"En materia de botas, me remito a la autoridad del zapatero". No lo digo yo: lo dice Mijaíl Bakunin. Alguien muy poco sospechoso de autoritarismo. Y si ahora la frase me viene a la cabeza es porque me parece apropiada para salir en defensa de aquello que muchos llaman esnobismo y no es más que criterio. Salgo, en suma, a defender el criterio en estos tiempos en que algunos querrían que la verdad fuera solo un asunto de gustos personales y sensaciones.

Ya sé: la noción de verdad no goza de buena prensa. ¿Quién soy yo, quién es cualquiera, para decir: esta es la verdad? Por no mencionar que buena parte de las verdades científicas o filosóficas que hemos sostenido se han demostrado falsas con el tiempo. Pero son pocos, espero, los que consideran que hay tanta verdad en la física de Einstein como en la de Aristóteles. Somos capaces de vivir porque confiamos en unos postulados más que en otros, y tenemos la responsabilidad de establecer criterios para elegirlos.

No faltan elecciones generales en las que alguien sostenga que los votantes han elegido aquello que les perjudica. No faltan tampoco quienes respondan que es prepotente decirle a la mayoría que está equivocada. ¿Cómo puede ser equivocado aquello en lo que tantos votantes concuerdan? ¿Con qué autoridad puede afirmarse que hay opciones políticas más adecuadas que otras?

Y, sin embargo, esta es la premisa sobre la que se funda el sistema democrático: que el voto es algo más que un gusto personal. Me gustaría pensar que somos muchos los que creemos que en 1933 el pueblo alemán votó “mal”: no solo moralmente mal, sino mal mal, es decir, en contra de sus propios intereses. Y creo que, si los votantes hubieran estado mejor informados, Hitler habría obtenido un paupérrimo resultado en el Reichstag.

La pregunta por tanto no es si existen opciones mejores o peores. La pregunta más bien es: ¿dónde debería residir la autoridad para decidirlo? La respuesta de Bakunin es sencilla: en el zapatero. Cuando se trata de botas, siempre en el zapatero. Mi primo seguramente sabe menos de cambio climático que un comité de expertos, y cuando se trata de la esfericidad de la tierra, prefiero la experiencia de Pedro Duque a las impresiones de un youtuber que cateaba Conocimiento del Medio.

Me entristece que las discusiones sobre la calidad artística a menudo se salden con apelaciones al criterio de la mayoría

Como muchas otras personas, he dedicado mi vida a estudiar lo que la literatura pueda tener de verdad. Leo libros y leo libros sobre otros libros y libros que tratan sobre cómo escribir otros libros. No sé si he llegado a alguna verdad objetiva, pero sé que mi trabajo se sostiene sobre la idea de que ciertas verdades literarias efectivamente existen. No es esnobismo, sino coherencia: si creyera otra cosa, no habría gastado tanto tiempo estudiando qué convierte a algunos textos en verdadera literatura.

Por eso me entristece que las discusiones sobre la calidad artística a menudo se salden con apelaciones al criterio de la mayoría o se interpreten como meros excesos petulantes. No hay nada de malo en que muchas obras artísticamente poco reseñables alcancen grandes resultados de ventas: bien por ellas. Nada debería obligar a la mayoría a comprar libros supuestamente buenos, si no encuentran nada valioso en ellos.

Pero reclamo, al mismo tiempo, el derecho de explorar esa cosa llamada arte y atrevernos a decir: esto es arte. Esto no lo es. Podemos estar equivocados, y a veces lo estaremos, pero el problema será que nuestro criterio es equivocado, no que la misma idea de criterio lo sea. Y si eso es esnobismo, entonces reclamo el derecho de ser esnob.