El fracaso me ha atraído desde que tengo memoria. El fracaso o la idea de fracaso, da igual. Ni siquiera sé cuál es la diferencia. Recuerdo ser muy pequeña y ver películas de animación, o películas en general, y sentirme mucho más atraída por las historias de vidas que se truncaban, de personas que no podían evitar ir en contra de sí mismas, que cometían errores uno tras otro como si se tratase de un impulso que no podían remediar de ninguna manera. Las historias de ascenso y caída. De azares malditos que lo destrozaban todo. Las historias de mala suerte.

A los ocho años escribí una serie de cuentos que tenían como protagonista a un muchacho llamado Ysi que se moría todo el tiempo. En cada cuento, moría. En cada cuento, tenía que luchar contra un monstruo, o perdía un miembro del cuerpo en circunstancias terribles o algo así, y moría. Lo inventé sin conocer todavía el mito de Sísifo, y cuando más tarde lo leí en palabras de Camus, pensé: “Ah, pero si todo esto ya lo dije yo”.

Al construir personajes de ficción, da la sensación de que los exitosos siempre son, de algún modo, planos, previsibles, poco interesantes. Pero a quienes todo les va mal… Ahí parece que está la magia.

En fin, no estoy diciendo nada nuevo. No soy una excepción de ninguna clase. Creo que este afán por observar el fracaso, por alimentarnos de fracaso ajeno, por ver incluso belleza, humor o poesía ahí, en el fracaso absoluto, es algo muy generalizado. Y por eso encontramos tantas ficciones en las que se aborda. Desde Decadencia y caída de Evelyn Waugh a las películas de Lucrecia Martel, pasando por cientos de miles de ejemplos.

Hace unos meses fui al preestreno de una película colombiana que me encantó, y que trata, precisamente, de todo esto. Esa película es Un poeta, dirigida por Simón Mesa Soto y distribuida en España por Atalante. Se estrenó aquí hace unos pocos días, y yo volví a verla. Ver dos veces una película en el cine siempre es algo un poco revolucionario y bastante agradable.

Este afán por alimentarnos de fracaso ajeno, por ver incluso belleza, humor o poesía ahí, en el fracaso absoluto, es algo generalizado

Un poeta ganó el Premio Especial del Jurado en el ciclo Un Certain Regard de Cannes, el Premio Horizontes Latinos en San Sebastián y estuvo nominada en los Oscar a mejor película extranjera, y nos cuenta la vida de Óscar Restrepo, un pobre infeliz, un letraherido que soñaba con convertirse en un aclamado escritor y que lleva una vida anodina y vacía, hasta que le ocurren una serie de desgracias que lo hunden en la ignominia y la ruina moral. Respecto a si hay una redención final, no voy a decir nada. Tampoco es importante.

Este antihéroe poeta está interpretado por Ubeimar Ríos, que no era actor antes de hacer esta película y que se dedica a ser profesor de secundaria. Resulta que el personaje también es un profesor de secundaria, y hay un momento en el que pregunta a una de sus alumnas: “¿Usted también vive en una profunda tristeza?”. Ella lo mira sorprendida, duda un poco, y responde: “No”.

Toda la película está atravesada por un humor que incomoda, un humor que es incómodo por el modo en el que refleja la realidad, por cómo se ríe del mundillo literario, de la frivolidad teñida de profundidad con la que se tratan ciertos asuntos dentro de ese mundillo literario, de los sueños de juventud convertidos en pesadillas adultas.

Óscar Restrepo se dice a sí mismo: “Yo no sé lo que he hecho en la vida para que me pasen tantos infortunios”, y la sala de cine se ríe porque a todo el mundo le ha golpeado alguna vez esa actitud autoindulgente hacia las cosas que le ocurren. Se me ocurre ahora que ese afán por observar el fracaso tal vez no venga del placer que sentimos al observar el desastre ajeno, sino del modo en que nos reconcilia con nuestra propia mediocridad.