Image: Turner en la cima
Turner, Rembrandt, Velázquez, Leonardo, Goya, Miguel Ángel, Picasso, Ticiano, Renoir, Pollock... Nunca he sido partidario de las comparaciones en el arte porque depende del estado de ánimo personal para preferir una música determinada, un poema, un cuadro, una escultura… Pero aunque no estén todos los que son, los diez pintores que he citado encabezan para muchos expertos la historia de la pintura universal.
Por eso, cuando algún crítico, y no sólo británico, asegura que Turner es el primer nombre de la historia de la pintura, no le hago ascos a la afirmación. La exposición del Prado ha confirmado para mí la dimensión estelar de un pintor que sobrecoge. Es curioso. Inglaterra ha dado al mundo el mejor escritor, tal vez, de la historia de la Literatura universal: Shakespeare. Quizá también el mejor pintor.
Joseph Mallord William Turner se adelantó cien años a la abstracción. Muchos de sus cuadros, sobre todo los que representan el mar o la tormenta, salvo pequeñas anécdotas figurativas, son pinturas abstractas en las que se subraya la descarga emocional del color y de la luz. “El sol es Dios”, solía afirmar Turner, igual que el faraón Akenaton, autor de sendos himnos al astro rey y al Nilo germinal. La pintura, tal y como la hemos entendido hasta ahora, porque todo está cambiando, es la expresión de la belleza por medio de colores y líneas en una superficie. Produce en el espectador un placer puro, inmediato y desinteresado. La gran reflexión de Wassili Kandinski en Punkt und Linie zu Fläche fue comprender que el color en sí mismo, sin figuración alguna, comunica con el espectador para producir en él el placer estético.
Turner es a veces la oquedad crepuscular de la nada, la cifra terminal de lo perpetuo, el pincel que se oxida en los recuerdos devastados. Es la cicatriz inmensa del mar, el declive cereal del frío y la tormenta, las cenizas de la noche, el color brumoso y genital, el atardecer de la desmemoria y el olvido, el sentimiento oscuro de la vida y de la muerte. De la muerte, sobre todo la de su madre, loca de atar, que falleció en un manicomio y eso marcó agriamente la vida del artista.
De Turner fluye un manantial permanente de ideas porque la pintura es una cosa mental. Leonardo da Vinci tenía razón. El pintor británico se enfrenta a las geografías devastadas, a las batallas navales destruidas por la abstracción del agua y el color, a los péndulos furtivos del cosmos engendrador. Su pintura anticipa el siglo XX y sobrecoge al espectador, atónito ante tanta calidad, ante tan rotunda explosión de la belleza y el pensamiento.
En mi opinión, Turner no fue precursor del impresionismo. Goya, sí; Turner, no. El pintor británico se adelantó cien años al arte abstracto, aunque no sé muy bien por qué tal afirmación inquieta a sus exegetas. Tormenta de nieve o Sepelio en el mar, así como varias docenas de óleos y acuarelas no expuestos en el Prado, son de hecho cuadros abstractos. Turner envuelve sus colores “en las cóncavas comarcas de la niebla” y se sitúa, sin altiveces pero sin ceder ante nadie, en la cumbre de la pintura universal.
ZIGZAG
Me lo descubrió Víctor García de la Concha. Aposté por él desde el primer momento. Había nacido un escritor, un hombre de letras, un intelectual independiente. Coños se titulaba el libro que me envió García de la Concha. Luego vino El silencio del patinador y su gran obra Las máscaras del héroe. Año tras año, Juan Manuel de Prada fue desgranando su talento literario como cuentas de un rosario siempre inacabado hasta el esplendor de El séptimo velo. Conozco bien todos los defectos de Prada. No me interesan. Lo que me interesa es su capacidad para la fabulación, la calidad de su prosa ofidia, su conocimiento ávido de la condición humana. Acaba de salir una nueva edición de El silencio del patinador. He releído el libro con perplejidad y admiración. Entre los varios relatos sugerentes ahí está, por cierto, Pedro Luis Gálvez, en el lugar en que yo lo descubrí y al que Prada ha exprimido como a un limón. Se trata de un personaje real y literario, fantasma con grilletes de una época madrileña que nunca volverá.