Dickens y Prince. Diseño: Rubén Vique.

Dickens y Prince. Diseño: Rubén Vique.

Letras

Dickens y Prince: dos genios adictos al trabajo, marcados por la pobreza y traicionados por la fama

El escritor Nick Hornby, autor de 'Alta fidelidad', pone a dialogar al novelista victoriano y al icono del pop, de cuya muerte se cumplen 10 años, en un ingenioso ensayo.

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"¿Qué diantre tienen que ver Charles Dickens y Prince, un escritor británico del siglo XIX y un músico estadounidense del XX?", se pregunta Nick Hornby (Reino Unido, 1957), anticipándose a la duda de los lectores que vayan a acercarse a su nuevo ensayo: Dickens y Prince: un tipo de genio muy particular (Anagrama, 2026). 

La respuesta rápida sería: nada y casi todo, pero el melómano autor de Alta fidelidad (1995) desgrana con ingenio las vidas de ambos artistas, a los que llama cariñosamente "Mi gente", para demostrar que tienen más en común de lo que parece. 

"Dickens nunca oyó nada que hubiera grabado Prince, y no hay pruebas que sugieran que Prince leyera alguna vez a Dickens", reconoce el escritor y guionista británico, que se aferra a las casualidades compartidas.

Portada de 'Dickens y Prince: un tipo de genio muy particular' (Anagrama, 2026).

Portada de 'Dickens y Prince: un tipo de genio muy particular' (Anagrama, 2026).

Ninguno de los dos llegó a cumplir 60 años, ambos murieron a los 58, aunque "esos cerebros creativos tan extraordinarios debían tener mil años", apunta Hornby. Dickens y Prince estuvieron marcados por la pobreza y, quizá por eso, fueron artistas que tuvieron la sospecha (paranoica y certera) de que el mundo les estaban robando.

Ganaban mucho dinero, pero arrastraban numerosas cargas económicas. Y ninguno de los dos, mujeriegos irredentos, lograron que sus matrimonios funcionaran. Pero, sobre todo ambos, fueron adictos al trabajo, tan prolíficos que no tuvieron tiempo de ser perfeccionistas

Dickens publicó 15 novelas, entre ellas Oliver Twist, Grandes esperanzas y David Copperfield, sin contar con los cuentos, textos periodísticos y obras de teatro. El autor escribía sus novelas sobre la marcha, "para hoy y no para mañana", dice Hornby.

"Hay cierta humildad en seguir sacando libros como churros, es la marca del escritor que se ve a sí mismo como un entretenedor, con un deber para con su público y como el sostén económico de una joven familia que no paraba de crecer".

Por su parte, Prince, de cuya muerte se cumplen 10 años este abril, no podía dejar de escribir, de grabar y de tocar. El resultado de esa feroz inspiración fueron 39 álbumes, el último, HITnRUN Phase Two (2015), publicado solo un año antes de morir. 

Hornby compara el cenit de sus carreras cuando ambos tenían veinticinco años. "Tanto Purple Rain como Oliver Twist fueron grandes éxitos desde el momento de su aparición, pero no fueron pasajeros, ambos se han vuelto referentes culturales permanentes". 

Además de su perdurabilidad cultural y la juventud de sus creadores, apunta el escritor británico, hay algo más que Oliver Twist (1837‑1839) y Purple Rain (1984) tienen en común: ambas le deben muchísimo al cine. 

En los 80, Prince aprovechó su posición en la cresta de su ola para imponer en contrato a las dicográficas el rodaje de una película hecha a su medida. "Prince compuso Purple Rain con la idea de la película en la mente", señala Hornby. De ahí nació un disco "cuya pomposidad, apunta el escritor, le imposibilita pasarlo realmente bien". Sería tres años después, con Sign o' the Times (1987), cuando el talento del cantante alcanzaría su mayor esplendor. 

Sin embargo, sin la película es improbable que el álbum se hubiese convertido en tal fenómeno. "Todos fuimos a ver Purple rain y luego compramos el álbum. O compramos el álbum y fuimos a ver la película. Se dio una sinergia extraordinaria", señala Hornby.

Y, de modo similar, sin el musical Oliver! (1960) de Lionel Bart y el grandísimo éxito de su adaptación cinematográfica, dirigida por Carol Reed (1968), es posible que Oliver Twist no se hubiera convertido en la obra más famosa y representativa de Dickens.  

Sin llegar a la treintena, Prince y Dickens producían a destajo, uno por su incontinencia creativa y el otro porque le preocupaba que las brasas de su creatividad se enfriaran demasiado rápido. 

Ambos, pese a pertenecer al 0,1% que más ganaba en su campo, vivieron convencidos de que los estaban robando y, a diferencia de muchos colegas, decidieron plantar cara.

Ganaban mucho dinero, pero arrastraban también enormes cargas económicas y una irritación constante con el sistema. En Prince, esa furia derivó en una etapa tardía que Hornby llega a calificar de "embarazosa": una guerra contra Warner y  la manía del negocio del espectáculo de ganar más dinero que el propio artista. 

Durante los noventa, publicó discos sin parar mientras el mundo miraba hacia otro lado y, al mismo tiempo, descubrió antes que muchos compañeros que el único dinero serio estaba en los conciertos, que los álbumes servían para promocionar las giras y no al revés. Tras coquetear con la bancarrota a finales de los noventa, terminó derrotando al sistema, pero a costa de una batalla agotadora. 

Dickens en su escritorio, 1858, por Herbert Watkins.

Dickens en su escritorio, 1858, por Herbert Watkins.

Dickens, por su parte, empezó a sentirse estafado casi desde que publicó su primer libro. Veía adaptaciones teatrales de sus historias por todo el país, ediciones pirata y explotaciones de su nombre que lo sacaban de quicio, sobre todo cuando el público conocía esas versiones antes de que las novelas hubieran concluido por entregas.

Paradójicamente, todo ello ayudó a crearle una base de lectores gigantesca, del mismo modo que la sobreexposición de Prince consolidó su aura de mito pop. Hornby sugiere que, si Dickens hubiera conocido Internet, habría perdido la poca cordura que le quedaba, y apunta también que, si cantante y escritor hubieran podido conversar tras su muerte, "no es difícil imaginar que se habrían calentado con el asunto de la gente que reaparece cuando las cosas van bien". 

Ambos habían crecido en entornos pobres y arrastraban viejos traumas que la fama no hizo más que complicar. Como señala Hornby, es difícil decir quién tuvo una infancia más dura, sobre todo porque Prince fue siempre muy reservado con su vida antes del éxito, pero pasó temporadas sin un lugar fijo donde vivir. 

Mientras tanto, Dickens trabajaba de niño en una fábrica de betún para ayudar a sacar de la miseria a su familia, con el padre encerrado en una prisión por deudas. Ya de adulto, tuvo que hacer frente a una familia numerosa de diez hijos. 

Tras dos décadas de matrimonio con Catherine Thompson Hogarth, se separó al enamorarse de la joven actriz Ellen “Nelly” Ternan, a la que conoció cuando él ya era una celebridad. Las mujeres, a las que Hornby dedica un capítulo del ensayo, fueron la debilidad de ambos.

Tuvieron numerosas amantes, esposas, musas y protegidas. Para Prince el sexo y el proceso creativo iban de la mano, y por ello su representante Arnold Stiefel llegó a suplicarle que dejara de “hacer de cazatalentos con la polla”. 

Pero independientemente del plano sexual, el lado más soñador y apacible del músico parecía necesitar siempre una figura femenina alrededor. Estaba fascinado con las voces femeninas, como Joni Mitchell, Kate Bush o Sinead O'Connor a la que le regaló su canción más conocida Nothing Compares 2 U. 

A partir de esas vidas paralelas, el escritor británico pergeña un ensayo divertido y juguetón, con la aparente pretensión de unir a dos artistas que lo han moldeado, inspirado y obligado a pensar en su propio trabajo pero que, de paso, deja una potente reflexión sobre la creatividad y la cultura contemporánea.