H. P. Lovecraft junto a la edición del 'Necronomicón' de Duomo y varias ilustraciones de Greta Grendel.

H. P. Lovecraft junto a la edición del 'Necronomicón' de Duomo y varias ilustraciones de Greta Grendel. Diseño: Julia Ramírez

Letras

‘Necronomicón’, el terrorífico libro prohibido inventado por H. P. Lovecraft que ahora se ha hecho realidad

Este grimorio ficticio con el sobrenombre de 'las leyes que gobiernan a los muertos' está presente en varios relatos del creador de Cthulhu.

El sello Duomo imagina una versión del volumen.

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Los hay a quienes les gusta rizar el rizo. También (o, sobre todo) en la literatura. Es el caso de la curiosa afición que han cultivado algunos escritores a rellenar páginas fabulando sobre los propios libros, ese artefacto que no tendría que ser más que un continente de historias e ideas más o menos argumentadas pero que en las manos de estos literatos son objeto de fascinantes misterios e intrigas sin siquiera existir.

He ahí el caso paradigmático de Jorge Luis Borges, obsesivo bibliófilo, que en su libro de cuentos Ficciones hacía gala de un derroche de sabiduría e imaginación con relatos de tono académico protagonizados por libros ficticios. Célebre es, por ejemplo, "Pierre Menard, autor del Quijote", en el que el autor argentino trataba el curioso caso de una versión del clásico cervantino firmada por un tal Pierre Menard que era una copia palabra por palabra del original.

El propio Cervantes también se permitió jugar con documentos imaginarios. Es de sobra conocido el caso del manuscrito de Toledo: en el capítulo IX de la primera parte de la novela, el narrador interrumpe la historia asegurando que no dispone de más bibliografía sobre las hazañas del hidalgo.

Todo ello para, a continuación, compartir un episodio en el que se encuentra con la continuación del relato (escrita en árabe) contenida en unos papeles que encontró en unos cartapacios bajo la firma de un tal Cide Hamete Benengeli, historiador morisco. Una maravillosa argucia literaria para darle aires legendarios a las aventuras y desventuras del hidalgo manchego, de las que a continuación da buena cuenta el narrador del Quijote.

No ocurre así con el Necronomicón, otro de los grandes libros ficticios que ha dejado la literatura, de cuyo contenido no conocemos más que algunas pinceladas. Inventado por el maestro del terror H. P. Lovecraft, aparece a menudo en sus relatos (el primero fue "El sabueso", de 1922) como un misterioso grimorio que reúne los secretos más oscuros de la magia negra: artilugios malditos, hechizos escalofriantes, bestias dignas de las peores pesadillas... todo ello sin que hayamos tenido acceso directo a él. El creador de Cthulhu apenas sugiere algunos fragmentos de este volumen prohibido que no existe en el plano real, aunque conocedores de la obra del escritor estadounidense hayan elucubrado —más en broma que en serio— sobre su existencia.

Cubierta de 'El Necronomicón' (Duomo, 2026)

Cubierta de 'El Necronomicón' (Duomo, 2026) .

Curiosamente (la influencia parece clara), también el Necronomicón, como el Quijote, tiene un "autor" de procedencia árabe. Así lo explica el propio Lovecraft en "Historia del Necronomicón" (1927): "Su título original es Al Azif, donde 'azif' es el término que utilizan los árabes para designar esos sonidos nocturnos que hacen los insectos y que, según ellos, son los aullidos de los demonios. El Al Azif lo escribió Abdul Alhazred —un poeta loco de Saná, ciudad del Yemen, de quien se dice que creció en el período del califato de los omeyas— sobre el año 700 d. C. ". Este origen y todo lo que envuelve al volumen se queda, eso sí, en el mundo de la ficción.

Al menos, hasta ahora, porque la editorial Duomo —la misma que hace unos meses nos trajo el maravilloso libro ilustrado The Book se ha atrevido a volver tangible y publicar este libro prohibido; así que tiemblen los adoradores de la luz, porque miles de saberes atávicos sellados en tiempos primitivos por el bien de la humanidad han encontrado su receptáculo en el mundo real... o al menos así ha sido con una versión creativa y poco convencional de lo que H. P. Lovecraft imaginó hace décadas.

Curada por el experto en materia lovecraftiana Giuseppe Lippi e ilustrada por Greta Grendel, esta aproximación al Necronomicón fue publicada originalmente en 2017 y trata, curiosamente, no ya de ofrecer lo que siempre ha sugerido Lovecraft acerca del grimorio maldito sino de bucear en el imaginario del autor estadounidense.

Con tal fin, dedica el grueso del volumen a recoger varios de sus cuentos más ilustres, divididos en cinco secciones según una temática particularmente arbitraria. Valdrán como ejemplo las dos primeras partes: la primera, bajo el título "Su morada forma un todo con el umbral", está dedicada, según señala Lippi en el prefacio "a viajes estrictamente terrestres, aun cuando se trate de descubrir paisajes desconocidos; la segunda, "Resuena el nombre de Azathoth", se centra en los cuentos protagonizados por Randolph Carter, el alter ego de Lovecraft cuya vida "es una prolongada aventura onírica en planetas irreales y dimensiones subterráneas".

Una de las ilustraciones de 'El Necronomicón' (Duomo, 2026).

Una de las ilustraciones de 'El Necronomicón' (Duomo, 2026). Greta Grendel

Aunque aparece en varios momentos, llama la atención que el Necronomicón no sea el hilo conductor que conecte todos los relatos de este recopilatorio. De hecho, varios cuentos en los que Lovecraft menciona el grimorio quedan sorprendentemente fuera de la selección de Lippi, mientras que se incluyen otros —la mayoría— en los que el volumen ni se menciona, ni mucho menos hace acto de presencia. Varios de ellos, incluso, son de creación anterior a la invención del Libro Negro.

Así justifica Lippi esta controvertida decisión curatorial: "No todos los relatos incluidos en la presente recopilación giran en torno al libro de las 'leyes que gobiernan a los muertos', pero su contenido trasciende el tiempo y podemos imaginar fácilmente su influencia retroactiva, ya que coincide con la enseñanza de Lovecraft en su conjunto".

Con todo, la edición tiene sobrados aspectos dignos de elogio, empezando por el suculento aparato de notas con el que se envuelve el corpus de relatos (desde un cronograma de menciones del Necronomicón en la obra de Lovecraft, aportando el fragmento exacto donde aparece, hasta relatos metaliterarios sobre el Necronomicón de diferentes autores, incluido Lippi) y terminando por las sobrecogedoras ilustraciones firmadas por Greta Grendel que harán las delicias de los acólitos lovecraftianos.

Por no hablar, claro está, de los propios textos de Lovecraft. Sobre ellos, este reseñista no se atreve a añadir nada más de lo que el canon y la historia de la literatura ya han dicho. Por ello, nos limitaremos, en cambio, a insistir en que, si bien dudamos de la pertinencia de recogerlos bajo ese título (pues tal nombre puede llevar a una confusión en las expectativas), ello no resta ni un ápice de calidad al conjunto. No esperen, por tanto, ni un bestiario ni un grimorio al uso. Conténtense con una de las más altas cumbres de la literatura de terror.