El poeta padece la angustia de existir. Y así como la vida empieza con la muerte –escribe– nuestra felicidad transita sin dilema naciendo del dolor. Sabe que el llanto de los tristes es el llanto del mundo. Y que Jesucristo llegó a pensar en el huerto de Getsemaní que su alma estaba triste hasta la muerte. A él, al poeta, le llegará esa mujer callada que solo habla con su cintura osada, oscura y oceánica en la hora azul.

Jarumi, la mujer del poeta, le llena de certezas que desbordan el llanto y también los versos de este Getsemaní (Visor) que es un libro erizante y definitivo. Sabe Arturo de Vicente que nadie oía los sollozos de su entraña, que nadie saboreaba los colores de sus atardeceres lejanos y solos, que su piel palpitará porque es tierra de religiones y guerras de fantasmas.

Y reza, entonces, reza por el hambre del mundo, por los que han vuelto a nacer, por los que se forman en sus lugares y también por las mujeres y los hombres que nacieron dentro de la piel negra.

Ha tejido el poeta en la India de Gupta y Tagore una cuenta con todas las noches que las azucenas de la ciudad no durmieron, mientras jugaban a las afueras de Bangalore. Busca siempre en Getsemaní la humildad que le sangraba las encías y que siempre habitó sus sueños. Busca a la amada perdida en el laberinto de su conciencia porque anhela su aliento y el deseo de beberla a ciegas y quedarse con sed. Recuerda entonces el techo de sus manos, tan antiguas como Getsemaní.

Deseaba hacer de su vida y sus verdades una historia de amor interminable. Recuerda que es un pobre náufrago que en medio del océano desnuda la Palabra, el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros. Y no olvida lo que en Getsemaní afirmó el Hijo de Dios vivo: “Triste está mi alma hasta la muerte. Quedaos aquí y rezad conmigo”. Esas palabras, las más bellas del Evangelio, son la herida sin cicatrizar que los cristianos nunca olvidan.

'Getsemaní' es un libro erizante y definitivo que se lee de un tirón y sumerge al lector en las aguas oscuras del pensamiento profundo

Atraviesa entonces la puerta el silencio del poeta. Dejó el fuego con la esperanza del corazón, a la caída de las sombras. Sabe que su pecho es una catedral en ruinas, que en cada paso descubre la ceniza de vuelta a la verdad; que florece de nuevo el jardín de su conciencia y salta de alegría en brazos de la amada con el alma desnuda, incendiada por la ley del amor.

Y aunque sus nubes ya no llueven inciensos sobre su rostro, sabe que regará siempre las raíces con gotas de su sangre. No quiere que nadie le envíe el silencio atronador de la amada inmóvil y se esconde detrás de la palabra y el misterio.

Ella hace suya la desdicha del poeta. Y se cobija en su pecho para que duerman los sueños perdidos del pesebre, como si no hubiera lugar para el dolor en la oquedad del tiempo. “Dime –le escribe a la amada– si las cenizas que sostengo como una realidad a punto de olvidar varían su recuerdo al tercer día”.

Porque Getsemaní no es un recurso literario ni la huella de la desolación. Se trata de un sentimiento profundo y religioso que vibra en todos los versos de Arturo de Vicente.

Como Rabindranath Tagore, solloza por no ser una de las ruedas del poder, sino una de las cuatro afectadas por él. Aprovecha entonces al adolescente que lleva datos y le llueven las serpientes. Se esfuerza por secar el sudor de su frente y el de las espigas de su memoria.

No pierde la conciencia del tiempo y entra en un mundo sin sabor donde el agua se turbia y, amontonadas como escombros, las almas aguardan impacientes la hora de nacer. Abraza el poeta los pétalos del tiempo y solo escucha el silencio atronador de la vida que se va.

Un libro, en fin, este Getsemaní de Arturo de Vicente que se lee de un tirón y sumerge al lector en las aguas oscuras del pensamiento profundo.