Trabajador de hierro en el sitio de construcción instalando vigas de techo.

Trabajador de hierro en el sitio de construcción instalando vigas de techo. iStock

Historias

Frío, hipoxia y fatiga: así afecta trabajar a más de 2.000 metros de altura al cerebro y al rendimiento de los trabajadores

Expertos alertan de que síntomas aparentemente leves pueden evolucionar rápidamente a una emergencia médica si no se detectan y actúa a tiempo.

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Mariana Goya
Publicada

Durante años, la prevención de riesgos laborales ha centrado su atención en caídas, maquinaria peligrosa o sustancias tóxicas. Sin embargo, hay un peligro que se mantiene en silencio y que apenas se percibe, pero que cada vez afecta a más trabajadores: la altitud.

En minería, obra civil, energía, telecomunicaciones, turismo de montaña o mantenimiento de infraestructuras, miles de profesionales desempeñan su jornada por encima de los 2.000 metros sin ser plenamente conscientes de que, allí arriba, el aire también puede ser un enemigo.

"La altura es un riesgo laboral muy importante porque, a medida que aumenta, disminuye la presión atmosférica y la cantidad de oxígeno disponible. Cada respiración aporta menos oxígeno al cuerpo", explica Juan Pedro Portell, director del Área de Salud Laboral de Quirónprevención. El resultado es la hipoxia, un déficit de oxígeno en los tejidos que "puede afectar al rendimiento físico, cognitivo y a la salud".

El problema, advierte Emmanuel Chepe, coordinador médico ocupacional en Quirónprevención Perú, es que muchas veces no se percibe.

El organismo inicia un proceso de adaptación y el trabajador continúa con su actividad con síntomas leves o inexistentes. Sin embargo, la sobreexposición o la sensibilidad individual "pueden romper esa adaptación y entonces aparecen síntomas cada vez más complejos, pudiendo convertirse en una urgencia médica".

El cuerpo avisa

Cuando una persona no aclimatada asciende por encima de los 2.000–2.500 metros, el organismo entra en modo supervivencia. Aumenta la frecuencia respiratoria, el corazón late más rápido y el cerebro recibe más flujo sanguíneo para asegurar oxígeno.

Ese mecanismo tiene un coste. Pues, tal y como indica Portell, aparece una "sensación de malestar general con dolor de cabeza, palpitaciones, falta de aire o fatiga". Y precisamente esas son las primeras señales del conocido Mal Agudo de Montaña (MAM), que en entornos laborales suele minimizarse.

Trabajador eléctrico reparando instalaciones de turbinas eólicas.

Trabajador eléctrico reparando instalaciones de turbinas eólicas. iStock

Los especialistas insisten en no ignorar los signos de alerta, porque, con el paso del tiempo, van a más. "El dolor de cabeza progresivo, náuseas que evolucionan a vómitos, mareos, debilidad, dificultad para concentrarse o alteraciones del sueño", señala Chepe. Y, si avanzan, el escenario cambia radicalmente.

El mal de altura deja de ser una molestia cuando aparecen síntomas neurológicos o respiratorios graves, como podría ser la "dificultad para hablar, incoordinación al caminar, incapacidad para mantenerse de pie, somnolencia extrema, pérdida de conciencia o falta de aire incluso en reposo".

También labios azulados o un empeoramiento rápido de síntomas previos. En esos casos, recalcan, se trata ya de una emergencia médica.

No todos responden igual

Hay perfiles especialmente vulnerables. "Las enfermedades cardiacas o respiratorias, anemia, obesidad, diabetes no controlada, embarazo, consumo de tabaco o edad avanzada aumentan el riesgo de mala adaptación", señala Portell.

Incluso una baja condición física o antecedentes previos de mal de altura pueden marcar la diferencia.

Por eso la prevención empieza antes del primer día de trabajo. Los expertos reclaman que la incorporación debería ir precedida de una evaluación médica ocupacional completa, en la que se incluya la historia clínica, una exploración física, pruebas cardiológicas y respiratorias, de laboratorio y control de comorbilidades.

Y es que, tal y como explica Chepe, "un hemograma permite detectar anemia, y una espirometría o un electrocardiograma ayudan a comprobar si el organismo tolerará la hipoxia".

Frío, errores y accidentes

En altura, la falta de oxígeno no actúa sola. El frío agrava el problema. El organismo prioriza mantener la temperatura central y reduce el riego sanguíneo en extremidades. El resultado es directo en seguridad laboral.

"Disminuye la capacidad de atención y la toma de decisiones. Hay lentitud mental, menor velocidad de reacción y pérdida de destreza manual", advierte Portell. De ahí que asegure que manipular herramientas, ajustar un arnés o usar un control puede convertirse en una tarea peligrosa. Aumentan los golpes, cortes y atrapamientos.

Además, el cuerpo gasta más energía para calentarse, lo que deriva en una fatiga acelerada, respiración rápida y mayor probabilidad de error humano. Y, en ese sentido, la ropa de abrigo tampoco es neutra, pues reduce el campo visual y limita la movilidad del cuello y los hombros.

Otro riesgo muy infravalorado es la radiación ultravioleta. Y es que, a mayor altitud, menor filtrado atmosférico: aumenta hasta un 15% por cada kilómetro. Pero no duele. "Los daños no se ven durante la jornada y el frío genera una falsa sensación de seguridad", explica Chepe.

Las consecuencias más frecuentes se encuentran entre las quemaduras solares, el fotoenvejecimiento, las lesiones oculares, las cataratas, la deshidratación y, a largo plazo, cáncer de piel. "El trabajador siente viento o sombra parcial, pero la radiación sigue penetrando", aseguran.

Prevenir, salva

La clave, coinciden los expertos, no es solo el abrigo o la crema solar. La medida más eficaz es la aclimatación progresiva, es decir, ascensos graduales y pausas durante las primeras 48–72 horas, así como una correcta gestión de la fatiga, turnos más cortos en tareas críticas y espacios protegidos para recuperarse.

Además, la formación es esencial. "Hay que enseñar a reconocer síntomas y saber cuándo detener el trabajo", subraya Portell. Porque, como defienden, las empresas deben contar con protocolos específicos, oxígeno disponible, equipos de rescate y personal entrenado en primeros auxilios en altura.

Sin embargo, el error más frecuente es cultural: "Se subestima la altitud, se piensa que 2.000 o 3.000 metros no es tan alto o que el trabajador se adaptará solo con el tiempo", a lo que se suman evaluaciones médicas estándar sin pruebas específicas o la ausencia de programas de aclimatación.

Por ese motivo, la conclusión de los expertos es clara: la altura es un factor de riesgo laboral real. Invisible, silencioso y potencialmente grave. Y, como recuerdan, "la prevención en altura falla no por falta de intención, sino por no comprender cómo afecta realmente al organismo".