El mes pasado me hice con dos novelas que difícilmente tenga –ni mucho menos haya leído– ningún lector de esta columna. Se titulan Banana Glass y Caballos salvajes, y su autor es Ibai Cantero, un joven bilbaíno, o de por ahí.

El sello en que están publicadas se llama Hipálage, término de origen griego que da nombre a una figura retórica consistente en atribuir un adjetivo a una palabra distinta de aquella a la que debería referirse, y que por lo común se halla cercana dentro del texto (aporto el mismo ejemplo que da el DRAE: “el público llenaba las ruidosas gradas”).

Hipálage es una editorial digamos unipersonal. Imprime cincuenta ejemplares de cada libro que publica. Su impulsor es el mismo Ibai Cantero, autor de los tres libros que la editorial lleva publicados. En las páginas finales se da noticia de otras novelas y ensayos aparecidos en la misma editorial, pero son títulos y autores fantasma, inventados, para hacer bulto.

El mismo Ibai reparte los libros de la editorial entre sus amigos, y deposita unos pocos ejemplares en la biblioteca de su pueblo, cerca de Bilbao. Son libros sencillos pero de factura muy decente, y llevan en la cubierta buenas ilustraciones originales.

Ibai Cantero es poeta y narrador. De momento, solo he leído sus poemas, que son buenos, algunos muy buenos. Él mismo me dice que los mandó al premio Loewe de poesía y quedaron finalistas. Me lo creo.

A lo mejor es bueno recordar que escribir no siempre significa convertirse en escritor. Que lo que reconocemos por literatura es la punta de un iceberg monstruoso cuya base oculta son millones de libros sin publicar

Su decisión de autopublicarse obedece, en cierta medida, a la renuncia por su parte (no siempre firme, como él mismo admite) a pujar en la feria editorial. Le pregunto y me responde. “Se ha escrito mucho sobre lo punk y lo guay que son este tipo de actitudes en nuestra época, donde la cultura ‘se consume’ como hamburguesas y etc. Yo no lo llevo por ahí, aunque seguramente también me afecta y habrá algo de eso. Me interesa construir algo cercano, humano y personal. Total, que me sobran ejemplares en la casa llena de cajas. Llevarlos a una librería me parecería obsceno. En parte, por molestar a un librero. En parte, porque eso implicaría ponerles un precio. No estoy preparado para mercantilizar mi obra […] Pierdo dinero. Esto no es un niño con un puesto de limonada. Toca joderse. No me importa. ¿He dicho ya que todo este proceso me hace feliz?”.

Y añade: “No sé si hará falta repetirte lo que ya hemos hablado otras veces. Cómo siempre he pensado que publicar es una tarea secundaria que no interfiere en la de escribir. Cómo creo en el trabajo pero no en los frutos del trabajo. Cómo, de nuevo citando a Holden, si tocara bien el piano lo haría dentro de un armario”.

Ni la iniciativa ni los argumentos de Ibai son nuevos, pero eso no los cuestiona. Por lo demás, no cabe obviar su dimensión lúdica. También le pregunto sobre esto, y me responde: “La literatura es un chiste, a veces a costa de uno (sin problema)… En ese sentido, me he inventado a mí mismo como autor dentro de una editorial ficticia. Quizás reconocer que como autor no soy más que una invención mía (lo que sin duda es cierto para todos los casos) es otra forma de no tomarme en serio mientras hago lo único serio que sé hacer… Es curioso cómo das la vida por estas cosas”.

Decía Osvaldo Lamborghini: “Primero publicar, después escribir”. A lo mejor la gracia está en borrar la frontera entre las dos cosas. A lo mejor es bueno recordar que escribir no siempre significa convertirse en escritor. Que lo que reconocemos por literatura es la punta de un iceberg monstruoso cuya base oculta –como mejor que nadie sabía Roberto Bolaño, a quien la sola idea daba vértigo– son millones de libros sin publicar.