Endeble la adjetivación. Sin alcance la metáfora. El temblor lírico se mantiene en el último libro de Benjamín Prado, La edad de los fantasmas (Visor), gracias a la profundidad conceptual de sus versos. El poeta lleva muchos años ocupando un primer plano en la lírica española y mantiene esa posición con un libro, tal vez desigual, pero poéticamente certero.

Corta Benjamín Prado los pétalos de las flores del mal. Las hojas del libro se convierten en el tarot de la hechicera. La hierba de esas hojas es venenosa, sobre todo en la mirada. La edad de los fantasmas puede calificarse como un libro singular, contrario al miedo y a la soledad.

El poeta suprime adjetivos necesarios como si se tratara de huesos dislocados. “Los espíritus huyen –cita a Shakespeare– cuando llega la aurora y sienten que vuelan los veloces dragones de la noche. Y así es: se han marchado, heridos por la luz”.

De la indignación a la indignidad, Benjamín Prado tiene su corazón sacudido por la melancolía, a la que llama mineral oscuro cuando, tal y como la definió Leonardo Sciascia, es expresión de la delicadeza y la profundidad del sentimiento. Desde hace muchos años el poeta lleva el tiempo en la mirada y no escucha ya la voz de tantas personas admiradas, al borde de la muerte.

Confía Benjamín Prado en que se borren sus huellas del camino, aunque sabe que un verso que se suprime es lo mismo que un mal recuerdo que se olvida. Pero no quiere combatir el crimen de contar la verdad, a pesar de que la realidad de la condición humana radica en que todas las manos descienden de la diestra de Caín.

El poeta lleva muchos años ocupando un primer plano en la lírica española y mantiene esa posición con un libro certero

Herido el poeta por Simone Weil –“no se podrá haber nacido en mejor época que esta en la que todo se ha perdido”– se dispone a atrapar el relámpago dentro de la botella. Le agobian las pesadillas y las caravanas de fantasmas oscurecidos. Al despertar vuelve a sentir el vértigo de la muerte.

La letra retorna temblorosa, como si a ella también le dolieran los huesos. Dedica entonces a Javier Marías versos profundos que le encaminaban al Nobel. Nunca lo hubiera ganado a pesar de dedicar su vida al cortejo del fantasma inalcanzable.

Desdeña Benjamín Prado las tertulias literarias porque en ellas algunos personajillos sueltan ese escorpión que vive dentro de los insultos, comprometiendo el destino del escritor admirado. “Caerás en el olvido”.

La inmensa mayoría de los grandes intelectuales que he conocido a lo largo de mi dilatada vida profesional permanecen, efectivamente, en el desdén o en el olvido. Se trata del cilicio del cuerpo literario, la verdad descarnada de la vida de las letras.

El poeta ha aprendido que todo lo que respira tiene principio y fin. Por eso se resiste a escuchar el fantasma que alienta en el veneno de la palabra: “Ha llegado la hora de saber que la vida lo es porque se acaba como la arena solo es tiempo cuando cae”.

El poeta, sin embargo, dedica sus mejores versos a Carmen Laforet, versos escritos desde el alma. Tuve de jefe de redacción a su marido Manuel Cerezales, cuando yo empezaba, y mantuve con él largas conversaciones sobre una mujer que era su esposa, a la que no entendía, a la que quería hasta la desolación. Se rindió finalmente Carmen Laforet ante los que había vencido, pero como los días a veces cambian de piel, una luz extraña la mantiene viva. No se equivoca Benjamín Prado.

Sabe el poeta, en fin, que en la era del vértigo nadie mira hacia atrás. Por eso escucha alto y claro ese ruido de cristales rotos que hacen los sueños al caer.