Annie Ernaux

Annie Ernaux

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Autoficción

Parece que el Premio Nobel a Annie Ernaux consagra al fin esta fórmula narrativa, pero ¿necesitaba quizás la autoficción la bendición del galardón?

Marta Sanz Manuel Vilas
24 octubre, 2022 01:18

Marta Sanz

Novelista y poeta. Su último libro es Corpórea. Poesía 2010-2022 (La Bella Varsovia, 2022)

Autobiografías

Los textos literarios no pueden escapar de la autobiografía. Ni Annie Ernaux ni Eduardo Mendoza se sustraen de quiénes son. De sus marcas de género, raza, clase. Porque lo autobiográfico no consiste tanto en confesar “Me acosté con X” como en sugerir que, incluso desde la máscara, se escribe desde una determinada posición. Ana María Matute imagina cuentos de hadas y Juan Eduardo Zúñiga compone El coral y las aguas, hermosa novela que transcurre en Macedonia hace miles de años: los dos hablan de su contemporaneidad.

Escribimos y todo lo que pasa nos pasa a nosotros. Escribimos y todo lo personal es político. De fuera hacia dentro, de dentro hacia fuera. Desde la realidad hacia la ficción y vuelta a la realidad. También cuando abordamos el misterio de un dolor íntimo, ese dolor y las palabras para expresarlo actúan como metáfora de precariedades y angustias ajenas.

La literatura opera especular y analógicamente –tampoco las autobiografías son literales–, y quizá por eso, al leer a Ernaux se sienta concernido un joven turco. El relato del aborto de Ernaux acumula tanta legitimidad literaria como el suicidio de Madame Bovary. Aunque una guarde su partida de nacimiento y la otra se retuerza, entre estertores, en nuestro imaginario fantástico. Las dos se quedan en nuestra mirada. La contracción, en un estilo, de la experiencia vital y la visión del mundo que apareja definen la literatura.

Escribimos y todo lo personal es político. De fuera hacia dentro, de dentro hacia fuera. Desde la realidad hacia la ficción y vuelta a la realidad. También cuando abordamos el misterio de un dolor íntimo

En este sentido, la superioridad de los géneros confesionales sobre las ficciones narrativas, o del terror sobre los libros basados en hechos reales, son polémicas de mercado. Se trata de hacerlo bien: afinar los instrumentos adecuándolos a la intención. Por ese motivo, tanta razón tiene Diamela Eltit cuando define las actuales autobiografías como molde retórico afín a la lógica del individualismo neoliberal, como Ernaux cuando nos hace pensar en sus textos como auto-socio-biografías que, en su bella parquedad filosa, practican la denuncia política.

La invasión del término autoficción se ha transformado en prejuicio desde el que se leen todos los textos que abordan la materia autobiográfica. Yo nunca he escrito autoficción y, sin embargo, se me lee desde la desconfianza en el poder del lenguaje para intentar descubrir los contornos de la verdad.

Desde la desconfianza en la verdad, y el prestigio de la verosimilitud y de esas posverdades que actúan por repetición o manipulan la imagen para hacernos creer que la nieve es poliuretano. El Nobel ha apostado con valentía: convendría reconstruir un horizonte laico –sin optimismo cognoscitivo no hay progreso–; de una verdad íntima que reverbere en el espacio común. Hay realidades –guerra, feminicidio...– cuyas víctimas están las pintes del color que las pintes. No obstante, parece que solo son si las representamos.

El Nobel ha premiado la escritura como posibilidad política de existir y, contraviniendo el espiritualismo borgeano de que ciencia, filosofía y la propia vida son ficciones, apunta hacia su reverso: las ficciones –también las salvajes autocienciaficciones de Begoña Méndez–, el relato de un yo femenino, la representación del cuerpo violentado y el propio cuerpo, son verdad porque nos habitan y nos estiran los fémures. O nos los parten.

Manuel Vilas

Poeta y narrador. Su último libro es Una sola vida (Lumen, 2022)

Escritores dopados

Cervantes fue el primero que nos volvió locos a todos con su gran novela, con ese Don Quijote que confundía la verdad de la vida y la mentira de los libros. Heredamos de Cervantes la tolerancia y la libertad: que cada uno vea el mundo como quiera o pueda, pero seamos libres. Todas las armas de la literatura valen en la generosa casa de Cervantes, por eso hay debates que no deberían de existir, y uno de los más conspicuos es “¿autoficción sí o autoficción no?”.

Cuando a un lector le gusta un libro le da igual las taxonomías de la crítica literaria. Te puede gustar Guerra y paz y te pueden gustar los Ensayos de Michel de Montaigne al mismo tiempo.

Annie Ernaux acaba de recibir merecidamente el Premio Nobel de Literatura y es una de las grandes exponentes europeas de la autobiografía. Por cierto, ya que nos ponemos, bueno sería distinguir entre autoficción y autobiografía. A los escritores que hemos usado hechos de nuestras vidas como inspiración para construir novelas se nos suele acusar de dopaje literario, como a los ciclistas. Si los escritores de autoficción ganan el Maillot Amarillo de la gran carrera universal de la literatura es porque se drogan. Así que necesitaríamos un control sanitario de esta traición a los valores supremos de la ficción.

Habrá novelas de ficción pura que te chiflen, como habrá novelas de autoficción que te parezcan insoportables, y novelas de ficción pura que te obliguen a usar una grúa para pasar la página

Lo único seguro es que habrá novelas de ficción pura que te chiflen, como habrá novelas de autoficción que te parezcan insoportables, como habrá novelas de ficción pura que te aburran y que te obliguen a usar una grúa para pasar la página, como habrá novelas de autoficción que te conquisten porque te digan que los seres humanos somos una breve ficción.

En Francia, y puede que en el mundo entero, este debate no existe, es solo español. Cuando se tradujo mi novela Ordesa en Francia, país de Annie Ernaux, ningún periodista cultural ni ningún crítico literario le dedicó medio segundo ni media palabra al hecho de que fuese una obra de autoficción. Prefirieron lo obvio: hablar de lo que el libro contenía.

Llama la atención que, en España, aquello que en modo alguno es relevante para el lector lo sea tanto para la crítica, que cuando ve una novela autobiográfica le dedica media página a decir que eso no es una novela, y la otra media a decir cómo se escribe una novela. Es la vieja y cansina intolerancia patria, que aparece por donde menos te lo esperas. Y que pase eso en el país de Cervantes no deja de ser una ironía triste o más bien amarga.

Leamos a Annie Ernaux, que es una inmensa escritora. Pero leamos, por dios, sin prejuicios taxonómicos. Gustave Flaubert creía ser Madame Bovary y Kafka fue Gregorio Samsa. No hay criatura de ficción que no herede algo de la mano que la urde como no hay un yo autobiográfico que no imagine e invente.

La grandeza de la literatura es su sabia ambigüedad, pues la vida también es ambigua. He de confesar que me enamora la idea de que quienes hemos practicado la autobiografía seamos ciclistas con la sangre a rebosar de sustancias prohibidas.

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