Novela

Javier Marías reabre el expediente de Tomás Nevinson

Volvemos a leer la mejor novela en español de 2021 para comprender mejor la personalidad del protagonista, su oscuro pasado y el enigma que debe resolver

24 diciembre, 2021 09:29

El enigma Nevinson

Como si nos hubiésemos infiltrado en las oficinas de un imponente edificio londinense sin nombre y pudiésemos escudriñar sus archivos secretos, abrimos el expediente T. N, para comprender mejor la personalidad del protagonista, su oscuro pasado y el enigma que debe resolver, sin desvelar demasiado de la trama ni, mucho menos, su desenlace. Leamos…

Identidad: Tomas Nevinson, nacido en Madrid hace cuarenta y seis años. Hijo de inglés y española, también es conocido como Fahey, MacGowran, Avellaneda, Hörbiger, Riccardo Breda, Ley, Cromer-Fytton, y "algún otro apellido que se me ha borrado de la memoria", aunque el más habitual fuese el de James Rowland, siendo ésta la falsa identidad que más tiempo ha asumido, durante los años que permaneció escondido en Inglaterra cuando oficialmente fue dado por muerto. Quizá por eso, el apellido Nevinson es "el único nombre que permanece intacto e incontaminado".

Estado civil: casado con Berta Isla. Padre de dos hijos madrileños con ella, Guillermo y Elisa, y de Valerie (Val) Rowland, fruto de su relación con una enfermera llamada Meg, a la que manda mensualmente dinero desde Madrid sin que la madre acuse recibo, aunque no deje de cobrar los cheques.

Nevinson fue reclutado por el servicio secreto británico en su juventud, tras un descomunal engaño de su mentor y jefe más visible Bertram Tupra, “más tarde Bertie, también llamado Reresby, y Ure, Dunde y Nutcumbe…”.

Un espía jubilado ¿o no?

Ahora T. N. lleva tiempo retirado "cabal y definitivamente" cree él, "quemado", "como suele decirse de quien ha sido útil y ha dejado de serlo", y tras doce años de ausencia y silencio, se ha refugiado en Madrid, volviendo “a mis remotos orígenes, a mi mujer y mis hijos, cuya infancia me había perdido y a cuya primera juventud me incorporaba con tiento, como pidiéndoles permiso”. No viven juntos, pero sí muy cerca, y de vez en cuando Tomás se acerca a su antigua casa, cena con los niños que ya no lo son tanto, e incluso alguna vez pasa la noche con ella “más por familiaridad o rezagado afecto que para revivir pasiones”. Además, trabaja para el Foreign Office en la Embajada británica, lejos de conspiraciones y espías. Es entonces cuando recibe una sorprendente llamada de Bertram Tupra, su mayor enemigo, y se citan en Madrid la mañana del 6 de enero de 1997.

La misión

Lo que Tupra, alías Bertie, alias Reresby, propone a Nevinson no es una misión oficial exactamente, sino más bien un favor a un destacado miembro de la inteligencia española. Aunque Nevinson se niega a echar un vistazo siquiera, Tupra pone en la mesa las fotografías de tres mujeres, presuntamente implicadas en dos de los atentados terroristas más sangrientos de ETA, el de Hipercor en Barcelona y el de la Casa Cuartel de Zaragoza, ambos perpetrados en 1987. El primero causó veintiún muertos, y cuarenta y cinco heridos, algunos con heridas y secuelas para toda la vida (“nadie habla mucho de los supervivientes, a ellos sí que se los olvida”). En el segundo atentado los muertos fueron once, cinco de ellas niñas, y los heridos, ochenta y ocho. Como solían hacer siempre, los asesinos echaron la culpa a la guardia civil por vivir con sus familias.

Pues bien, tras el apacible rostro de una de esas tres mujeres retratadas que Tupra intenta que Nevinson estudie se esconde, Magdalena Orúe O’Dea, norirlandesa. Una asesina.

El objetivo

Hija de un riojano o vasco y de una mujer de Ballymena o Ballymoney, de Armagh o Fermanagh, que pasó un verano en San Sebastián como au pair y había acabado casándose y quedándose en Lequeitio, María Magdalena Orúe O’Dea, alias Magda, o Mag, es la colaboradora a distancia del IRA y de ETA a la que Nevinson tiene que localizar. Se sabe que permanece oculta (dormida, en el argot terrorista) desde hace diez años en una pequeña ciudad de provincias del noroeste español llamada Ruán (trasunto, según Marías, de ciudades francesas, italianas y alguna española, con su río, su catedral, sus iglesias, su puente…). Allí Nevinson, convertido ahora en un oscuro profesor de inglés llamado Miguel Centurión, deberá identificar sin asomo de duda a la asesina entre las tres sospechosas. Si consigue reunir las pruebas que demuestren su culpabilidad, será llevada ante la justicia española. Si no… Nevinson tendrá que evitar como sea que siga matando. Y si fracasa en sus esfuerzos, las condenará a muerte a las tres.

Para ayudarle en sus pesquisas, Nevinson/Centurión solo cuenta con su ingenio, y con los micrófonos y cámaras ocultas que el servicio secreto español ha logrado introducir en las casas de dos de ellas. En la tercera, en cambio, ha resultado imposible, pero vive en frente y puede vigilar sus pasos con discreción.

Las sospechosas: Inés Marzán

Sin marido ni pareja estable, es la única soltera, divorciada o viuda de las tres. Llamativamente alta, "no era exactamente fea de cara, pero la tenía difícil porque todo en ella era grande: los ojos enormes, la boca enorme, la nariz no tanto pero generosa (por lo menos era recta y no curvada, o bien la había sometido a cirugía), el mentón algo alargado sin incurrir en prognatismo, la frente amplia, el pelo negro, tupido y robusto que le arrancaba de un pronunciadísimo pico de viuda, toda ella era desmedida y quizá intimidatoria para muchos varones, que no quieren saber nada de mujeres que los sobrepasen". Propietaria de un restaurante del que Centurión se hace cliente habitual, entre comandas es todo sonrisas, dulzura y amabilidad.

Celia Bayo

Profesora, da clases en el mismo colegio que Miguel Centurión y está casada con un político local tan simpático como corrupto. Es una mujer muy risueña, de cuarenta y pocos años, de imagen redondeada. “Solía estar de excelente humor y predispuesta a ayudar a sus alumnos (impartía Geografía e Historia a los de edades aún ingenuas) y también a sus colegas si se encontraban agobiados o en algún apuro. A Centurión lo había recibido con una sonrisa maternal y afable desde el primer día, como si recordara que alguien nuevo agradece especialmente una cordial acogida”.

María Viana

Lejos del alcance de Centurión/Nevinson está la tercera sospechosa, María Viana, casada con el acaudalado constructor, Gaussi, que pertenece a la alta sociedad ruanesa, la cual, "como es acostumbrado en los sitios pequeños y de mediano tamaño procuraba no mezclarse con las otras clases más que lo imprescindible". Aunque en casa se muestra sumisa e infeliz, en la calle es un imán para las miradas, pues de sus facciones y su cuerpo emanan “una corriente de sensualidad involuntaria". Sí, cuando sale por la ciudad, "la gente aminoraba el paso para echarle un vistazo instintivo y furtivo, como si una mera vislumbre fuera ya una recompensa".

El dilema

El dilema que subyace a esta investigación golpea la conciencia de cualquiera: ¿y si, por un golpe de azar, pudiera evitar miles, millones de muertes, asesinando impunemente a un Hitler, por ejemplo, antes de que causara infinitos males? ¿pensaría, como Nevinson, que “no se puede desaprovechar la ocasión porque lo habitual es que no se presente ninguna más, y acaso uno acabe pagando con su propia vida el escrúpulo o la duda o la piedad, […], lo ideal sería tener la presciencia de lo que cada individuo va a hacer y en qué se va a convertir. Pero si no conocemos a ciencia cierta lo acontecido, cómo podríamos guiarnos por lo que está por venir”. Estuviera o no seguro de quién es la asesina, ¿usted qué haría?