¿Amaneces sin ánimo aunque tu vida, en teoría, va bien? Muchas personas viven hoy la insostenible paradoja de "tenerlo todo" y sentirse vacías.
Este malestar no nace de una carencia material suplida por la tarjeta de crédito, sino de una pérdida sistémica de propósito e identidad, secuestrados por el estatus y la tarjeta.
Vivimos una desconexión clave.
Por un lado, una nueva clase social de profesionales cualificados —empleados, desempleados o en transición— se encuentra desorientada. Sin propósitos claros.
Perder el trabajo implica perder la identidad, generando un vertiginoso vacío existencial. ¿Cuántos buscan hoy respuestas en retiros exóticos sin hallar soluciones reales?
Por otro lado, líderes en comunidades "vulnerables" rebosan de propósitos y proyectos palpables, llenos de sentido, pero carecen de herramientas, contactos, para materializarlos.
La conexión auténtica entre ambos mundos es la solución. Genera una sostenibilidad diferenciadora tanto para personas como para organizaciones que buscan impactos auténticos.
Si la era industrial desdibujó el propósito, la revolución tecnológica lo ha esfumado.
Padecemos una crisis de identidad al definirnos excesivamente por el "qué hacemos".
La pregunta "¿a qué te dedicas?" es el barómetro social absoluto, delegando nuestro sentido vital en una estructura que, al vaciarse, desploma nuestra salud mental.
Según informes de Gallup, ocho de cada diez trabajadores no sienten propósito ni utilidad en lo que hacen.
El economista Guy Standing identifica esto como "el precariado": una nueva clase social carente de identidad que permea todos los estratos.
Desde el alto directivo hasta el joven desempleado, el sentimiento de ser una pieza intercambiable es endémico.
Referentes como John Dewey, Paulo Freire o David Kolb advierten que nuestro sistema educativo nos prepara para enviar CVs de manera pasiva, opositar, emprender. Ignora los horizontes del propósito vital.
No mira la luna, sí el dedo. Corremos, escalando posiciones en la agenda del "me first", hacia una cumbre que culmina en crisis existenciales cuando el castillo de naipes se desmorona.
Frente a este vacío, desde universidades como Berkeley y Oxford, desarrollamos metodologías de aprendizaje experiencial que actúan como puentes improbables.
Al mover a la persona de su frontera de confort hacia proyectos útiles en comunidades vibrantes, aterrizamos propósitos.
Más que pensando, estos se asimilan realizando proyectos palpables. Estas experiencias abren la mente y destapan identidades.
Nuestra salud mental depende de la nitidez con la que percibimos nuestra utilidad.
Se basa en aprender en la frontera donde termina lo convencional y empieza lo nuevo auténtico. Así, sirviendo al prójimo, transformamos el vacío en plenitud y bienestar.
Pensadores y humanistas respaldan esta visión. Desde el psicoanálisis de Erich Fromm y la sociología de Richard Sennett, hasta las tesis de Viktor Frankl, Brené Brown o Rutger Bregman.
Ellos sitúan la vulnerabilidad y la contribución con trabajos palpables como pilares del bienestar.
Bruno Latour advierte que necesitamos compartir proyectos comunes como humanidad para dotar de contenido nuestra existencia. Chaplin lo enseñaba en Tiempos Modernos.
Lawry Trevor, consultor del Banco Mundial, colabora con Feijão, exjefe del tráfico y líder comunitario en la Favela Vigário Geral, Río
En terrenos como Níjar hasta Johannesburgo o Río de Janeiro, la urgencia obliga a colaborar y ser creativos.
Paradójicamente, quien sufre por "una uña rota" o consume experiencias y objetos, frustrándose, encuentra allí a líderes que, con problemas mayores, se sienten realizados por su fuerte sentido de comunidad y utilidad.
Conectar y unir ambos frentes permite descubrir que la felicidad está en el sentido y el vínculo auténticos.
Bajo esta metodología, también conectamos directivos de empresas, fundaciones, ONGs, con emprendedores sociales.
Facilitamos experiencias vitales, encarando desafíos humanos reales, generando autoconocimiento y un liderazgo sostenible capaz de evolucionar culturas corporativas.
Para los empleadores, el valor es exponencial: conecta silos internos, genera bienestar, mejora la salud mental, permite diferenciarse de la sostenibilidad ordinaria que no está construyendo confianza ni fidelidad.
Además, como publicó el economista Prahalad, esta práctica permite posicionarse en nuevos segmentos de mercado.
Yo mismo experimenté esta transformación tras abandonar mi carrera de expatriado en multinacionales. Al co-construir puentes y proyectos de sostenibilidad con sentido real, descubrí una felicidad auténtica.
Aportar conocimiento donde marca una diferencia real no solo transforma la comunidad; sobre todo, reconstruye al mensajero.
***Leonardo Martins Días es responsable de proyectos, diseña e imparte formación para una sostenibilidad más auténtica y diferenciadora.