El escritor Rafael Tarradas con su nuevo libro.

El escritor Rafael Tarradas con su nuevo libro. Hugo G. Pecellín

Letras

El viaje de Hitler a Italia y su obsesión por el arte renacentista, en la nueva novela de Rafael Tarradas

El escritor imagina en 'El falsificador' la historia de una familia judía que intenta engañar a Hitler con un cuadro falso.

Lo ha presentado en el Museo del Prado recorriendo los lienzos que podrían haber interesado al dictador.

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En mayo de 1938, Adolf Hitler viajó a la Italia de Mussolini en una visita oficial para estrechar lazos entre ambos países. Este encuentro, además de las temibles alianzas políticas que implicaba, permitió al dictador alemán acercarse a una de las cunas más importantes de su gran pasión: el arte.

Entre acuerdos y tratos, Hitler organizó una gran operación de expolio de obras de su gusto a familias italianas, con el objetivo de crear un gran museo de arte en Alemania que nunca llegó a realizarse. Pero esta historia real oculta también conspiraciones de asesinato a los dictadores, redes de oposición que implican a la aristocracia, la monarquía, el Vaticano, el antifascismo italiano y hasta a la mafia.

De este suceso parte la nueva novela de Rafael Tarradas, El falsificador, en la que imagina cómo una de estas familias, de origen judío, intenta engañar a Hitler con un reemplazo de una obra realizado por un falsario que se inspira en la leyenda de "el español", un falsificador cuya identidad sigue siendo desconocida, pero que consiguió introducir más de 200 imitaciones en museos de todo el mundo.

Cubierta de 'El falsificador' de Rafael Tarradas Bultó.

Cubierta de 'El falsificador' de Rafael Tarradas Bultó. Espasa.

La novela funciona en el territorio de la ficción, pero también sirve como un interesante documento histórico de un hecho no tan conocido, como viene haciendo el escritor catalán en sus anteriores obras, poniendo el arte de una manera específica en el centro en esta ocasión.

La pasión por el arte es el motor de la novela, aunque se ve de maneras muy distintas según qué personaje lo encarne. Según cuenta el escritor, una de las cosas más interesantes para él a la hora de documentarse para la escritura de esta obra fue la relación que mantenían Hitler y Mussolini con el arte. En este primer encuentro, el italiano no demostró ningún tipo de interés por las obras que vieron, mientras que el alemán se mostró absolutamente fascinado por todo lo que contaba el historiador que les sirvió de guía, Ranuccio Bianchi Bandelli.

Bandelli es otra de las figuras fascinantes de esta historia. A través de sus diarios personales, que también sirvieron como guía a Tarradas, se descubrió que, mientras ejercía de cicerone a los dos dictadores, se planteó acabar con ellos en un atentado suicida. El historiador compartía coche con ambos y pasaba todos los días junto a ellos, gozando de la confianza de sus guardias, que pronto dejaron hasta de registrarle.

Sin embargo, como explica el escritor, él mismo era consciente de que este acto no hubiera acabado con el nazismo ni con el fascismo, ya que los líderes hubieran sido sustituidos por otras personas. Precisamente por ello se le acabó conociendo como "el hombre que no cambió el mundo".

Por su parte, Hitler se encontraba viviendo una paradoja. Su impresión al ver algunas de las más grandes obras de arte de Italia quedaba opacada por un sentimiento de envidia al no tener ese tipo de piezas en su país. Para Tarradas, Hitler sufría un gran complejo de inferioridad: "Él se preguntaba: '¿Por qué los españoles tienen el Prado, los franceses tienen el Louvre, los italianos tienen 250.000 cosas y yo no tengo nada?'".

Esto resultaba muy interesante a la hora de ficcionar la vida de Hitler, aunque el autor no quiso excederse a la hora de cambiar la historia. Lo que sí deseaba era cuajar un final satisfactorio. "Buscaba ponerlo en una situación que le dejara en ridículo, porque para una persona acomplejada es lo peor que hay, él hubiera preferido que le cortaran los dedos a ser humillado", explica el autor. "Sobre todo cuando se las dan de entendidos, es como en el cuento de El traje nuevo del emperador".

El escritor Rafael Tarradas con su nuevo libro.

El escritor Rafael Tarradas con su nuevo libro. Hugo G. Pecellín

En la presentación se ha unido a Tarradas el experto en arte y profesor de la Universidad Carlos III Fernando Fernández Lerma, que ha guiado un recorrido que analiza seis obras que podrían haber fascinado al alemán. En la novela, su obsesión es un retrato ficticio realizado por Botticelli, lo cual responde al gusto real del dictador por el Renacimiento.

Lógicamente, no se podría haber llevado las grandes obras maestras como Las meninas o El caballero de la mano en el pecho, aclara Fernández Lerma, pero sí que hay cuadros cuya simbología podría haberle resultado interesantes.

En las diversas estaciones de este recorrido único, Fernández Lerma explicó el interés de Hitler por lo antiguo y puro, que identificaba con las raíces de lo germánico, y que le permitía identificarse como salvador de Europa. Cuadros como Ruinas con San Pablo predicando de Panini son un buen ejemplo de su fascinación por Grecia y Roma, que asociaba a la Razón y a la democracia. De hecho, el profesor contó que Hitler quería que Alemania tuviera sus propias ruinas para equipararse a estas sociedades.

En el díptico de Adán y Eva de Durero se puede ver el canon estético que Hitler deseaba. No es exactamente atribuible a lo ario, pero para el alemán sí que podría responder a la imagen de la antigüedad asociada a la perfección. Hitler podía apropiarse de ese pasado para fabricar una genealogía cultural a su medida.

En un sentido político, La expulsión de los judíos de España, de Emilio Sala, da una lectura muy útil para el antisemitismo nazi. Además, en el cuadro se recuerda que ya existían leyes discriminatorias contra los judíos muchos años antes del nazismo.

Con todo, también era espiritual, a su manera, y rechazaba la ostentación. Para él debía haber un orden moral y ritual en la estética, por lo que, de entre los bodegones exhibidos en el Prado, destacaría el Bodegón con cacharros de Zurbarán.

Por supuesto, Hitler también quería ser emperador, en la línea de su fijación por la antigua Roma. Así, cabe pensar que se sentiría identificado con la actitud y armadura del Carlos V en Mühlberg de Tiziano, una representación victoriosa que le hubiera obsesionado tener para pasar a la historia.