Image: La casa muerta

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Poesía

La casa muerta

Yannis Ritsos

12 junio, 2009 02:00

Busto de Yannis Ritsos

Traducción de Selma Ancira. Acantilado, 2009. 75 páginas, 11 euros

Hay seguramente pocas literaturas en las que, como en la griega contemporánea, se rescate y recree la tradición con tanto vigor. La poesía adquiere, en verdad, su sintonía con el pasado de una manera especial. Nos bastan los ejemplos de tres grandes poetas -Seferis, Ritsos, Elytis- para apreciar con qué sensibilidad estos poetas retornan a esa fuente original. Escribir poesía con esos referentes tan grandiosos de la tradición clásica supone una dura prueba; pero acaso haya en esta característica que destacamos algo más sutil: una sintonía muy profunda con los espacios donde estos poetas nacen, con la energía que imprimen la tierra y la sangre del solar griego.

Esto se aprecia de manera muy especial en la poesía de Yannis Ritsos, a cuyo ritmo torrencial hay que añadir esa rica simbología que antes nace de lo telúrico y lo sustancial que de una tradición estrictamente literaria; aunque - también en el caso de Ritsos- ésta invada su poesía de una manera muy clara, sobre todo a través del mundo de los mitos, de los que han tomado título y trama algunas de sus obras, como Orestes, Fedra o áyax, estas dos últimas también editadas por Acantilado. El rotundo versículo de Ritsos se abre en estas obras con una riqueza que mantiene el texto en los límites del prosaísmo, en los que nunca cae. Son demasiado hondas sus raíces creativas para que el verso, por más discursivo que sea, pierda su interés.

Yannis Ritsos (Monemvasia, 1909-Atenas, 1990) se siente cómodo escribiendo en ese verso no sólo porque es el que mejor se acompasa con su natural respiración, sino porque es el de otros poetas de su tiempo que admira y que, además, ha traducido, como Blok, Maiakovski, Pablo Neruda o Nicolás Guillén. También está unida la obra del poeta griego a la de estos autores por un fuerte compromiso social y político, en el que mucho tienen que ver la deportación, el exilio o la cárcel, sobre todo durante las etapas dictatoriales que su país padeció, algunas ya en los umbrales de la propia muerte del poeta. Pero hay siempre en sus versos una música que salva, ese dejarse llevar por un ritmo que no sabe de la contención, que es el único que puede encauzar una inspiración fértil. De hecho, de los tres poetas contemporáneos citados, es Ritsos el que nos ofrece una obra de sentido más caudaloso.

No es raro que en la poesía de Ritsos se dé siempre esa rica confluencia entre tradición y presente, a la que no es ajena este largo poema que es La casa muerta. Como "imaginaria y real" reconoce el poeta esta historia en las antiguas Tebas o Argos, pero que está traspasada de una temporalidad muy viva, convincente, que es la que proporciona a estos poemas-río su verosimilitud. El poeta lo sabe muy bien y, por eso, cuando el fluir del verso se detiene, cuando la exposición poemática se acaba, vuelve a mezclar los tiempos, y se ve obligado a convertir el texto en poema en prosa para sintetizar lo que no pudo decir antes con versos normales.

Las dos hermanas del poema no son as dos hermanas del poema de Pascoli. No hay aquí mansedumbre, sino siempre esa fuerza de la sangre que agita la vida en "alcobas frías". Ritsos va saltando del pasado al presente, de la literatura a la vida, de Argos a Esparta, intercalando esas ricas enumeraciones, llena de imágenes, de las que nace la fecundidad del texto. También esos fragmentos de más encendido lirismo en los que los símbolos parecen llamear: "Y el lucero del crepúsculo -¿lo has visto?- es suave/ el lucero del crepúsculo…", o "ese humo que se alzaba de costado"...

En ocasiones, a medida que fluye el poema y nuestra lectura, nos parece que este monólogo del poeta no es sino el fragmento de una obra teatral, que es un texto que exige o sugiere una escenografía desnuda y ardorosa. Es otra vez la influencia, o reclamo, o sintonía, de la tradición griega, esa de donde venimos.