De izquierda a derecha y de arriba abajo: Unica Zürn, Aase Berg, Joyce Mansour, Laurence Iche, Claude Cahun y Silvia Guiard. Diseño: Rubén Vique

De izquierda a derecha y de arriba abajo: Unica Zürn, Aase Berg, Joyce Mansour, Laurence Iche, Claude Cahun y Silvia Guiard. Diseño: Rubén Vique

Letras

La antología de mujeres poetas del surrealismo que corrige la imagen machista del movimiento

Lurdes Martínez, a cargo de la edición de 'La llama ebria', aboga por preservar el fundamental espíritu de comunión entre las escritoras.

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Cien años después de la publicación del Primer manifiesto –ciento uno, para ser exactos, pues vio la luz en octubre de 1924–, tenemos la perspectiva suficiente para ver el surrealismo, no como un simple movimiento literario circunscrito a París y al cenáculo gobernado con mano férrea por André Breton, sino como una filosofía vital, una invitación a vivir poéticamente y refundar la propia identidad que aglutinó a varias generaciones de artistas jóvenes en Europa y los dos continentes americanos.

La llama ebria

Lurdes Martínez (ed.)

Traducción de Eugenio Castro
y Jesús García Rodríguez
Bartleby Editores / La Torre Magnética. 362 páginas. 19 €

Bien es cierto que fue Breton mismo quien, en la década de 1930, aunó el imperativo de Rimbaud de "cambiar la vida" –pues no otra cosa supone ese vivir de forma poética– con el proyecto marxista de "transformar el mundo".

En cualquier caso, reducir el surrealismo a un simple ismo, como si fuera una cara más de la vanguardia artística, no hace justicia a su profundo impulso subversivo, su magnetismo, el modo en que –como supo muy bien Octavio Paz, de cuyo poema 'Esto y esto y esto' surge el título de esta antología– realizó plenamente las aspiraciones transformadoras y hasta revolucionarias que llevaban bullendo desde el romanticismo.

Una de las áreas que más interés ha concitado recientemente es el estudio del papel que las mujeres creadoras tuvieron en el seno del movimiento. Los trabajos sobre Leonora Carrington, Jacqueline Lamba o Dora Maar han hecho hincapié, desde una óptica feminista, en su rebeldía más o menos explícita ante la función de musa o de mujer-niña que sus colegas varones tendían a asignarles, marcando distancias con sus automatismos machistas para dar la vuelta a conceptos clave como la propia identidad y su relación con la familia, el espacio doméstico, el mundo natural, etc.

Lurdes Martínez, responsable de esta antología, se propone corregir esta visión del surrealismo, señalando "la superficialidad y mistificación con que han sido abordados por el feminismo académico conceptos fundacionales […] como el amour fou o la femme-enfant".

Esta antología es un arca de los dones, una lectura deslumbrante que no tardamos en sentir como necesaria

Su mayor reparo es que "el feminismo académico ha rescatado a las mujeres surrealistas al precio de petrificar al surrealismo y a los surrealistas en una imagen ideológicamente empobrecedora", que a su vez habría saltado a los medios de comunicación hasta convertirse en doxa.

Sin negar "el lastre y las rémoras patriarcales", que los hubo, esta antología aboga por preservar el fundamental espíritu de comunión entre las mujeres surrealistas y el movimiento: nada de victimizaciones ni de enfrentamientos internos. Sí el afán de mantener intacto el poder insurrecto de la palabra deseante, mojada por las aguas del sueño y la imaginación, capaces de "borrar las señas del pecado original en el ombligo del lenguaje" (Paz, de nuevo).

La llama ebria recoge –en traducción de Jesús García Rodríguez y Eugenio Castro, quien murió mientras trabajaba en el libro– selecciones de diecinueve poetas surrealistas, desde pioneras luminosas como Valentine Penrose y Gisèle Prassinos a integrantes del grupo de Praga (Alena Nádvorníková) o el bonaerense Signo Ascendente (Carmen Bruna), pasando por figuras inclasificables y más conocidas como Joyce Mansour y Unica Zürn.

El marco temporal llega hasta nuestros días, con la argentina Silvia Guiard (1957) y la sueca Aase Berg (1967), que testimonian hasta qué punto el surrealismo sigue vivo como permanente punto de partida.

En todas ellas parece haber un sustrato común: el influjo de la tradición gótica, que es también la de ciertos cuentos populares y libros infantiles, la voluntad de juego –ya sea la escritura anagramática de Zürn o los collages de Penelope Rosemont–, y el sueño y el mundo natural como correlato de las fuerzas a menudo violentas que despierta el deseo, y que resultan en un erotismo líquido, de sesgo panteísta. El resultado es un arca de los dones, una lectura deslumbrante que no tardamos en sentir como necesaria.