En el impagable libro en que reconstruye la amistad de Goethe y Schiller (Goethe y Schiller. Historia de una amistad, Tusquets, 2011), Rüdiger Safranski describe con humor las escapadas que, mientras Schiller vivió allí, hacía Goethe desde Weimar a Jena, ciudades que distan entre sí poco más de veinte kilómetros. Aunque le llamaban allí asuntos oficiales (desempeñaba, entre otras funciones, la de inspector de la célebre universidad), en Jena se sentía Goethe menos agobiado por la cercanía del poder, y respiraba con gusto los aires estudiantiles, que le traían viejos recuerdos.

Solía ir solo, además, y hacer vida de soltero. Él mismo se preparaba el desayuno: salchichas, arenques ahumados, cerveza… ¡y chocolate a la taza! Solía comer en casas particulares, si hacía falta pagando, y por las noches o bien cenaba con los Schiller, o él mismo cocinaba cualquier cosa con las provisiones que Christiane, su mujer, le mandaba en abundancia desde Weimar.

En invierno insistía al enfermizo Schiller para que lo acompañara a patinar sobre el río Saale. Nunca lo conseguía, de modo que se dedicaba él solo a trazar círculos sobre la superficie helada, las manos a la espalda, “dando una imagen admirable y respetable; tocado con su sombrero de tres picos, con la trenza y un largo abrigo marrón”.

¡Qué gran viñeta esta de Goethe patinando! ¡Cuánto contrasta con la figura solemne y estatuaria con que se le suele representar!

En verano sí conseguía a veces sacar a Schiller de paseo, y en esas ocasiones los dos prolongaban las infinitas charlas que sostenían durante sus encuentros, cada uno aprendiendo del otro.

Al parecer, Schiller era un magnífico conversador: agudo, rápido, ocurrente. Goethe, por el contrario, era más dado a los monólogos

Compartían cualquier idea que se les ocurriera, pero es de temer que el pobre Schiller tuviera que aguantar con más resignación que interés las apasionadas peroratas de Goethe sobre anatomía, mineralogía y, con particular insistencia, sobre la teoría de los colores que tanto lo obsesionaba y que con tanto disgusto constataba que nadie se tomaba en serio.

Al parecer, Schiller era un magnífico conversador: agudo, rápido, ocurrente. Por peregrinos que fueran sus excursos, nunca perdía el hilo. Goethe, por el contrario, era más dado a los monólogos, y se desenchufaba de la conversación cuando no atraía su interés, cambiando rápidamente de tema. “Si no se habla con una participación amorosa, con cierto entusiasmo parcial, no queda nada digno de hablarse. El agrado, la alegría, la participación en las cosas es lo único real”, le escribía en cierta ocasión a Schiller.

En la casa de Schiller, los dos pasaban horas intercambiando puntos de vista, revisando juntos manuscritos o planeando artículos y ensayos para Las Horas, la revista que Schiller dirigía. Desde el piso de abajo se les oía caminar de un extremo a otro de la habitación cuando se cansaban de permanecer sentados.

Si la estancia de Goethe en la ciudad se prolongaba más de la cuenta, a veces lo visitaba Christiane, a menudo a petición de aquél: “Tengo que apretarte de nuevo en mi corazón y decirte que te quiero mucho”, le decía en una carta en que la reclamaba a su lado.

Pero Christiane no se alojaba en las dependencias del castillo vecino de la universidad en que se instalaba Goethe. Lo hacía en un hostal, pues la buena sociedad no toleraba el trato con esa plebeya que con sus encantos había seducido a Goethe a su regreso de Italia y que, pese a haberle dado un hijo, August, vivía con él en régimen de concubinato (así fue hasta el año 1806).

El liberal Schiller era el primero en ignorar a Christiane, si bien dejaba a veces que el pequeño August, compañero de juegos de su hijo Karl, durmiera en su casa, y no dudaba en encomendar a Christiane a toda su prole cuando su propia mujer, Charlotte, se ponía enferma.