Imagen promocional del documental 'The New Yorker cumple 100 años'. Foto: Cortesía de Netfix

Imagen promocional del documental 'The New Yorker cumple 100 años'. Foto: Cortesía de Netfix

Letras

Cien años de 'The New Yorker', el alma literaria del periodismo moderno

Netflix estrena un documental sobre el legado de la legendaria revista, por la que pasaron figuras de la talla de Truman Capote o Susan Sontag.

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The New Yorker no es solo una revista: es una educación sentimental. Un modo de leer el mundo con ironía, paciencia y una fe casi militante en la inteligencia del lector.

Que haya cumplido 100 años es un acontecimiento cultural de primer orden. Pocas revistas pueden celebrar un siglo de vida manteniendo —y refinando— una identidad reconocible, influyente y, en muchos sentidos, insobornable.

En un ecosistema mediático marcado por la velocidad, la fragmentación y la obsolescencia, The New Yorker representa la resistencia del pensamiento complejo y de la mirada crítica.

Fundada en 1925 por Harold Ross y Jane Grant, The New Yorker nació con una premisa tan clara como provocadora: no iba dirigida "a la anciana de Dubuque (ciudad de Iowa)". Su lector ideal era urbano, curioso, atento al lenguaje y dispuesto a disfrutar de una coma bien colocada tanto como de una buena broma.

Con motivo de su centenario, Netflix ha estrenado The New Yorker cumple 100 años, dirigido por Marshall Curry y narrado por Julianne Moore, un documental que no se detiene tanto en contar qué es The New Yorker o por qué se ha convertido en un icono cultural, sino en mostrar cómo se fabrica. En concreto, cómo se construye el número más simbólico de toda su historia: el que celebra su centenario.

A lo largo del otoño de 2024, la cámara acompaña al editor David Remnick y al equipo completo de la revista en el proceso —minucioso, obsesivo— de dar forma a ese ejemplar histórico.

Desde la selección de los textos hasta la verificación milimétrica de cada dato; desde la elección de las imágenes hasta una maquetación que no admite fallos. El documental deja claro que levantar un número de The New Yorker es una tarea titánica… y que ese esfuerzo se repite 47 veces al año.

Pero la película no se queda en el presente. De forma natural, entrelaza el seguimiento del número del centenario con un recorrido por el pasado de la revista: sus decisiones clave, sus momentos fundacionales, las personas que han dado forma a su voz.

A través de entrevistas, material de archivo y escenas del trabajo cotidiano, el documental compone un retrato coral que funciona tanto como clase magistral de periodismo como homenaje emocional.

Un siglo de oro

En sus primeros años, The New Yorker se construyó como un reflejo de la modernidad urbana. Nueva York era su personalidad: una ciudad acelerada, irónica, cosmopolita, con hambre cultural. La revista apostó desde el inicio por textos largos, un humor seco y referencias culturales que no se explicaban: si no las entendías, quizá no eran para ti. Y eso, paradójicamente, la volvió irresistible.

En este periodo se fijaron sus grandes señas de identidad: las viñetas sin pie explicativo, la obsesión por el estilo editorial, el rigor gramatical llevado al extremo y las portadas ilustradas como pequeñas obras de arte. El dandi Eustace Tilley, protagonista de la primera portada, se convirtió en icono cultural y en un símbolo de elegancia irónica.

Tras la Segunda Guerra Mundial, The New Yorker dejó de ser solo una revista brillante para convertirse en una institución literaria. Fue el hogar de algunos de los mejores narradores del siglo XX: J.D. Salinger, John Cheever, Shirley Jackson, Eudora Welty o Vladimir Nabokov publicaron en sus páginas relatos que hoy forman parte del canon.

Pero el gran punto de inflexión llegó con Truman Capote y la publicación por entregas de A sangre fría. Aquel gesto redefinió las fronteras entre periodismo y literatura inaugurando el llamado "nuevo periodismo". The New Yorker entendió antes que nadie que contar la realidad con ambición narrativa no era una traición a la verdad, sino una forma más profunda de alcanzarla.

Con el paso de las décadas, The New Yorker amplió su campo de acción sin perder su tono de calidad literaria y rigor intelectual. Se convirtió en uno de los grandes espacios del periodismo de investigación, del ensayo largo y de la crónica minuciosa. Escritores como Joseph Mitchell, Janet Malcolm, Susan Sontag o Joan Didion elevaron la observación cotidiana a categoría moral.

Bajo la dirección editorial de David Remnick desde 1998, The New Yorker ha mantenido y reforzado su reputación como un faro de periodismo en profundidad, crítica literaria de alta calidad y ficción sobresaliente. Su dirección también se ha caracterizado por un compromiso con la cobertura política y el comentario social, especialmente en tiempos de polarización tan alarmantes, sin sacrificar la variación de temas y la inclusión de crítica de arte, ficción y humor característicos de la publicación.

Además, la revista recibió el primer Premio Pulitzer por Servicio Social, gracias a su larga y detallada cobertura de los crímenes y abusos de Harvey Weinstein, bajo su mando.

Una ilustración vale más que mil palabras

Hablar de las portadas de The New Yorker es hablar de una de las tradiciones visuales más influyentes y reconocibles de la cultura contemporánea. Sus cubiertas —a veces editoriales en silencio, a veces poemas gráficos capaces de condensar una época— han funcionado durante décadas como una galería de arte ambulante, accesible y popular, pero nunca simplificada.

Por ellas han pasado algunos de los grandes nombres de la ilustración y el arte gráfico: Saul Steinberg, Charles Addams, Sempé, Milton Glaser, Chris Ware, Kadir Nelson, Adrian Tomine o Malika Favre, entre muchos otros. Cada uno con su estilo, pero todos compartiendo una misma exigencia: decir algo más allá de lo evidente.

Algunas de sus portadas han pasado directamente a la historia cultural por su capacidad de síntesis simbólica. La más célebre quizá sea la publicada tras el 11 de septiembre de 2001: una silueta negra de las Torres Gemelas sobre fondo negro, firmada por Art Spiegelman y Françoise Mouly. Una de las respuestas visuales más elegantes y devastadoras jamás publicadas por un medio de comunicación.

Con el paso del tiempo, sus cubiertas también se han vuelto más explícitamente políticas sin perder sutileza. Han abordado el feminismo, el racismo, la crisis climática, las tensiones de clase, la polarización política o la pandemia con imágenes que invitan a detenerse, pensar y —a veces— incomodarse.

Vista en conjunto, funciona como un archivo visual del último siglo que no solo documenta hechos históricos, sino cómo se ha sentido vivir en cada época.

Y cien años después, The New Yorker sigue siendo algo más grande que todo su legado: es una manera de estar en el mundo. Un recordatorio de que pensar requiere tiempo, que escribir bien es un acto político y que el humor puede ser una de las formas más sofisticadas de inteligencia.