Infantil y juvenil

1599: Un año en la vida de Shakespeare

James Shapiro

José Manuel Benítez Ariza
Publicada
Actualizada

Shakespeare, retrato de juventud

Traducción de María Condor. Siruela. Madrid, 2007. 458 páginas, 25 euros

Como dice el autor en el prólogo de este libro, las biografías más o menos fantasiosas de Shakespeare de las que disponemos han cumplido su función: nos dicen algo de las aspiraciones del momento histórico en el que surgieron, y de lo que los hombres de entonces aspiraban a encontrar en la compleja obra del gran dramaturgo inglés. Otras son las aspiraciones que mueven al autor de este libro. Y, como ocurrió con las de sus predecesores, es muy posible que su investigación diga tanto sobre el hombre de principios del siglo XXI como del propio Shakespeare. Lo que no significa que lo dicho sobre éste sea baladí. Pero no deja de parecernos arriesgada (y estimulante) la pretensión de que, a partir del cotejo de los textos shakespearianos con los datos de los que disponemos sobre su época, pueda postularse nada menos que el funcionamiento de una conciencia alerta, que reelabora artísticamente la realidad.

ése es el William Shakespeare que postula James Shapiro: una entidad algo abstracta, que acrisola los acontecimientos de su época y destila, a partir de ellos, un discurso poético de elevados quilates, capaz de incidir sobre esa misma realidad. La hipótesis, ya digo, puede parecer ingenua o forzada. Y lo sería, sin duda, si hubiera sido aplicada sistemáticamente a toda la trayectoria vital del biografiado. El autor, prudentemente, se limita a un año de la misma, 1599, en el que la relevancia de los hechos biográficos constatados, la densidad de los acontecimientos históricos y la importancia de la producción shakespeariana del periodo justifican la idea de que se puede aventurar una relación causa-efecto entre todos estos factores. Así, no parece casual que el dramaturgo dé a las tablas ese año obras como Enrique V y Julio César, o escriba la primera versión de Hamlet, coincidiendo con unos meses en los que el conde de Essex, hasta entonces favorito de la reina Isabel, ve declinar su estrella y, con ella, los valores de la vieja clase caballeresca, de la que era el más influyente representante. Los dramas de Shakespeare de ese año reflejan bien este ambiente de crisis política y moral, y lo hacen de un modo único: evitando un partidismo fácil y poniendo en juego las grandes cuestiones éticas y políticas que se barajaban.

Igualmente, parece lógico conjeturar que esta profundización de las exigencias del drama shakespeariano está relacionada con que el dramaturgo se haya embarcado ese año en la empresa comercial más relevante de su vida: la construcción del teatro El Globo. Parece lógico deducir que la existencia del nuevo local, en cuya concepción y gestión el dramaturgo tuvo un papel relevante, conllevaba la necesidad de una oferta dramática diferenciada, y abría la posibilidad de introducir cambios decisivos en la dramaturgia shakespeariana: la supresión del "gracioso", por ejemplo, relacionado con fórmulas teatrales ya caducas, o la búsqueda de un público propio, a medio camino entre el que acudía a los viejos teatros populares y el asiduo a los dramas cortesanos representados por compañías juveniles.

El autor documenta exhaustivamente cada una de las sugerencias apuntadas, y lo hace con amenidad y buen pulso narrativo, así como con una notable capacidad de síntesis. Tomando como referencia el año 1599, es capaz de sugerir pautas interpretativas válidas para la producción shakespeariana anterior y posterior, por lo que su libro puede considerarse una aproximación global a la obra del gran dramaturgo. En dos ocasiones, además, pone ésta en relación con los logros de otros dos genios contemporáneos: Montaigne y Cervantes. Alega que los Ensayos del primero tienen mucho que ver con el novedoso tono introspectivo de los monólogos de Hamlet, y que seguramente el segundo le sirvió a Shakespeare para comprender mejor la crisis del mundo caballeresco a la que estaba asistiendo. Ambas hipótesis son sugerentes, y sólo lamentamos que el autor no ahonde en sus implicaciones, ni haga la menor alusión a quienes, antes que él, señalaron que los autores citados representaban un cambio de sensibilidad más amplio: el que Hauser, por ejemplo, denominó Manierismo, como corriente artística diferenciada del Renacimiento propiamente dicho y del posterior Barroco. Con discreción característica, Shapiro evita dar ese paso. Pero nada impide al lector elaborar sus propias conclusiones.