Image: Una vida de calidad. Reflexiones sobre bioética

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Ensayo

Una vida de calidad. Reflexiones sobre bioética

Victoria Camps

13 marzo, 2002 01:00

Crítica. Barcelona, 2001. 249 páginas, 15 euros

Cada época tiene sus retos, a los que hace frente como puede. Según parece la nuestra tiene el singular destino, sin embargo, de encontrarse ante retos de magnitud y gravedad insólitas, como corresponde, tal vez, a su gigantismo y al proceso mismo de mundialización de horizontes, perspectivas y conflictos con el que como tal época se confunde.

Entre dichos retos figuran los relativos a la biotecnología y a la biomedicina: al control de la muerte, a las posiblidades abiertas por la clonación, a los transgénicos y sus riesgos, a la reproducción asistida, al aborto, a los transplantes de órganos y a la necesidad de establecer prioridades entre los candidatos a recibir uno de ellos, a la experimentación con embriones y a la mani- pulación genética. Retos a los que se ven confrontadas sociedades laicas y liberales en las que hay algunos principios máximos de moralidad comúnmente aceptados, pero que pagan por tal universalidad el precio de ser sumamente abstractos y generales. Cada vez son más los que dudan de que pueda mantenerse en pie la ancestral tendencia a "la unidad de la humanidad bajo el imperio de unos valores universales, válidos para todos sin distinción de ideas o culturas".

Nada tiene de extraño que algunos hablen ya de una cultura del riesgo en la que todo lo que ayer se daba por sentado es objeto de decisión o elección, lo que aplicado al caso que nos ocupa apunta a la fragilidad del empeño de establecer pautas más o menos normativas sobre las formas de vida. ¿Acaso el Estado no es hoy sino una simple entidad política y jurídica, obligada a la neutralidad en cuestiones tan propias del individualismo autónomo y soberano como las que afectan a su moral y a sus ideales de vida? Todo ello unido, para acabar de complicar las cosas, a la "explosión de los derechos", a la exigencia creciente de satisfacción lo más plena posible de los llamados derechos "de tercera generación" o sociales: educación, sanidad, trabajo, vivienda, seguridad social; de acceder a un bienestar cada vez mayor. De tener, en fin, "una vida de calidad", como reza el rótulo que hoy se aplica, de acuerdo con el lenguaje de supermercado de la felicidad que parece estar imponiéndose, a la "vida buena" preconizada ayer, con mucho más sentido de la prudencia moral, por Aristóteles.

Victoria Camps ofrece en este libro -un tratado de bioética que se pregunta por la finalidad última del desarrollo tecnológico a la vez que no renuncia a la visión del hombre como ser social que tiene dignidad y no precio- una respuesta actualizada, sumamente lúcida y precisa, al fondo de esta gran cuestión: "¿Cuál es el marco ético que necesita la bioética? ¿Puros principios? ¿Cálculos utilitaristas? ¿Un catálogo de virtudes? ¿Una lista de derechos y deberes? ¿Y qué hacer con todo ello? ¿Cómo manejarlo?". Las propuestas de Camps se saben provisionales: no ignoran su condición de apuesta a favor de la deliberación racional, del diálogo y de la educación en la capacidad y el deber de autorregulación responsable de individuos y colectivos. Pero no renuncia tampoco a la convicción de que ni el positivismo jurídico ni el laxismo moral hoy dominantes pueden sernos realmente útiles en este ámbito de cuestiones que, como cuantas afectan a la vida, rozan el territorio de lo sagrado: de lo inmanejable e incosificable. Para ella la ley necesita, para ser aplicada, de la moral. Y ésta necesita, para ser mantenida, de la ley. Con la particularidad de que las respuestas que puedan ir ofreciéndose habrán de ser -de acuerdo con el nervio profundo de este tratado- descubiertas y debatidas. Esto es, construidas siempre, con la mirada puesta en lo que "conviene en cada momento", en lo que es justo en el momento justo, en un proceso general de "autorregulación". Ese proceso es, para Camps, la bioética. Que ella desarrolla, todo sea dicho, con categorías nuevas y no tan nuevas: más allá de los dualismos modernos y en sintonía explícita con ese viejo saber moral aristotélico que en épocas de perplejidad vuelve una y otra vez.