ESPAÑA. Tanto el MoMA como la Cinemateca de París dedicaron, en 2024, sendas sesiones de homenaje a Luna de miel (1959), de Michael Powell, premiada en Cannes, impulsada por el Régimen franquista y coproducida, junto al director británico, por Cesáreo González, entonces magnate del cine español.

Quienes como yo, que la acabo de ver en FlixOlé, no la conozcan, se van a quedar perplejos. ¿Cómo puede ser que Michael Powell, autor, en tándem con Emeric Pressburger, de obras maestras como Vida y muerte del Coronel Blimp (1943) y Narciso negro (1947), llegara a filmar una película globalmente tan deficiente? Luna de miel es también extraña, genialoide y única. Una continua caja de sorpresas.

Un guion ñoño y horroroso narra, con estilo documental y postalero, el viaje de bodas por España y sus “bellezas turísticas” de una pareja formada por un inconcebible ovejero australiano y una exestrella de la danza internacional obligada por su marido a retirarse.

Las autoridades franquistas apoyaron un filme que se convertía de facto en un largo spot de promoción mundial de las bondades y atractivos de una España oficialmente alegre y confiada y en vísperas del lanzamiento del eslogan Spain is different, de los Planes de Desarrollo y de la eclosión del turismo.

DANZA. Michael Powell, tras dieciocho películas juntos, acababa de romper con Pressburger y estaba, sin duda, desconcertado. Según parece, fue el bailarín Antonio (Antonio Ruiz Soler) –protagonista aspaventoso de la película dentro de una tensión triangular con el infumable Anthony Steel y la exquisita bailarina Ludmilla Tchérina, figura mundial de la danza– quien le puso el cebo a Powell, prometiéndole, de la mano del poderoso Cesáreo González, toda clase de facilidades.

Impulsada por el Régimen franquista, la película de Michael Powell es tan deficiente como extraña, genialoide y única

Antonio conocía los excelentes ballets musicales que Powell había creado para las magistrales Las zapatillas rojas (1948) y Los cuentos de Hoffmann (1951) y calibró tentar al inglés, muy interesado por la danza española, con una película a su mayor gloria.

El periplo turístico (Galicia, Madrid, Córdoba, Granada...), gastronómico, monumental y torero de la sosa pareja era material de tercera para Powell.

Pero eso solo era el envoltorio del caramelo que, tras retocar lo que pudo el guion, mordió con gusto: dos largas secuencias con la candente filmación de El amor brujo, de Manuel de Falla (veinte minutos coreografiados e interpretados por Antonio) y de una versión, con iconografía tomada de ¡El entierro del conde Orgaz! y música y danza delirante, de la historia de Los amantes de Teruel (diez minutos), interpretada por Antonio y la Tchérina y coreografiada por Léonide Massine, quien también baila en la obra de Falla y había sido coreógrafo principal durante años de los Ballets Rusos de Serguéi Diáguilev. ¡Hay que ver la película en este año de Falla!

ESCOBAR. ¿Caja de sorpresas? No es moco de pavo ver bailar a Antonio en una carretera una versión orquestal del Zapateado de Pablo Sarasate. Luego bailará en su estilo de “danza estilizada” con Rosita Segovia –que interpreta a su temperamental pareja–, Carmen Rojas y Pastora Ruiz, grandes del baile flamenco, hoy olvidadas sobre todo por los que nunca supimos de su importancia.

Por si fueran pocas sorpresas ver a Edgar Neville haciendo un cameo o descubrir que el guion fue escrito a la carta por el todavía "solo" dramaturgo, director teatral y cinematográfico Luis Escobar –el futuro actor de Berlanga se merece un artículo aparte–, resulta que la banda sonora entera, la partitura del ballet de Los amantes... y la canción Honeymoon fueron compuestas por Mikis Theodorakis.

Muchos ignorantes solo conocimos esa canción en la versión española de Gloria Lasso que José Luis Garci popularizó en Asignatura pendiente (1977), aunque ya la habían grabado Los Beatles y Mary Hopkin. ¡Como lo oyen! Me da mucha vergüenza, lo confieso, haber sido el penúltimo en enterarme de todo esto.