Mercè Rodoreda. Foto: CCCB.

Mercè Rodoreda. Foto: CCCB.

Poesía

'Salvaje linde', una antología para redescubrir a la Mercè Rodoreda poeta

Como demuestra este compilatorio bilingüe de cincuenta poemas, la creatividad de la autora catalana no se limitó a la novela, sino que se expandió también a la plástica y la poesía.

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La creatividad de Mercè Rodoreda (1908-1983) no se limitó a la novela –con La plaza del Diamante (1962) como eje de su producción–, sino que se desplegó también en el campo de la plástica y la poesía.

Salvaje linde

Mercè Rodoreda

Edición bilingüe. Traducción de Nicolau Dols. Godall, 2025. 140 páginas. 18 €

Entre 1946 y 1965 la escritora dio forma a un corpus lírico que, pese a recibir premios menores, tuvo que esperar nada menos que hasta 2002 para ver la luz como libro: 105 poemas, casi todos sonetos, forma que Rodoreda adoptó siguiendo el consejo del que fuera su maestro poético, el gran Josep Carner.

De aquel libro, Agonia de llum [Agonía de luz], editado con rigor por Abraham Mohino Balet, se extrae este segundo, Salvaje linde, antología bilingüe de cincuenta poemas que Nicolau Dols traduce con escrupulosa fidelidad al sentido rítmico y estructural del original (con la salvedad de la rima, sí, pero más se perdería manteniéndola).

Los sonetos en alejandrinos, endecasílabos y octosílabos –metro que Dols convierte en un dúctil eneasílabo– son mucho más que ejercicios de estilo y dan expresión a una sensibilidad culta, a la vez refinada y reservada, que se busca en el espejo del mito (con la Odisea y sus protagonistas en primerísimo lugar), la historia y una naturaleza elocuente, llena de signos que hablan –para quien quiera escucharlos– de nuestro paso por la tierra: “¿Vivir? ¿Por qué? […] / Solo rozar orillas imposibles, / vagar en mar poblado de bramidos”.

Si “Soldados muertos” evoca el desastre de la guerra, “Ulises en la isla de Circe” (“Que os valgan las vilezas recibidas”) sirve como aviso a los compañeros de exilio.

El pequeño bestiario que redondea esta selección soslaya el peligro de caer en un ludismo de circunstancias para mostrarnos que la poesía fue siempre, para Rodoreda, el lugar –la frontera– donde yo y mundo podían dialogar y concertarse.