Ilustración: Daniel Hidalgo

Ilustración: Daniel Hidalgo

Letras

'En el centro del Mundial', un cuento inédito de Enrique Vila-Matas

El escritor, futbolero irredento, desliza en El Cultural el oscuro y "verdadero motivo" que le llevó a Montevideo y cuenta la trágica historia de un disparo.

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Acababa de descubrir que una célebre frase de Borges –"Muchas veces en la vida emprendí el estudio de la metafísica, pero siempre me interrumpió la felicidad"– no era suya, sino de otro argentino, Guillermo Enrique Hudson. Y había comenzado a fondear sombríamente en la biografía de este autor (que, por cierto, tanto admiraba Roberto Bolaño) cuando de pronto, en pleno fondeo, también a mí me interrumpió la felicidad. ¿Y cómo pudo llegar a sucederme esto? Muy sencillo, me llegó un correo en el que, a las puertas del Mundial de México, USA y Canadá, me invitaban a escribir algo sobre los Mundiales de fútbol en general. Me alegró la propuesta, en parte porque vi que iba a liberarme oportunamente de la investigación biográfica sobre Guillermo Enrique Hudson. Me alegró y celebré el momento buscando el estribillo de la canción de Shakira para el Mundial que se inicia en el Estadio Azteca el próximo día 11:

"Dai, dai, we go, dale, ale, let’s go" (repítase cuatro veces).

Tras la alegría, la calma, es decir la reflexión. Me sumí en un beatífico estado flotante, de agradable y sencilla paz, como si hubiera vuelto a la vida que vivía antes de que "el horror–el horror" del mundo me empujara a la metafísica. Pasé a encontrar conexiones inesperadas. Hudson, por ejemplo, era argentino, y escribía en inglés. Y algo parecido podía decirse de Borges. Y otra conexión más: Argentina ganó el último Mundial, el de Qatar, mientras que el primero, el de Uruguay en 1930, lo había ganado Uruguay, en el estadio del Nacional de Montevideo. De niño, yo era del Barça (siempre digo que nací y ya era del Barça) y también seguidor (lejano) del Nacional.

¿Pudo ser esencial en mi literatura esa relación de niño mínimo con un club de fútbol situado en el inmenso Ultramar, más allá del océano visible y de las colosales fronteras del horizonte? No me atrevo a decir tanto. Pero seguro que algo influyó. Cuando hace unos años, poco antes de la pandemia, llegué a Montevideo por vez primera y última, pedí visitar el estadio del Nacional, el estadio del Centenario, allí donde en el círculo central del terreno de juego se había puesto por primera vez en juego el balón del primer partido del primer Mundial de la historia.

Me preguntaron algo extrañados mis anfitriones si era éste el motivo exclusivo por el que quería ver aquel "histórico círculo central del terreno". Y les dije que sí, optando por no desvelar el oscuro y "verdadero motivo" que me había llevado hasta allí. Bastante se habían ya extrañado con mis otras dos peticiones nada más llegado a la ciudad: visita al entonces destartalado y antiguo hotel Cervantes y a la poética y mítica, pero olvidada, Torre de los Panoramas, a orillas del Río de la Plata.

A todo esto, había otro elemento –creo que precisamente metafísico– que se añadía a mi deseo de no revelar en voz alta el auténtico motivo por el que deseaba dar un vistazo a aquel "histórico círculo central del campo de fútbol del Nacional de Montevideo". Se relacionaba con mi temor a que mi revelación, como sugería Maurice Blanchot que puede ocurrirnos cuando escribimos, nos hace legibles para todos, pero indescifrables para nosotros mismos.

Claro que lo pienso bien y me digo que no debería tener ningún problema en volverme indescifrable siempre que sea solo ejerciendo temporalmente de periodista deportivo. A fin de cuentas, el año pasado la psicoanalista y amiga Estela Paskan me dijo algo así como que había llegado a la conclusión de que yo tenía alma de periodista deportivo. No lo vi claro en aquel momento, pero, con el tiempo, he ido viendo que tal vez no andaba nada, para nada equivocada Paskan.

Ya no le sustituiría nadie. Allí, en el centro mismo del estadio, se mató de un disparo en el corazón

Y la prueba de que acertó seguramente es la inquietud que me corroe y mata siempre que sigo en televisión alguna tertulia futbolística de las televisiones catalanas. Malestar más que inquietud, porque quisiera intervenir en lo que se comenta, sobre todo cuando les preguntan a los periodistas deportivos qué pasará en el partido del domingo. ¿Cómo va a saberlo alguien?

Del próximo Mundial, por ejemplo, lo único que me atrevo a insinuar que veremos son las previsibles patadas del elefante Trump irrumpiendo en su propia cacharrería mental. Por cierto, Estados Unidos se enfrentó a Bélgica en el partido inaugural de aquel primer Mundial de 1930. Aquel primer partido de todos los Mundiales tan ligado a la historia trágica de Abdón Porte, medio centro del Nacional de Montevideo. Rostro afilado, cabellera lacia, muy alto, tenacidad combativa.

Corría el mes de marzo del año de 1918 y en Uruguay se jugaba en aquellos momentos el mejor fútbol del mundo. Abdón Porte tenía 27 años y era el ídolo de los hinchas del Nacional, aunque éstos no sabían que Abdón sabía perfectamente que había hecho ya la última gran jugada de su vida. Había entrado en un ligero declive del que era consciente, y se veía suplente de otro medio centro en la siguiente temporada.

Toda la hinchada del Nacional amaba a Abdón Porte, y aquel día de marzo el equipo derrotó por 3 a 1 en su estadio al Charley. Tras el partido, Abdón fue a festejar la victoria con sus compañeros. A la una de la madrugada se despidió de todos y dijo que tomaría el tren en la Estación Central. Pero algo sucedió cuando se quedó solo y cambió de idea, regresó al estadio. En medio de la noche, fue hasta el círculo central del campo (allí justo donde doce años después se pondría en movimiento el primer balón del primer Mundial), donde tenía la costumbre de reinar. Ya no le sustituiría nadie. Allí, en el centro mismo del estadio, se mató de un disparo en el corazón.

A la mañana siguiente, el guardameta del equipo, que fue el primero en entrar en el estadio, encontró el cuerpo del medio centro en el centro del campo. Junto al revólver, un sombrero de paja, con dos emocionadas cartas de despedida.

Todavía hoy, en todos los partidos que juega el Nacional, se puede ver en la tribuna una bandera con la leyenda 'Por la sangre de Abdón'. "Pavada de alegoría –escribió alguien–. Allí donde estaba, siendo patrón del medio, quería que el tiempo se hiciera eterno". Pavada o no, dos semanas después de aquel suicidio, Horacio Quiroga, cuentista magistral y una de las vidas más trágicas de la literatura, se basó en la historia de Abdón para escribir "Juan Polti, half-back", un relato que publicó en la revista Atlántida en mayo de 1918.

"Cuando un muchacho llega, por A o B, y sin previo entrenamiento, a gustar de ese fuerte alcohol de varones que es la gloria, pierde la cabeza irremediablemente". De ese alcohol de varones y del mítico suicidio hablaría también, años más tarde, el relato "Muerte en la cancha", de Eduardo Galeano.

Sin relación alguna con la muerte de Abdón, años después escribiría Idea Vilariño: "Fue un momento / un momento / en el centro del mundo".