Image: La fiesta del chivo

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Novela

La fiesta del chivo

Mario Vargas Llosa

5 marzo, 2000 01:00

Alfaguara. Madrid, 2.000. 518 páginas, 3.200 pesetas

Mario Vargas Llosa ha vuelto a la novela histórica, al análisis de las perversidades de las dictaduras (como ya hiciera en su magnífica Conversación en la Catedral) y en esta ocasión con el arte acumulado tras su ya extenso periplo novelesco. El resultado ha sido una novela espléndida, que habrá de situarse entre lo mejor que ha dado su innegable talento. En esta ocasión, pese a que el aparente protagonista es la figura del dictador dominicano general Leónidas Trujillo, el Generalísimo, el Jefe, el Chivo (como también se le calificó) y su entorno (su madre es la "excelsa matrona") muestra una atención preferente hacia otro prohombre, que había permanecido junto al dictador más de treinta años, y que, tras su asesinato, con extrema habilidad, apoyándose en la Iglesia Católica y en los Estados Unidos, logró desmontar el sistema político familiar hasta conseguir el poder: Joaquín Balaguer. Tres vectores avanzan en el relato: el regreso de un personaje femenino, Urania, a su país tras su larga permanencia en los Estados Unidos, para visitar a su padre, prohombre que había caído en desgracia en los fines del trujillismo, físicamente inválido e incapaz de hablar, hacia el que manifiesta un odio que alcanzaremos a entender al final de la novela.

Es, en sus inicios, la anécdota más endeble, aunque ha de permitirle recuperar el mundo a los ojos adolescentes de los últimos años de la "Era Trujillo" y describir la intimidad del "monstruo". El otro vector es el propio general hacia quien, en algunos instantes del relato, Vargas Llosa muestra un deje de admiración por la fortaleza de su carácter, por su rabiosa individualidad y carencia de escrúpulos, su extremada crueldad, sus dotes de observación y su natural concepción del poder omnímodo. Producía "esa parálisis, el adormecimiento de la voluntad, del raciocinio y del libre albedrío" sobre los dominicanos. El tercero lo ocupa el análisis del comportamiento de los conspiradores, pero cabe destacar el del general José René Román, cuyas vacilaciones han de llevar al pretendido golpe de estado al fracaso y a una atroz represión. Jefe máximo del Ejército, considerado por los conspiradores como un traidor, se muestra no sólo incapaz de cumplir con lo convenido, sino que actúa precisamente al revés. Acabará por ser él mismo la víctima peor tratada. La novela se sitúa en los años finales del régimen, ya aislado por la OEA, abandonado por los EE.UU., asfixiado económicamente.
Cabe decir que Vargas Llosa ha sabido combinar los elementos de modo que la acción se forma trepidante. Las páginas en las que se describe el comportamiento de cada uno de los conjurados, tras la tensa espera, el atentado y, en especial, las terribles torturas que se ejecutan bajo la dirección del hijo mayor -un perturbado mental- de Trujillo sobre los supervivientes, que, en algún caso duran hasta cuatro meses, son de las páginas más terribles que se han escrito sobre la crueldad y la degradación de la condición humana. No son recomendables para almas sensibles.

Este último tercio de la novela, de intenso dramatismo, con rasgos de heroicidad de seres anónimos, que contrastan con la podredumbre moral que fue consolidando el sistema, deben situarse entre lo mejor del escritor hispano-peruano. Su capacidad para adentrarse en el interior del sistema y construir las voces de su esperpéntica realidad resulta sorprendente. Porque Vargas Llosa se ha documentado hasta la saciedad, ha buceado en la prensa, en la cultura popular, ha conversado con los supervivientes y ha procurado, además, transcribir los diálogos con los recursos léxicos locales de la época. Es ésta una novela de finalidad política que muestra, además, cómo un político inteligente y capaz de asumir un papel secundario, junto a Trujillo desde 1930, pese a su presidencia fantoche, pasa a convertirse finalmente en el hombre providencial para unos y otros. Trujillo es consciente de que Balaguer representa la zona positiva (si la hubiera habido) del régimen: "aquello que la política tiene de mejor"; a él, por el contrario, le reprocha, le ha correspondido la zona más oscura: la eliminación física de los posibles opositores, las crueldades irracionales, la organización de los cuerpos especiales, la defensa de las torturas generalizadas y desapariciones, que ejercerá un siniestro Abbes García. Las persecuciones alcanzan a familias enteras. Si Alejo Carpentier habló de "lo real maravilloso", aplicado al Caribe; aquí se manifiesta también cuán extravagante y casi increíble puede parecer la realidad, como la perversa y brutal sexualidad del Jefe. Vargas Llosa ha sabido entrar en este cubil pestilente y descubrir entre los verdugos a un ser frío, maquiavélico, posiblemente conjurado también, Joaquín Balaguer, ejemplo del político paciente, amante solo del poder y del orden, amoral, quien cierra los ojos a la violencia del entorno y, gracias al control económico, camina hacia una seudodemocracia. No faltarán rasgos de generosidad, de amor, de historias humanas en este espléndido friso, donde el narrador utiliza el contrapunto, maneja el diálogo con maestría y describe el final de una "Era" en la República Dominicana: la decadencia de las familias y mansiones de los trujillistas, aunque los restos de sus corrupciones todavía, pese al tiempo transcurrido, no hayan desaparecido completamente.