Manuel Longares. Foto: I. Montero Peláez.

Manuel Longares. Foto: I. Montero Peláez.

Letras

'Cortesanos', de Manuel Longares: una sátira feroz sobre las juergas sexuales de los monarcas

El autor dinamita la novela histórica convirtiendo la corte madrileña en un carnaval grotesco, donde reyes lujuriosos y súbditos desatados protagonizan una farsa política.

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Podría decirse que Manuel Longares (Madrid, 1943) ha hecho en Cortesanos una novela histórica. Ya el panorámico apartado inicial del libro consuma un expeditivo recorrido por la corte madrileña desde los Siglos de Oro hasta fechas cercanas a hoy. Pero somete a este subgénero a tan personalísima manipulación que no respeta ningún elemento habitual en él.

Cortesanos

Manuel Longares

Galaxia Gutenberg, 2025. 116 páginas. 14,50 €

Vano será buscar ingredientes informativos y, al contrario, encontramos una mirada de corte expresionista que convierte la presunta materia noticiosa en un ejercicio de pura y rotunda creatividad.

De relato histórico nada más queda un diorama de ambientes y escenarios madrileños, a la vera de un río “con más ínfulas que sustancia”, donde convergen poder y pueblo, ambos sometidos a violentas estilizaciones y en mezcolanza contra natura.

El poder se concreta en un monarca anónimo que estudia la influencia de la predestinación divina en las corridas de toros y a quien preocupa más la potestad de Dios que la paz o la guerra en su imperio. El pueblo, una muchedumbre de chulapos, lavanderas, devotos y rufianes, arracimado en los mentideros, tiene aires zarzueleros.

Ningún retrato de valor sociológico alcanza a ambos grupos sociales, que reflejan una óptica no realista de la colectividad. Todo está visto desde otro prisma, el del absurdo, el caos y el disparate. La comicidad suplanta la estampa descriptiva o analítica y Manuel Longares se entrega a lo carnavalesco.

El retablo capitalino no es inocuo. El autor aplica un criterio selectivo que pone en la picota los valores de la monarquía y señala su distanciamiento de la plebe mientras ésta, deslenguado e insolente populacho, se mofa de la clase dominante y vive al margen de sus abusivas manías.

El matrimonio entre imaginación y lengua literaria genera en 'Cortesanos' un artefacto narrativo chocante

El hilo troncal de la desmitificación regia está en la lujuria patológica de los monarcas –del soberano genérico que ocupa el centro del relato y su consorte– que Longares lleva al erotismo extremo.

El rey anda de juergas sexuales por chozas y bosques, bajo la mirada de una vaca pesarosa por tanta “eyaculación baldía”.

Mientras, un bufón ensarta a la soberana haciéndole “desbarrar pupila y lengua” y retorcer el esqueleto. El relato recrea frenéticas coyundas: “sigue, para, no pares, ven, voy, qué me haces, vamos, entra, sal, me chispas, me fluyes, me espatarras”.

También el pueblo participa del desmadre de la Corona. Algunos paisanos abrían la puerta de la carroza regia para mostrar su adhesión y “hallaban al rey y a los castrati solfeando en pelota, afilando la verga o lamiéndosela al vecino”.

La farsa teatral, además del trono, también desmitifica el altar. Lo vemos en la blasfema desacralización del dogma religioso: “Padre, Hijo y Espíritu Santo, ¿concitan fraternidad o una mano de hostias?”.

Esta realidad esperpéntica se sostiene sobre un espectacular juego estilístico y verbal que retuerce la prosa comunicativa. Abundan sin tasa los diálogos en pareados y se hallan asonancias y consonancias con efectos burlescos.

Y en la acumulación de aliteraciones se llega al virtuosismo jocoso: un pasaje de un par de páginas encadena sin reposo el sonido “ch” (“Al chispún de la charanga, un sochantre chamulla chirigotas”, etc.).

El irreverente mundo fabulado guarda, de este modo, total correspondencia en el guasón estilo antinaturalista. El matrimonio entre imaginación y lengua literaria genera en Cortesanos un artefacto narrativo chocante e inclasificable, y de lectura no poco exigente.