Tony Tulathimutte. Foto: ADN.

Tony Tulathimutte. Foto: ADN.

Letras

'Rechazo', de Tony Tulathimutte: el retrato de una generación que se autodestruye en internet

El autor estadounidense radiografía, en siete relatos despiadados, a personajes timoratos y engreídos, torpes y retraídos en sus relaciones, que se autohumillan en la era digital.

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Tony Tulathimutte, americano de origen tailandés (Spingfield, 1983), debutó con Ciudadanos privados (2016), una insolente novela donde cuatro millennial recién graduados de Stanford, interactúan en San Francisco desvelando las inseguridades de quienes se mueven el intrincado universo de internet. Rechazo, su segunda novela, profundiza en un panorama similar, pero ahora conduce a sus personajes al borde del precipicio.

Rechazo

Tony Tulathimutte

Traducción de Manuel Cuesta. AdN, 2026. 320 páginas. 20,95 €

Se trata, formalmente, de siete relatos interrelacionados; un modelo narrativo que vivió su época dorada a comienzos del siglo XX con obras como Winesburg, Ohio (1919), de Sherwood Anderson, o Las praderas del cielo (1932), de Steinbeck.

Cada una de las historias que componen el volumen posee autonomía, pero es el conjunto, más que la mera reaparición ocasional de algunos personajes, lo que acaba de conferir unidad y sentido a la obra. Rechazo sumerge al lector en la lógica de internet y la absurda realidad de las redes que condicionan la forma en que los más jóvenes, han comenzado a verse a sí mismos.

La introductoria cita de Ralph Waldo Emerson –“pero más queridos son aquellos que nos rechazan por indignos, porque nos añaden otra vida”– sintetiza magistralmente el tipo de protagonistas que encierra el libro.

Freud planteaba en Más allá del principio del placer (1920) que al deseo representado por Eros se oponía la “pulsión de muerte” que empuja al individuo a la autodestrucción, y esa es la característica común a quienes deambulan por “El feminista”, “Foros”, “Ahegao o Blada de la represión sexual”, “Nuetro superfuturo”, “El personaje clave”, “Dieciséis metáforas”, y “Re: Rechazo”.

Se trata de personajes timoratos y moralmente engreídos, torpes en sus relaciones sociales, solitarios y retraídos. Nada que ver con el tipo de antihéroe modernista ni contestatarios posmodernistas al estilo de los utilizados por Bret Easton Ellis o Palahniuk; los de Tulathimutte son o están ciegos a la realidad, a su vacuidad existencial, pues son ellos mismos, y no el mundo, quienes se autohumillan.

“Él supone que incluso las malas relaciones son mejores que la ausencia de relaciones, pues lo preparan a uno para relaciones futuras”, piensa el anónimo protagonista de “El feminista”; un personaje que “no quiere compasión; él quiere no necesitar compasión. Todas sus amistades femeninas lo han rechazado en algún momento” (p. 17).

La mención a Freud tenía una doble intención, pues el sexo se convierte en la vara de medir la aceptación social. En ese sentido internet se convierte en una suerte de campo de batalla donde, a modo de auto de fe, se producen linchamientos colectivos.

Alison, protagonista de “Fotos” vivirá el trauma de estar colgada de la única relación que nunca tuvo. Su conexión con el mundo real y la realidad de la vida es más que cuestionable.

El autor retrata personajes timoratos y engreídos, torpes y retraídos en sus relaciones

“Dieciséis metáforas” es lo que indica el título. La última de ellas reza: “Metáfora significa ‘llevar cruzando’. Rechazo significa ‘lanzar de vuelta’. Tú te lanzas a la chica… y ella te lanza de vuelta. Fracaso significa ‘caer’.” (p. 301) “Re: Rechazo” reproduce con imaginación un supuesto correo de rechazo editorial, valga la redundancia, a su obra Rechazo.

De forma especial me ha interesado “El personaje clave” –más novella que relato (90 páginas)–, un cuento sublime en el que Tulathimutte expone a corazón abierto una inquietante percepción de los miedos de su propia generación: “Quien yo quería ser, aquello contra lo cual yo definía mi propia persona, el modo en que me veían los demás, mi manera de comportarme: nada de todo eso concordaba…, y a mí me daba un miedo atroz que mis amigos pudieran enterarse”. (p. 220-221).