James Salter. Foto: Kay Eldredge.

James Salter. Foto: Kay Eldredge.

Letras

El testamento literario de James Salter: la reescritura de su gran fracaso para ganarle la partida a la posteridad

Salamandra publica 'Cassada', la versión definitiva que el escritor estadounidense esculpió a partir de 'The Arm of Flesh', su novela fallida, solo tres años antes de morir.

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A los treinta y un años, casado y con dos hijas pequeñas, el teniente coronel James Arnold Horowitz (1925-2015) dejó su prometedora carrera en el ejército para dedicarse a la escritura. Fue la decisión más difícil de su vida. Solo había publicado una novela, Los cazadores, basada en su experiencia en Corea.

Portada de 'Cassada'.

Portada de 'Cassada'.

Cassada

James Salter

Traducción de Eugenia Vázquez. Salamandra, 2026. 224 páginas. 19,95 €

Firmada con el seudónimo de James Salter para que nadie en el cuartel lo identificase, la novela tuvo una recepción discreta, aunque más tarde se adaptaría al cine. “En mi fuero interno tenía la convicción –diría años después, recordando aquella época– de que todo lo que hacíamos, los amaneceres, las vidas, todo tenía que ser reunido y plasmado en páginas o corría el peligro de no existir, de no haber existido nunca”.

Alejado de la vida activa, Salter empezó a escribir con más seriedad y en 1961, tras una larga lucha, publicó The Arm of Flesh, su segunda novela, que fue un rotundo fracaso. Salter intentaba medirse con Faulkner mediante una historia plagada de voces y cambios mareantes del punto de vista. En un artículo recogido en No guardar nada, el autor reconocía que, aunque el libro enseguida dejó de gustarle, después de escribirlo “ya no había vuelta atrás”: aquel experimento, en cierto sentido, le había convertido en escritor.

Cassada, la novela que se publica ahora, es la reescritura profunda que Salter hizo de aquella novela fallida solo tres años antes de morir. Ambientada en una base estadounidense en la Alemania de los cincuenta, cuenta la historia del piloto puertorriqueño Robert Cassada, aunque a su alrededor, como un rastro de la novela coral que fue, gravitan otros muchos personajes.

Alumno aplicado de la escuela de aviación, Cassada llega a la base con todo el futuro por delante. “Le encantaba volar y nunca, desde el primer momento, había tenido miedo”, desliza el distante narrador, insinuando ya su fatal destino, una intuición que refuerza su gusto por las maniobras temerarias y las acrobacias. Salter desarrolla por capas, con suma paciencia, a un personaje marcado por la fatalidad que más tarde “sería recordado en ciertos fogonazos de la memoria, alguien que se ve y no se olvida”.

El escritor muestra la escasa épica –y el abundante consumo de combustible– que implica la práctica militar en tiempos de paz, o de guerra fría. Los pilotos viven “entre rumores, rutinas y despliegues ocasionales”. Van al norte de África a realizar pruebas de artillería o simulan combates en el espacio aéreo de Inglaterra. También se enzarzan en inútiles duelos por el aire, “con la tierra sobre sus cabezas y el cielo bajo sus pies”.

Salter los presenta sin contexto, insertos en un estricto presente. La base es una especie de no-lugar donde los soldados tienen la ilusión, pero solo la ilusión, de conocerse. Nadie allí llega a ser plenamente como es. Muy capaz de mirar en el interior de todos ellos y contar lo que ve sin alardes, el autor de Años luz expone un juego soterrado de ambiciones, envidias, desconfianza.

Salter desarrolla por capas, con suma paciencia, a un personaje marcado por la fatalidad

Cassada es un elemento extraño que altera sutilmente los equilibrios de aquel ecosistema. En su retrato se advierte la mano maestra del gran escritor neoyorquino, que también dibuja el entorno con precisión, mediante escenas breves, reducidas a diálogos secos y descripciones lacónicas, pero de gran belleza.

Al igual que su admirado Bábel, escribe a partir de lo que vivió y recuerda; al igual que Nabokov, otro escritor de su santoral, trabaja con el color, el detalle, el tono. En la narración del siniestro culminante se reconoce el accidente que el propio Salter sufrió en Corea, en el que estuvo a punto de morir.

Por suerte, como se dice en las últimas páginas, los muertos “solo mueren en sus vidas; en la tuya viven hasta el final”. Cassada, como otros grandes personajes de Salter, sobrevive también en la memoria del lector.