La actriz y autora de 'La educación del monstruo' Elvira Mínguez. Foto: Hugo G. Pecellín

La actriz y autora de 'La educación del monstruo' Elvira Mínguez. Foto: Hugo G. Pecellín

Letras

Elvira Mínguez, Premio Primavera: "Los padres podemos ser monstruos para nuestros hijos sin quererlo"

La actriz recientemente nominada a un Goya por 'La cena' publica 'La educación del monstruo', una novela negra sobre un violador en serie.

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Habla Elvira Mínguez de la celebérrima magdalena de Proust para explicar lo que le sucede a Matilde, la protagonista de La educación del monstruo (Espasa), su nueva novela, en el arranque del relato. Como le ocurre al Charles Swann de A la busca del tiempo perdido, también para ella un fenómeno externo propicia un estallido de recuerdos que la retrotrae a un episodio olvidado de su infancia.

El caso que nos ocupa no es, sin embargo, tan sensorial como el que protagoniza el alter ego de Proust. Se trata, más bien, de un episodio que parece reconstruir paso por paso lo que había quedado enterrado en el subconsciente de Matilde: la desaparición momentánea de su hijo, que sale del jardín de la casa detrás de una pelota en el momento en el que la madre atiende otros asuntos le hace recordar la época en la que en su colegio varias niñas fueron secuestradas por un violador en serie.

"No es que sea un recuerdo muy vívido, es que está volviendo a ocurrir. El cerebro te transporta a un sitio determinado donde se ha vivido una experiencia determinada", detalla la escritora, directora y actriz ganadora de un Goya —galardón para el que de nuevo estuvo nominada en la pasada edición por su papel en La cena— sobre el inicio del libro que le ha valido el Premio Primavera de Novela. "La novela parte de eso, de la reconstrucción de un recuerdo. Esa fue mi idea primigenia, cómo se construye un recuerdo, qué nos pasa con eso".

La actriz y escritora ofrece estas declaraciones en la comida que ha compartido con los medios en Valencia para presentar el libro. La capital del Turia es, de hecho, el punto de nuestro país donde se desarrolló una de las más conocidas tragedias de esta índole: el caso de las niñas de Alcàsser, que generó un auténtico estado de psicosis entre las familias españolas en los años 90.

Los que, como el que escribe estas líneas, eran niños en aquel momento, recuerdan el miedo a los peligros del exterior que transmitían los adultos a sus vástagos, del todo incomprensible para estos últimos. Aquellos que, como Mínguez, eran padres de menores por aquel entonces, admiten una sobreprotección resultado del terror a que algo así sucediera con sus propios hijos.

Precisamente, la escritora reconoce que vivió un episodio muy parecido al de Matilde con su propio hijo: un momento de descuido, un niño que de pronto no está donde debería estar y un torrente de posibles calamidades que se amontonan en la imaginación de la madre, que entra en una comprensible crisis nerviosa hasta que por fin encuentran a su hijo sano y salvo y lo alecciona sobre los innumerables peligros que hay ahí afuera. "No entendía el daño que le había hecho con ese miedo mío. La carita con la que me miraba era como si estuviera viendo verdaderamente a un monstruo. Ese recuerdo, esa ansiedad que no sabía que llevaba dentro, es algo que decidí conservar porque me di cuenta de que era algo que merecía la pena trasladar al papel".

"Me interesaba contar esos monstruos que cuando éramos pequeños han vivido con nosotros. Ese hombre del saco, ese sacamantecas... son historias que han sido una herramienta para manipularnos, para meternos el miedo en el cuerpo y de esa manera controlar lo que hacíamos", ha apuntado la autora más tarde, en la presentación del libro al público en la Lonja de la seda de Valencia junto a la actriz Anabel Alonso y la escritora y periodista Nativel Preciado. "Los padres, en un momento determinado, sin quererlo, podemos ser monstruos para nuestros hijos... y de esa manera muchas veces estamos generando otro pequeño monstruo en ellos".

La educación del monstruo es una novela que discurre a tres tiempos, con capítulos que se alternan para transportarnos a diferentes épocas. "Se rompe la estructura lineal del tiempo de pasado, presente y futuro y entonces vuelve, se amalgama y ocurre", desgrana Mínguez.

Vemos, por un lado, a una Matilde ya adulta en nuestro presente, con la ya mencionada desaparición de su hijo como pistoletazo de salida para una peripecia vital en la que reordena su presente haciendo las paces con su pasado.

Por otro, nos encontramos ante dicho pasado de la protagonista, en 1976, cuando no era más que una preadolescente alumna de EGB en un colegio de monjas vallisoletano en el que cunde el pánico por el encadenamiento de varios casos de secuestro y violación de niñas del centro.

La última de las tres dimensiones temporales que cubre el libro nos sitúa en 1963 en Düsseldorf, Alemania. Allí, los padres de Matilde, Manolo y Águeda, emigran ilegalmente antes del nacimiento de su hija en busca de un porvenir mejor. Comparten en la ciudad alemana piso con Felipe, su supuesto benefactor, y Javier, su hijo, un muchacho de 13 años taciturno que tiene cierta fijación por dibujar vírgenes y sufre malos tratos por parte de su padre.

Será en estos capítulos —no se alarmen por el destripe que puede suponer esta información, pues es algo que se sabe en la primera parte del relato— donde veremos las razones que llevan al joven Javier a dirigirse años después a Valladolid, donde será el responsable de los secuestros de las alumnas de la escuela a la que asiste la hija de Águeda y Manolo. "Vamos viendo poco a poco cómo se va convirtiendo cada vez en un ser más poderoso, el poder que le va dando el sobrevivir y el aguantar esos malos tratos", nos adelanta la autora, que admite sentir cierta fascinación por este personaje.

El machismo de aquellos años también quedará señalado cuando a Águeda la tomen por loca en el momento en que informe a sus seres queridos de cierta infamia de la que ha sido víctima y sobre la que nadie la creerá. "Me parece muy interesante e ilustrativo la forma en la que se representa la situación de la mujer en aquellos años... esa incomprensión, esa sensación de agobio de decir: 'Pero si es verdad y nadie me cree'", ha opinado Anabel Alonso durante la presentación.

Hay otra razón de interés detrás de este último grupo de capítulos. En ellos vemos un fiel reflejo de la inmigración española en los años cincuenta y sesenta en las capitales económicas de Alemania. La camaradería patria y las redes de contactos aparecen entonces. Asimismo, se desmiente aquella idealización del trabajo que iban a hacer los españoles en suelo germano, muy precario en la mayoría de casos, tanto en lo referido a las características del empleo como en el aspecto contractual.

Una historia, la de la Educación del monstruo, que sorprende por tener pocos préstamos del lenguaje del cine, siendo la autora una veterana profesional en este sector. "Nunca pienso en lo cinematográfico cuando escribo, lo que me esfuerzo por hacer es transportar mis inquietudes al papel. Aun así, por gajes del oficio, tengo una imaginación muy visual, pero trato de separar".

Aunque asegura no haber tenido tal idea en la cabeza en la génesis de la novela, no descarta la posibilidad de adaptarla a la pantalla, como ya hizo con su ópera prima, La sombra de la tierra (Espasa, 2023). Pero, por encima de todo, sí que hay algo que tiene claro: "¡De tener que hacer una película, la dirigiré yo!", sentencia entre risas.