Máximo Huerta

Máximo Huerta Daniel Hidalgo

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Máximo Huerta: "No soporto esa necesidad de opinar de todo, de convertir la cultura en un escaparate de egos"

A vueltas con la nostalgia y las trampas de la memoria, el escritor narra en 'Mamá está dormida' las aventuras en autocaravana de una madre y su hijo para desvelar un enigma familiar.

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¿Qué libro está leyendo?

Los nombres, de Florence Knapp. Y releo El cuaderno gris, de Josep Pla.

¿Cuál es el libro que más le ha ‘autoayudado’?

No creo en la autoayuda como género, pero sí en los libros que te enseñan a mirar mejor. En ese sentido, Cartas a un joven poeta, de Rilke, me dio criterios –más que consuelos– para aceptar la duda, la lentitud y la intemperie como parte natural de la vida.

Si no hubiera podido ser escritor y periodista, ¿qué hubiera querido ser?

Librero. Me atrae profundamente ese oficio silencioso que consiste en acompañar a otros en sus lecturas, recomendar sin imponer. Es un pequeño ecosistema.

Un acontecimiento histórico que le hubiera gustado vivir in situ.

La proclamación de la Segunda República. Más allá de lo que vino después, me interesa ese instante de esperanza colectiva, cuando un país cree –aunque sea por un momento– que puede reinventarse desde la cultura, la educación y la palabra.

Dedica su nueva novela, Mamá está dormida (Planeta), a quienes cuidan y a quienes se dejan cuidar: ¿por qué olvidamos tan a menudo de ellos?

Porque cuidar no hace ruido. No tiene épica ni titulares. Y, sin embargo, sin esos cuidados el mundo se detendría. Olvidamos a los cuidadores porque nos cuesta mirar lo que nos recuerda nuestra fragilidad.

¿Emprendería con su madre y su perrita Doña Leo un viaje en autocaravana como el de la novela?

No sé si soportaría la incomodidad, la estrechez. De hecho van en autocaravana para que las emociones se estrechen, estallen. Viajar así es aceptar el ritmo del otro.

¿Cree que ya es cosa del pasado esa España de “miedo, miedo y más miedo”?

Creo que el miedo ha cambiado de forma. Antes era más silencioso; ahora es más ruidoso y se propaga con facilidad en las redes. No hemos dejado atrás el miedo, pero sí la manera de nombrarlo y de amplificarlo.

Un disco o canción que se ponga en bucle estos días.

Blue, de Joni Mitchell. No como nostalgia, sino como refugio. Hay discos que no acompañan el día: lo ordenan.

¿En qué película se quedaría a vivir y en cuál no aguantaría ni un minuto?

Me quedaría a vivir en Call Me by Your Name, por la luz, el verano y esa sensación de tiempo suspendido. No aguantaría ni un minuto en El lobo de Wall Street: el ruido, la arrogancia y la exaltación del exceso me cansan rápido.

¿Ha experimentado alguna vez síndrome de Stendhal?

Sí, en Roma, ante la Pietà. No fue un desmayo, fue una especie de silencio interior repentino. Como si el cuerpo entendiera antes que la cabeza. Y cada vez que me acerco a la Torre Eiffel disfruto de esa modernidad avanzada.

No se muerda la lengua: algo que ya no soporte del mundillo cultural.

La impostura. Esa necesidad de parecer interesante, de opinar de todo, de convertir la cultura en un escaparate de egos en lugar de un espacio de pensamiento y emoción. Curiosamente es muy aplaudida. Es una trampa.

Una obra sobrevalorada.

Más que una obra concreta, diría una actitud: confundir complejidad con profundidad.

Un placer cultural culpable.

Las revistas antiguas. Me interesan como documento sociológico y como ejercicio de memoria popular.

¿Cuál es la última exposición a la que ha ido? Impresiones.

El Centro de Arte Hortensia Herrero, en Valencia.

¿La inteligencia artificial matará la creación artística?

La pondrá en crisis, que no es lo mismo. Nos obligará a redefinir qué entendemos por creación, por autoría y por mirada personal. El arte no muere: se defiende.

España es un país…

Extraordinariamente creativo y contradictorio, capaz de lo mejor y de lo peor casi al mismo tiempo. Un país que a veces no se cree su talento y otras lo malgasta en ruido.