En la última de las lecciones que componen el libro póstumo El hombre y la gente (de 1957, dos años después del óbito del autor) aseguró Ortega que “durante nuestra guerra civil alguien inventó la expresión ‘manda-más’”. Obviamente, el filósofo no pretendía ahí hacer historia de la lengua, sino sacarle punta a un dato que conocía –cabe suponer– por experiencia e impresiones propias.

Y el caso es que a muchos (tampoco exageremos: a unos cuantos) ese pronombre indefinido “alguien” empleado ahí por Ortega, o, más precisamente, la identificación concreta de tal alguien, puede llegar a obsesionarnos, porque la mayoría de las veces no somos capaces de ponerle nombre y apellidos. Más importante y más grave: nos preguntamos cuándo ese no identificado hablante tuvo la ocurrencia de inventarse la palabra; esta vez, la estupenda mandamás.

No le daremos vueltas a la apreciación de don José Ortega, porque –dicho sea con toda benevolencia: ya he adelantado que no estaba el filósofo haciendo historia de la lengua–, en lo que a la cronología se refiere, cometió un error de unos cuarenta años.

Sí parece cierto que la palabra mandamás se usó bastante en tiempos de la guerra (también en los primeros años treinta). Lo confirma un autor muy activo en ella, Rafael García Serrano, quien en su Diccionario para un macuto (1964) fue más prudente que Ortega: “Es una de las voces políticas –escribió en el artículo mandamás– más popularizadas a lo largo de los años de nuestra guerra, y a mi modo de ver de las que quedarán como características de una época. [...] El mandamás es el jefe irresponsable, caprichoso y audaz, típico de las situaciones revueltas. Los mandamases lucieron mucho en la retaguardia roja”. La cita es larga, pero también sustanciosa.

He de ir al grano. Para, empezando por la documentación textual de tan original vocablo, ofrecer al lector el primer testimonio localizado. Es el título de un artículo, “El tío Mandamás”, que publicó el 16 de octubre de 1897 el periódico valenciano El Regional, está tomado a su vez –se nos dice– de otro bilbaíno que no he podido ver, El Basco, y es una pulla contra Martínez Campos. En su texto la palabra mandamás no vuelve a emplearse.

Sí parece cierto que la palabra 'mandamás' se usó bastante en tiempos de la guerra (también en los primeros años treinta)

Después transcurren veinte años hasta los siguientes testimonios escritos que encuentro: “hacen la corte al mandamás” (en la revista granadina La Alhambra, 1917); “si yo fuera de los 'mandamás'” (en el salmantino El Adelanto, 1918). Nótese que al autor de este último texto lo frena, a la hora de formar el plural, el hecho de que deba hacerlo sobre una forma adverbial, más.

Por eso escribe “los ‘mandamás’” en vez del plural normal (para un nombre agudo terminado en consonante) que hemos visto arriba, y abunda: mandamases (como el plural de compás es compases); así, “los flamantes mandamases” (García Pavón, 1965); “me conocían los mandamases” (Max Aub, 1970); etcétera.

Más problemas aún plantea el género, por falta de precedente o modelo. Los diccionarios nos dicen que la palabra tiene una forma única para masculino y femenino: el mandamás, la mandamás. Así es, en efecto: un personaje de La carreta (1932), del uruguayo Enrique Amorim, se apoda “la Mandamás”; en Gironella (1961), “la mandamás... de la Sección Femenina”; etc. Pero también cabe encontrar, con carácter jocoso, mandamasa (“la mujer de Ramírez, la Mandamasa”, José Ángel Mañas, 2017).

En fin, el falangista Tomás Borrás, muy en su línea, se inventa, jugando con el vocablo, un aumentativo nada inocente: mandamasones.

El primer diccionario general que recogió la palabra mandamás fue el VOX de 1953; en el de la Academia entró en 1984.