Cynthia Ozick. Foto: Tim Knox.

Cynthia Ozick. Foto: Tim Knox.

Letras

Cynthia Ozick firma en ‘Antigüedades’ un deslumbrante testamento literario y existencial

La escritora neoyorquina condensa en esta breve novela-diario un mundo en ruinas, donde memoria, vejez y legado se entrelazan en una delicada reflexión sobre el paso del tiempo.

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A sus más de 90 años, continúa la gran Cynthia Ozick (Nueva York, 1928) en activo, obviamente ya con cuentagotas, regalando cuentos, de vez en cuando, al New Yorker, pero con la pluma todavía tersa, como suele decirse, y de qué forma.

Antigüedades

Cynthia Ozick

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino. Alpha Decay, 2026. 112 páginas. 17,90 €

Pero su última novela (por así llamarla) hasta la fecha es esta exquisita y maravillosa Antigüedades (2021), en realidad un cuento largo o una novella, como más les guste, un formato trabajado por la neoyorquina con maestría como demuestra el que quizás sea su título más emblemático: El chal (1989).

Resulta siempre fascinante comprobar cómo textos de esta distancia pueden albergar lecturas tan apasionantes.

Antigüedades no es ninguna excepción: en menos de cien páginas, Ozick nos sumergirá en todo un mundo ya caduco, lleno de polvo y en descomposición, cuya decadencia irreversible sin embargo nos conmoverá en lo más hondo gracias a la universalidad del relato y también al hecho de vislumbrar, o mejor dicho sospechar-elucubrar, que en realidad la autora está hablando de su propio mundo, incluido lo literario, igualmente en vías de extinción.

Jugando al ya clásico juego posmoderno del manuscrito encontrado (en este caso un diario escrito a trompicones en la posguerra de la Segunda Guerra Mundial por el último alumno superviviente, ya anciano, de un particular colegio de élite), Ozick consigue desplegar toda una historia familiar y personal que se mueve entre el pasado y el presente, que entremezcla vívidos recuerdos con elocuentes reflexiones, y que nos regala a un personaje tan enigmático y fascinante como es el joven Ben-Zion Elefantin, catalizador sentimental de todo lo poco (o mucho, según se mire) que ocurre en esta brillante narración repleta de ideas.

Las antigüedades a las que alude el título de la novela son en principio unas viejas piezas egipcias rescatadas in situ por el padre del narrador, valiosas o no, he ahí la cuestión, aunque lo son desde el punto de vista del legado familiar, por la cantidad de recuerdos que se agolpan a su alrededor.

Estas 'Antigüedades' de Cynthia Ozick bien podrían ser su testamento tanto literario como existencial

Recuerdos que a su vez son reliquias para el viejo que nos escribe desde una realidad tan cambiada por la guerra que nadie a quien conoció durante su paso por el colegio queda ya con vida. Son de hecho estos frágiles recuerdos lo poco que permanece de toda una época. Y a su supervivencia se aferra el narrador.

En este cántico a la descomposición, una descomposición que afecta incluso al modo en que opera la memoria, de ahí las distintas capas de realidad que se superponen con elegancia en el diario, quiere uno ver cierto paralelismo con la desaparición paulatina de toda una generación de escritores, me refiero a la surgida en Estados Unidos en los años 60 del siglo pasado, y de la que ya tan solo quedan en pie cuatro o cinco grandes nombres, entre ellos el de Thomas Pynchon (88), Don DeLillo (89), Ishmael Reed (87), Annie Proulx (90) o el de la propia Ozick.

Que algunos de ellos sigan dando guerra y que incluso no pocos hayan facturado grandes obras poco antes de morir (pienso en Bloody Miami de Tom Wolfe o El pasajero de Cormac McCarthy) da desde luego mucho que pensar. Y admirar.

Hay obras que solo pueden escribirse desde la atalaya de la edad, con nada que perder por delante y el buche repleto de experiencia.

Y así, visto en perspectiva, estas Antigüedades de Cynthia Ozick bien podrían ser su gran colofón como escritora, una suerte de destilado estilístico, un testamento tanto literario como existencial, una obra con la que despedirse a lo grande, a pesar de su corta extensión, si no fuera porque, quién sabe, quizás el año que viene nos regale una nueva colección de relatos, y nosotros que lo veamos.