Image: Vacaciones de libro (sin Potter)

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Infantil y juvenil

Vacaciones de libro (sin Potter)

Gustavo Puerta Leisse
Publicada
Actualizada

Por asombroso que pueda parecerles a los que no frecuenten esta sección de literatura infantil y juvenil, hay vida más allá del último Harry Potter. Incluso en verano. Por eso, hemos seleccionado seis novedades para lectores de 3 a 14 años, de los viajes maravillosos de un hada al mejor Lorca o al terror según Ana Juan.

La afirmación "el niño es un lector exigente" no es más que una generalización que en pocos casos se cumple. A decir verdad, carece de la experiencia necesaria y, a menudo, su fascinación por un detalle es razón suficiente para califique a cualquier libro como su favorito. Pero también es cierto que los chavales no tienen muchas de los prejuicios del lector adulto: no sobrevaloran la originalidad, prestan especial atención a la cadencia del lenguaje y ponen constantemente a prueba el libro en sus relecturas.

Té de Palacio, de Nicolás Arispe (Libros del eclipse. 24 págs. 9,25 euros. A partir de 3 años) es un conseguido álbum en el que todos sus componentes encajan con presión y nada sobra. La concisión no limita unos personajes sólidos, bien definidos y cercanos. El dinamismo de la ilustración le da profundidad a una historia que, para una mirada adulta, sería anecdótica: el injusto arrebato de un niño-rey. El texto rimado acentúa la hilaridad e invitan a ser leído una y otra vez.

La magia de la ilustración
La ilustración para niños es un terreno propicio para artistas que deseen crear universos estéticos propios en los que habiten personajes singulares, se construyan atmósferas fantásticas y se transmita al lector una sensación que reúna fascinación y magia. Ilustradores como Rébecca Dautremer, Quint Buchholz o Emmanuelle Houdart son exponentes de un trabajo virtuosista en el que se diluyen las fronteras entre ilustración y pintura. En las imágenes de Los viajes maravillosos del hada Lilú, de Houdart (Kókinos. 44 pp., 14 euros. A partir de 7 años) hay un sincretismo en el que se armonizan el exotismo oriental, el onirismo surrealista y la melosidad de las tarjetas Hallmark. Cautiva con eficacia y consigue verdaderos adeptos. Ilustradora que dará mucho que hablar, la recomendamos especialmente a los lectores que busquen propuestas comerciales de calidad.

Siempre Lorca
La musicalidad del lenguaje, el florecimiento de la imagen poética o el asentamiento en la memoria de la obra literaria son experiencias que la poesía genera en el niño. Se equivoca quien hace hincapié en develar el sentido profundo de las metáforas o se limita a explicar el poema desde la biografía de su autor. Estas aproximaciones sólo producen en los niños extrañamiento y el equívoco de que la poesía es algo difícil (por no decir incomprensible) a la que sólo se llega desde la reflexión racional. Ciertamente, entre la poesía y el lector infantil hace falta una mediación. Pero una mediación mediocre tendrá efectos negativos y reforzará estereotipos y prejuicios. Para hacer una selección, para ofrecer unas imágenes que no desvirtúen el texto hace falta la sensibilidad de un maestro y la autocrítica de un poeta. El trabajo que el ilustrador Javier Zabala ha hecho para Santiago, de Federico García Lorca (Libros del zorro rojo. 24 pp, 12 euros. A partir de 8 años), es uno de los libros más hermosos de poesía para niños que han pasado por nuestras manos. Sus páginas recogen esas impresiones y paisajes que han nutrido la mirada de un artista y que se reflejan en el papel con la sobriedad asentada de la fútil belleza recordada. El empleo que hace de impresiones, papeles recortados y prologados trazos de tinta aguada enfatiza en la concreción táctil que tiene el espacio poético de Lorca. Su personal lectura no "facilita" sino participa del atractivo y la proximidad del texto. Zabala no traduce un "¡Niños chicos, cantad en el prado, / honrando con risas al viento!" sino nos lleva a escuchar esa voz y a sentirnos compelidos.

La auténtica dieta mediterránea
Aguas de encuentro entre Asia, áfrica y Europa, mar interior que ha bañado el surgimiento, expansión y declive de pueblos y culturas, el Mediterráneo no sólo ha sido un espacio privilegiado para el comercio y la guerra sino también para el intercambio, transmisión y apropiación de un legado tradicional oral.

Ana Cristina Herreros nos propone en Cuentos populares del Mediterráneo, (Siruela. 232 pp, 19,90 e. A partir de 9 años) un viaje de cabotaje por cuentos recogidos en diversos idiomas. Cada uno lleva impreso las peculiaridades de sus contadores y, al mismo tiempo, encarna un sustrato común que sugiere su universalidad. Su trabajo toma como punto de partida recopilaciones realizadas entre el XIX y el XX. Pero la atenta búsqueda y selección, la justificada y conseguida reescritura es refrendada por sus méritos como narradora oral. Selección que tiene la virtud de recordarnos cuentos ya conocidos, descubrirnos versiones exóticas de historias que creíamos nuestras y fascinarnos con otras nunca escuchadas, es un valioso medio para llevar a los más pequeños el espesor de las historias que han surcado los mares y reinos.

Esclavitud y confesión
En la literatura infantil se le suele dar más importancia al qué se cuenta que al cómo se cuenta. La certeza de que lo importante es la trama se impone así en los niños desde pequeños. El conservadurismo que rodea al editor, al padre y al maestro, al escritor y al lector en cuanto a que la prosa debe ser lo más clara y simple posible no sólo limita los niveles de calidad de la producción literaria sino también alimenta una creciente y generalizada autocensura que se vincula directamente con la proliferación de la paraliteratura.

Qué blanca más bonita soy, de Dolf Verroen (Lóguez. 68 pp, 10,5 e. A partir de 11 años) aborda un tema infrecuente en la literatura para jóvenes: la esclavitud; desde una óptica inusual: la mirada del amo; y con un objetivo estrictamente literario que supera el interés por la denuncia o por la lección pedagógica. Oraciones muy cortas, capítulos concisos, acciones súbitas transmiten la intensidad y virulencia de los sentimientos de una narradora que vive en un entorno donde la parsimonia y el tiempo muerto consumen el día a día. La apuesta por un tono intimista, por la confesión del opresor, actúa sobre el lector que descubre la banalidad del mal. Novela extraordinaria, muy distinta a los libros que acostumbran leer los chavales, ejemplifica muy bien cómo la forma narrativa determina el contenido y cómo la "buena literatura" puede estar al alcance de cualquiera.

El terror es una experiencia que parece alejarse del hombre a medida que crece. Vivimos un tiempo en que esta sensación ha sido desacralizada y su administración constituye otro dominio en el que el hombre actual ha mostrado sus habilidades con lamentable eficacia. Sólo queda en la infancia un reducto de la aprehensión y fragilidad que componen el temor, de la irracionalidad y parálisis que envuelven al miedo. Son pocas las personas que han pasado la adolescencia y siguen sintiéndose cautivadas por aquello que produce en ellos fascinación y rechazo.

De miedo
Desde la portada negra de Demeter, de Ana Juan (Edicions de Ponent. 271 págs. 21 e. A partir de 13 años), una calavera blanca anuncia el peligro que encierra el libro y tras ella una oculta sirena seduce al advertido lector. Pasada esta frontera inicial, la única presencia de color la hallamos en el rastro de sangre que marca, en las guardas, un mapa. Este goteo traza el recorrido en el que se retrotraerá la obra para explicar el misterio que anuncia el incomprensible suceso que abre la historia. A Bram Stoker viene a decir la dedicatoria. Algo de lectura iniciática se trasluce en esta referencia que lleva a Ana Juan, con inigualable maestría, a emprender el descenso a un inframundo y la expiación de sus terrores en una obra sorprendente.

Tiniebla, oscuridad y sombras, escasas luces que amplifican la atmósfera siniestra, rostros escondidos tras su desdicha o iluminados por la muerte hacen palpable la invisible fuerza que atraviesa las páginas de este libro. De la evidencia a lo desconocido, de la aprensión racional a la locura, la narración se va apropiando de los sentimientos y temores del lector. La inmediatez con la que nos aproximamos; el ritmo narrativo, que varía de la celeridad de los acontecimientos al detenimiento de los momentos de expectativa; el vigor expresionista y delicadeza gótica; hacen de este álbum una obra que trascenderá como uno de los libros mejores conseguidos y más diáfanos de una de las mejores ilustradoras españolas.