En mi casa soy quien cocina. Por lo general intento no romperme demasiado la cabeza, aunque la variedad no siempre es conciliable con la rapidez. Considero la cocina un producto cultural de primer orden y me interesa la figura del cocinero, cómo no; sin embargo, me enerva el espacio avasallador que ocupa en las redes y la prensa todo lo relacionado con ella.

No es posible pasar las páginas de un periódico o encender la televisión sin que nos salten a los ojos o los oídos viandas y manteles, muy frecuentemente inalcanzables para bolsillos normales.

En comparación, la visibilidad mediática de otras manifestaciones culturales resulta raquítica, constreñida a páginas como esta. Habría mucho que decir sobre cómo esa jibarización, junto con la ansiedad contemporánea por estar al día y el intrusismo apresurado de quienes persiguen antes que nada su propio brillo, ha hecho desaparecer un sistema crítico confiable, da igual que hablemos de literatura, de pensamiento, de artes plásticas, de música o de arquitectura.

No hay crítica, porque no hay espacios para ella, y las voces aisladas que intentan emularla seriamente desde el reseñismo a su modo también se ven impelidas a favorecer la opinión en detrimento del análisis.

Pero más alarmante es la paulatina desaparición en el imaginario colectivo de la cultura, su marginalización creciente, la usurpación de su espacio por el sortilegio de lo novedoso y, lo que es peor, la pérdida de su estatus aspiracional y su conversión en algo prescindible para disfrute de privilegiados.

La cultura hoy está sometida a la dictadura del clic, y en esa guerra de menos de tres segundos ya sabemos que priman las emociones

Hace unos años el responsable de una revista dominical rechazó un reportaje que le propuse sobre una residencia de escritores en la Toscana por la que habían pasado desde Bruce Chatwin o Michael Ondaatje, a Bertolucci o Colm Tóibín, y cuya propietaria, Beatrice Monti, además de viuda del escritor Gregor von Rezzori, había sido una influyente galerista en el Milán de la segunda mitad del siglo XX, introductora en Europa del expresionismo abstracto norteamericano.

El argumento para el rechazo fue que se trataba de un tema demasiado elitista. Al parecer no lo eran los Bugatti o los Prada o los Rolex o los Louis Vuitton o los filetes de Wagyu que poblaban invariablemente las páginas de moda y tendencias de la revista.

En este estado de cosas, la literatura aún ocupa un espacio agónico –nadie sabe por cuánto tiempo–, pero ¿y la pintura? La pintura que se está haciendo, no la canónica de las grandes instituciones, las salas de subastas y las cuatro figuras del statu quo que obtienen atención fuera de la prensa especializada. ¿Y la música clásica contemporánea? No existe.

La cultura hoy está sometida a la dictadura del clic, y en esa guerra de menos de tres segundos lo que priman son las emociones.

No hace mucho caí en la cuenta –soy así de ingenuo– de que las calificaciones en una plataforma de cine online, conocida por su catálogo de clásicos y cine independiente, no las dirimía un equipo interno conforme a las críticas recibidas por las películas en su recorrido comercial, sino que las introducían los propios espectadores tras su visionado y que estos en un porcentaje mayoritario premiaban las intenciones y no la calidad artística.

Esa es otra realidad que acecha a diestro y siniestro: bodrios impresionantes entronizados por el mero hecho de abrazar causas socialmente sensibles.

Mientras tanto, el mundo ha perdido el norte y quienes tenemos hijos aún adolescentes empezamos a buscar sitios donde esconderlos si todo termina por estallar y los llaman a rebato.

Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) es novelista y narrador. Su última novela es Los ilusionistas (Anagrama, 2025)