Eduardo Mendoza. Foto: Iván Giménez

Eduardo Mendoza. Foto: Iván Giménez

Letras Libro de la semana

Eduardo Mendoza sigue dándonos felicidad con su jocosa y caótica visión del mundo en su nueva novela

'La intriga del funeral inconveniente', del último ganador del Premio Princesa de Asturias de las Letras, es una historia disparatada que parodia el género detectivesco.

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Si no recuerdo mal, ya en 2021, a raíz de Transbordo en Moscú, Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) anunció que se había hartado de escribir novelas y que no lo iba a hacer más. Algo así repitió en 2024, con motivo de Tres enigmas para la organización, si bien al poco añadió, con ese desenfado cordial tan suyo, que había dicho una "tontería" y confesó que al día siguiente ya andaba enfrascado en una nueva historia.

intriga

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La intriga del funeral inconveniente

Eduardo Mendoza

Seix Barral, 2026
251 páginas. 20,90 €

En ello, en su gusto por el arte de contar, confiábamos sus seguidores como causa disuasoria del anunciado abandono. En efecto, no se ha cumplido y, reincide, felizmente, con La intriga del funeral inconveniente.

El deseado regreso de Mendoza a la ficción se enmarca dentro de una de sus líneas narrativas personalísimas, la parodia del género detectivesco que arranca, después de La verdad sobre el caso Savolta, con el libro en el que inventaba un excéntrico detective sin nombre, El misterio de la cripta embrujada. La saga, continuada con El laberinto de las aceitunas, La aventura del tocador de señoras y El enredo de la bolsa y la vida, se prolonga con este nuevo título.

La libertad imaginativa del ciclo se mantiene igual de fresca y nos abisma en una historia disparatada que supone un auténtico tour de force en lo relativo a la acumulación de enredos y al enmarañado juego de casualidades. El lector anda un tanto perdido en anécdotas en apariencia inconexas y que solo se anudan y esclarecen en un escrito epistolar final. Mientras, se han sucedido, como es esperable, episodios bien sorprendentes.

La historia arranca con un pasaje llamativo, pero todavía dentro de un orden. Un aspirante a reportero adolescente, Ramoncito Valenzuela, hace la crónica del funeral de alguien asesinado y sus indiscreciones despiertan suspicacias en varios círculos sociales.

Sin moraleja ni moralismo, la novela deja la inquietante impresión de una realidad actual enloquecida

La averiguación de quienes asistieron al funeral relaciona al jefe de protocolo del tanatorio, al oscuro policía jubilado Rodríguez Jarana, apodado el Tigre Malo, a la liosa hermana del difunto, a un misterioso hombre con gafas de sol, sombrero y enfundado en una gabardina, y a un prelado, monseñor Gorostiza.

Equívocos, malentendidos, sorpresas o engaños se enredan en este arranque, pero no será nada al lado de lo que ocurrirá en los dos capítulos siguientes, en los cuales, con la participación de algunos de estos personajes, se acumulan varios incidentes: secuestros de ida y vuelta, un suicidio virtual, intrigas cortesanas y más equívocos y engaños. Se agregan personajes ladinos y feroces, y también un calculador alcalde. Y en el medio del ir y venir frenético de esta gente, se desarrolla una intrincada trama financiera.

Lo excepcional de los hechos y lo peculiar de los actores –la novela tiene bastante de comedia a medias de enredo y a medias de situación– dice por sí solo la perspectiva distorsionadora y astracanesca que preside la enloquecida trama, en la que sobreabundan las situaciones absurdas, las argumentaciones delirantes y los malentendidos. Todo ello está, además, inmerso en una práctica sistemática del humor, que afecta al total de la materia, tanto los contenidos como la lengua.

La trama, solo por remota analogía vinculable con el género detectivesco, policial o criminal, se alimenta con situaciones cómicas y manifiesta una inventiva que no tiene reparo en bordear la verosimilitud. La desfiguración humorística lleva las anécdotas al límite del absurdo.
Los personajes forman parte sustancial de semejante ideación novelesca. Los preside una concepción que privilegia lo atípico. Ninguno de ellos –del monseñor al excomisario, al rico financiero, o al alcalde– es como la gente común.

Todos están marcados por la rareza o la excentricidad, y prueba de ello la da su singular onomástica o los regocijantes apodos, recurso frecuente de Mendoza: el policía, apellidado Jarana; el director del periódico don Pufo Colorado; los padres del periodista, Canuto y Cándida; el representante de la funeraria, apodado Míster RIP, de igual apellido que el famoso explorador Alibey; Winston, el vendedor de telefonía; el Bruto, alias de un delincuente de "gama alta"; Manolito El Sentencioso; la baronesa Pía; la catedrática Ferreira dos Trastos y Cardoso, etc.

Humor, en la frontera de la jocosa ocurrencia, prodiga también Mendoza en las situaciones. Así, por señalar solo un par de agudezas, el plan de otorgar rango universitario a las pompas fúnebres e incluir las ceremonias en la Escuela de Hostelería y Turismo o exigir 200 euros por el rescate de un secuestro.

El humor marca asimismo el estilo con un efecto magnífico. La prosa exhibe una extraordinaria mezcla de registros. Al margen por completo del nivel sociocultural del hablante y del contexto comunicativo, juega Mendoza con la lengua. Alguna vez el habla refleja el perfil de un personaje: "soy cirílica y no tolero los lactantes". Y muchísimas veces hace copioso uso de coloquialismos: "ser la polla", "que te cagas", "hacer la cusca", "pasarse el arroz", "en un plis plas", "gorigori", "pelendengues", "tiquismiquis", "estirar la pata", etc., etc. Con ello la disparatada historia se carga de fuerza comunicativa y entronca los raros sucesos en una realidad lingüística común.

Con este conjunto de notas, la novela se afinca en el territorio de la creatividad pura y de la pura invención. No es obstáculo, sin embargo, para que también deje constancia de rasgos peculiares de un tiempo concreto que se diseminan entre la locura argumental: negocios y negociantes corruptos, la sofisticada burocracia, la realidad virtual, el peso de las redes sociales, el acoso comercial, la crisis de la prensa, los hábitos modernos del consumo, la emigración laboral…

Ni siquiera falta un apunte de ultimísima actualidad: las sombras sobre la conquista de América y las disculpas por los abusos antaño cometidos. Pero todo, insisto, inmerso en humor, y conformando una visión caótica del mundo. Sin moraleja ni moralismo, la novela deja la inquietante impresión de una realidad enloquecida. Y Mendoza sigue siendo el "proveedor de felicidad para los lectores" que dijo el jurado del Premio Cervantes.