El escritor Umberto Eco. Foto: cedida por Lumen

El escritor Umberto Eco. Foto: cedida por Lumen

Letras

Diez años sin Umberto Eco, el sabio que conquistó a millones de lectores

El autor de 'El nombre de la rosa' y padre de la semiótica moderna supo aunar la erudición con la cultura popular.

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Nacido en la Alessandria piamontesa el 5 de enero de 1932, Umberto Eco solía decir que quien no lee, a los setenta años habrá vivido solo una vida, mientras que quien lee "habrá vivido 5.000 años: estaba cuando Caín mató a Abel, cuando Leopardi admiraba el infinito… porque la lectura es la inmortalidad hacia atrás".

Quizá por eso, porque Umberto Eco sabía el secreto, ahora que este 19 de febrero se cumplen diez años de su muerte, su figura sigue seduciendo a los lectores del mundo entero, fascinados por su sabiduría, su amenidad y sentido del humor.

Padre de la semiótica moderna y narrador de éxito, filósofo y profesor, Eco era hijo de comerciantes. Aunque su familia quería que estudiase Derecho, se doctoró en Filosofía y Letras en la Universidad de Turín en 1954, con un trabajo que publicó dos años más tarde con el título El problema estético en Santo Tomás de Aquino (1956), aunque, paradójicamente afirmase que Tomás de Aquino le había "curado milagrosamente de la fe".

Tras doctorarse, fue editor cultural para la RAI y comenzó a trabajar como profesor en las universidades de Turín y de Florencia antes de ejercer durante dos años en la de Milán (1956-1964). En 1966 regresó a la de Florencia para convertirse en profesor de comunicación visual. En este periodo conoció al Grupo 63, un colectivo de artistas que influirían en su carrera de escritor.

Ya entonces era todo un personaje, admirado por sus conocimientos y su pasión por el medievo. Su apertura de mente y su amenidad asombraban a sus alumnos y, sobre todo, a sus colegas, porque, como subrayaba el periodista Gianni Rotta, resultaba revolucionario que "un semiólogo, un crítico, todo un filósofo, se ocupase de cómics, o que un profesor como él predicase que, para entender la cultura de masas, antes hay que amarla, o que no se puede escribir un ensayo sobre las máquinas flipper sin haber jugado con ellas" .

También resultaban revolucionarias sus obras: en los años sesenta publicó trabajos esenciales para la semiótica, como Obra abierta (1962), Apocalípticos e integrados (1964) y La estructura ausente (1968).

Para él, la semiótica era "el estudio de todo lo que puede usarse para mentir, es decir, cualquier sistema de signos y símbolos que comunica, interpreta o representa el mundo, incluyendo la cultura, el arte y el lenguaje".

Más en serio (más académico al menos), definía la semiología como una lógica de la cultura que funciona de acuerdo a procesos de interpretación que varían en forma social e histórica según las interpretaciones que realizan determinados grupos culturales.

Cofundador de la Asociación Internacional de Semiología (1969), en 1971 comenzó a enseñar en la Universidad de Bolonia, y, entre 1975 y 2007, ocupó la cátedra de semiótica en esa universidad. Más tarde, en el año 2000, creó en Bolonia la Escuela Superior de Estudios Humanísticos, iniciativa académica solo para licenciados de alto nivel destinada a difundir la cultura universal. En 2008 fue nombrado profesor emérito en Bolonia.

A mediados de los años 60 comenzó a publicar ficción, unos cuentos para niños ilustrados por Eugenio Carmi, La bomba y el General y Los tres cosmonautas, que tuvieron cierta fama en Italia.

Nada comparable al asombroso éxito de su primera novela, El nombre de la rosa (1980), una fábula detectivesca ambientada en un monasterio benedictino en 1327 cuyo misterio, juegos metaliterarios, cultura e ironía asombraron al mundo. Cuando le preguntaban por qué la había escrito, contestaba con su socarronería habitual: "Porque tuve ganas".

Sean Connery y Christian Slater en la famosa adaptación cinematográfica de 'El nombre de  la rosa' (Jean-Jacques Annaud, 1986)

Sean Connery y Christian Slater en la famosa adaptación cinematográfica de 'El nombre de la rosa' (Jean-Jacques Annaud, 1986)

A partir de entonces, hiciera lo que hiciera, siempre le preguntaban por esta novela, que él consideraba posmoderna por su falta de inocencia: "En mi novela está Borges, pero también Rabelais o Cervantes: posmodernismo es la falta de inocencia. El escritor hoy no es inocente, sabe que hay otros libros detrás. Pero el lector tampoco lo es".

Con más de sesenta millones de ejemplares vendidos en todo el mundo, la versión cinematográfica de 1986, dirigida por Jean-Jacques Annaud y protagonizada por Sean Connery, conquistó a muchos más lectores.

Ocho años tardó en publicar su siguiente novela, El péndulo de Foucault (1988), una controvertida fábula que decepcionó a quienes esperaban un remedo de El nombre de la rosa, aunque trataba de una conspiración secreta de sabios en torno a temas esotéricos.

Eco pidió que no se celebrasen homenajes en su memoria durante, al menos, diez años. Los mismos que celebramos hoy

Después vendrían La isla del día de antes (1994), sobre la incertidumbre y la necesidad de respuestas; Baudolino (2000), una novela picaresca ambientada en la Edad Media que se convirtió rápidamente en otro bestseller; La misteriosa llama de la Reina Loana (2004); El cementerio de Praga (2010); y su última novela, Número cero (2015).

Enfermo de cáncer desde hacía varios años, la muerte le sorprendió el 19 de febrero de 2016, convertido en un articulista de referencia mundial, y con numerosos proyectos en marcha, como la editorial La nave di Teseo, que estaba a punto de fundar con Sandro Veronesi, Hanif Kureishi y Tahar Ben Jelloun. A su muerte, su editor italiano, Mario Andreose, resaltó cómo Eco había estado escribiendo "hasta el final, exceptuando los tres últimos días. Escribía y escribía, era un trabajador formidable".

Al día siguiente de su fallecimiento, las crónicas narraron cómo sus alumnos se habían acercado a la plaza Castello para dejar rosas blancas bajo la casa de su mentor. Una casa legendaria con una biblioteca de 35.000 volúmenes, que se distribuía por las dos plantas del domicilio, en un caos que Eco negaba vehementemente: "Este es el estudio de los ensayos, allá junto al lavabo tengo a los lógicos ingleses...". De hecho, se dice que era capaz de encontrar cualquier autor que el periodista le citara, siempre que la cubierta no hubiese cambiado de color por el paso del tiempo.

Aquel 20 de febrero, en cambio, no solo Italia, Europa entera lloraba la muerte de un erudito bienhumorado y sagaz. Enfrente del cenotafio de rosas, le esperaba el imponente Castello Sforzesco, que Eco solía contemplar desde su casa. Allí se celebró su funeral, una ceremonia civil de despedida, tal y como el filólogo y escritor había dejado estipulado en su testamento, en el que, por cierto, también pidió que no se celebrasen homenajes ni se organizaran celebraciones en su memoria durante, al menos, diez años. Los mismos que celebramos hoy.