Koldo llegó el turno del exministro. Convertido, en sus palabras, en "carne de meme", quiso ser lo más escueto posible en la parte emocional para evadir las burlas, pero no pudo evitar hacer gala de su característica teatralidad.

"Siento abusar de la paciencia de todos ustedes. Es mi última palabra en este proceso [...] Me juego la poca vida que me queda, que tampoco es demasiada. Visto lo que plantea la acusación, debo vencer ese cansancio. Porque este mes ha sido cansado. La cárcel. Los madrugones, que son importantes; que llegamos tarde del juicio. Vamos y venimos esposados. Es una tortura diaria. Pero no hablaré de sentimientos para que no me acusen de victimismo".

Ábalos podría ser perfectamente el samurái al que Tajomaru asegura haber matado en Rashomon, y cuyo honor ha sido mancillado tras la exposición de sus vergüenzas.

En todo momento adopta la pose chivo expiatorio y se define como un alto gestor político ajeno a los detalles; alguien que firmaba contratos de mascarillas sin darse cuenta de si eran cuatro u ocho millones, que delegaba en asesores, en cargos de confianza, en subsecretarios.

Ábalos, durante su turno de última palabra, el pasado miércoles, en el Supremo.

Ábalos, durante su turno de última palabra, el pasado miércoles, en el Supremo.

Repitió que esta causa estaba "predeterminada", que lo suyo era un juicio político y que han sido los medios de comunicación, y no sus comportamientos erráticos, los que han "viciado los procesos judiciales y formado una realidad alternativa" sobre él.

Remató su homilía con un "sólo nos queda la defensa del honor, que no es más que pura melancolía", y dijo haber sido víctima de una campaña de acoso y derribo tan "inmoral" que ha hecho que la sociedad vea en él una "imagen deshumanizada, de personaje abyecto y capaz de todo".

Incluso confesó sentirse como el protagonista de El Extranjero de Camus, alguien "incapaz de llorar el día del entierro de su madre".

Minimizó en sus casi 50 minutos de oro los contratos a dedo a Jésica Rodríguez y Claudia Montes argumentando que a eso no se le podía llamar "colonización de la administración" cuando había decenas de miles de empleados públicos.

Consideró meras bagatelas las cantidades por las que, según la UCO, se había corrompido. E insistió en la idea que ya dio en su testimonio la semana pasada: que el dinero que señala el informe de la Guardia Civil, esos 94.800 €, son perfectamente justificables.

Finalmente, citó a Alonso Martínez y la Ley de Enjuiciamiento Criminal, que incluye dos claves "a cada cual más funestas".

"Una, que al compás que adelanta el sumario se va fabricando inadvertidamente una verdad de artificio que más tarde se convierte en verdad legal, pero que es contraria a la realidad de los hechos y subleva la conciencia del procesado. Dos, que cuando éste, llegado al plenario, quiere defenderse, no hace más que forcejear inútilmente, porque entra en el palenque ya vencido o por lo menos desarmado".

Aldama, que tan sólo habló por medio de su abogado, admitió de nuevo su participación en la "organización criminal" pero la aderezó para quedar como un héroe arrepentido.

Enmarcó su participación en un sistema que "todos conocían" pero aseguró que él no era más que una pieza de un puzle mucho más grande, "el número cuatro" de una jerarquía liderada, nada más y nada menos, que por "el uno", el presidente del Gobierno, extremo que nadie ha podido demostrar y que el propio fiscal Anticorrupción desechó.

Tras el mastodóntico juicio, el tribunal tiene ahora ante sí la misma tarea que el juez medieval de Rashomon: llegar a una conclusión a través de un caleidoscopio de testimonios, algunos de los cuales se contradicen entre sí, siendo sabedor de que ninguno de los hombres que conocen la verdad tiene el menor incentivo para desvelarla en toda su complejidad.