Sandro Veronesi. Foto: Johanna Marguella / Anagrama.

Sandro Veronesi. Foto: Johanna Marguella / Anagrama.

Letras

'Septiembre negro': Sandro Veronesi retrata el paso a la edad adulta en un verano marcado por la Historia

El escritor, ganador de dos Premios Strega, explora la pérdida de la inocencia en una Italia asomada a los 'años de plomo' y al terror del atentado de Múnich en 1972.

Más información: Thomas Pynchon está de vuelta después de más de una década: lee el arranque de 'A oscuras', su nueva novela

Publicada

Sandro Veronesi (Florencia, 1959) ha seducido a crítica y público durante décadas gracias a su habilidad para ir de lo mínimo a lo profundo. Sus personajes más emblemáticos, protagonistas de Caos Calmo y El colibrí, se ven afectados por trances que suponen encrucijadas en su existencia. La clave para superarlas es hallar una razón para vivir, lo que, en realidad, es reconducir el dolor hasta dar con un equilibrio válido para seguir adelante.

Portada 'Septiembre negro'.

Portada 'Septiembre negro'.

Septiembre negro

Sandro Veronesi

Traducción de J. M. Salmerón Anagrama, 2026. 266 páginas. 20,90 €

El ganador de dos premios Strega reformula los trucos de su chistera en su última novela, Septiembre negro, cuyo título no solo hace referencia al grupo terrorista palestino de los Juegos Olímpicos de Múnich 1972.

La acción se desarrolla durante ese verano, crucial para el protagonista, Gigio, con muchas ganas de comerse el mundo y crecer desde la pequeñez del pueblo toscano de Vinci. El niño quiere ser adulto. Esta transformación vertebra el lado más fácil de toda la trama, no en vano todos los elementos parecen conducir a narrar ese tránsito, desde el verano en la playa, la conciencia del amor y la voluntad de construir un universo independiente al de sus progenitores.

El padre es abogado y la madre se resume desde su nacionalidad irlandesa, de gran exotismo para esa Italia en el preámbulo de los años de plomo, matiz de peso, pues Veronesi da voz a un narrador que camina paralelo a la Historia desde la metamorfosis.

Los sucesos de calado se precipitarán hacia un abismo diferente al del chaval, quien sin embargo nada en la misma corriente porque el cambio marcará un antes y un después reconocible.

Gigio nos relata esos meses mediante contenidos e informaciones muy tramposos. Los primeros no son de fiar al reconstruirse años después con el fin de escribir esta ficción travestida de autobiografía, mientras las segundas se mueven por esa fina pendiente del engaño para con el lector, seducido por cómo se cuenta la historia con hache minúscula, bien alambicada por la precisión de la dramatis personae o por la inteligente distribución del interlineado.

Este cumple todas las premisas tradicionales en Veronesi. Podemos estar ante un escenario más bien diáfano, pero debemos sospechar, pues siempre hay un mal que acecha desde la ignorancia. Vencerla no es un juego de conocimientos al depender de factores imprevisibles.

Veronesi es un maestro en elaborar tonos muy efectistas, populares por su virtud de encandilarnos desde la empatía

A partir de esto asistimos a un despliegue de pequeñas bellezas con las que podemos identificarnos sin dificultad. El autor es un maestro en elaborar tonos muy efectistas, populares por su virtud de encandilarnos desde la empatía de reconocer la tierra que pisan las páginas. Nos sumergimos en ella sintiéndonos como Gigio, cándido pese a su energía, desprotegido por edad y con el único defecto de actuar en más de una ocasión como si tuviera 20 años.

Lo demás es un clásico Veronesi, aquí vendido desde esa búsqueda para comprender la mutación de la infancia a lo adulto. Los mayores no dicen la verdad. Escuchan con atención los fanatismos deportivos de una época de transistores mientras piensan en sexo y política, entregados a peligrosas distracciones para el orden de su día a día.

Hay un septiembre negro en la capital de Baviera y muchos en el ambiente de esas vacaciones donde la arena es solo una excusa de ambientación idónea para plasmar los contrastes. Cada vela debe aguantar su palo y cada palo tiene demasiadas aristas, maquilladas hasta que deviene quimérico disimular imposturas.

Que el acopio documental, sin el que la trama se sostendría con mucha debilidad, se haya fundido con el invencible estío es una hermosa noticia. El goce viene de cómo se alambica la totalidad de la novela, notable pese a lo sencillo de desvelar sus costuras.