Txani Rodríguez. Foto: Aimar Gutierrez

Txani Rodríguez. Foto: Aimar Gutierrez

Letras

Txani Rodríguez: "Vamos al campo a dar lecciones de comportamiento que luego no tenemos nosotros"

La escritora publica 'La seca', una novela sobre el impacto medioambiental en las zonas rurales con un fondo de dilemas morales e íntimas relaciones de familia.

22 enero, 2024 02:23

Txani Rodríguez (Llodio, 1977) nació en el País Vasco, pero nunca se ha desvinculado de sus raíces andaluzas. Ganadora del Premio Euskadi de Literatura en 2021 con Los últimos románticos (Seix Barral, 2020), novela que tendrá una adaptación a la gran pantalla gracias a David Pérez Sañudo y Marina Parés (Goya al mejor guion adaptado por la película Ane en 2021), la autora se ha desplazado hasta el pueblo gaditano de su familia, ubicado en el Campo de Gibraltar, para situar una historia de ficción con numerosas referencias autobiográficas que atañe al oficio de los corcheros.

La seca, el título de la obra publicada también en Seix Barral, remite al nombre de una enfermedad que afecta a los alcornoques que pueblan El Parque Natural de Los Alcornocales, espacio en el que se emplaza su pueblo. “Una vez que la corteza se pega al árbol debido a la sequía, ya no se puede extraer el corcho, por lo que la campaña se acorta”, explica la autora a El Cultural. La escritora, periodista y guionista construye, desde este punto de partida, un conflicto que implica al forastero, que pretende conservar el medio natural, y al autóctono, cuya visión sobre el futuro del oficio de corchero se ha vuelto tan escéptica que empieza a buscar nuevas salidas.

Es una encrucijada moral a propósito del impacto que tendría sobre el entorno una plantación de aguacates la que hace estallar la trama de la novela. La autora, que ya había mostrado su predilección por las atmósferas rurales en Si quieres, puedes quedarte aquí (Tres Hermanas, 2016), se luce con una escritura sensorial de la que se deprende el olor, la temperatura... Las minuciosas descripciones del espacio y del instante, enriquecidas con el peso de un lenguaje no tan sofisticado como preciso, se suman a la interesantísima relación que construye entre la protagonista, Nuria, y su madre.

[El canto a la vida de Txani Rodríguez]

Pregunta. ¿Cómo se le revela esta historia, en la que intuimos un poso autobiográfico?

Respuesta. La verdad es que ya no lo voy a poder negar, porque esta vez hay demasiadas coincidencias (risas). El punto de partida es autobiográfico, sí. El pueblo en el que transcurre la novela es donde yo paso los veranos y de donde proviene la familia de mi madre. Como Nuria, yo soy hija única, también me falta mi padre, me ha tocado cuidar de mi madre y ese viaje al pueblo del que se habla en la novela yo lo he hecho. Pero ya está, esas son las coincidencias. A partir de este momento he empezado a ficcionar, por más que hay sentimientos que yo misma he experimentado.

»Por ejemplo, me interesaba la sensación de convertirte en madre de tu madre, de sobrepreocuparte… Es que yo le digo cosas a mi madre que me decía ella a mí cuando era joven y no me gustaba. Es un cambio de rol que parece repentino, o yo al menos lo he vivido así. Sí está esa preocupación que compartimos. Además, esos espacios (el Parque Natural, el pueblo…) los conozco de primera mano. Y mi abuelo fue corchero, mi padre también durante un tiempo, mis tíos, mis primos… Es una familia que está muy vinculada al oficio que a mí me ha llamado siempre la atención porque tiene una estética muy potente.

P. En sus tres últimas novelas hay una protagonista femenina. ¿Son todas ellas un trasunto suyo? Si no es así, ¿qué suele prestarles?

R. Supongo que todas ellas tienen mucho de mí, aunque sean muy distintas entre ellas. En realidad, me cuesta extranjerizarme para verlo. Hay un elemento que sí está claro y es la soledad. Esto es muy importante para mí porque yo tengo mucho miedo a la soledad. Escribo con ese miedo, así que supongo que es muy difícil contenerlo y que no salte a las páginas de mis novelas, por mucho que sean ficción.

P. En realidad, sus personajes siempre se ven cercados por una amenaza difícil de concretar. ¿Hay una voluntad de consignar esa indeterminación o es que ni siquiera usted misma sabría darle contorno?

R. Es verdad. Yo creo que ni siquiera ellas saben lo que les pasa y mucho menos lo que tienen que hacer. En cierto modo, estas novelas son también viajes de personas en busca de algún tipo de solución para sus vidas: encontrar su lugar, algún tipo de serenidad o simplemente algo de libertad. Y claro, para empezar un camino primero tienes que saber dónde estás. A veces nos cuesta mucho identificar nuestros padeceres: estamos mal y ni siquiera sabemos por qué. Como autora que da forma a sus personajes, yo sí veo que está rabiosa, frustrada o ansiosa, pero ella no.

P. ¿Pretendía saldar una deuda con su madre? ¿Cómo se le revela esa relación tan interesante entre Nuria, la protagonista, y Matilde?

R. Creo que esto no lo había dicho nunca, pero yo quería expresar cómo cuesta dejar que se aleje la gente que quieres. El viaje de Nuria es curioso. Está agobiada porque cree que su madre depende de ella, pero de pronto hace algo que no se espera y cambian los roles. Ella se queda fuera de lugar y se empieza a preguntar quién depende de quién en realidad.

P. La superstición tiene en esta novela un poso inquietante. ¿En qué radica su interés para que se haya convertido en un vector narrativo determinante en la literatura rural?

R. La superstición está muy arraigada a la cultura andaluza. La historia de los niños es, efectivamente, lo más inquietante. Me ha gustado mucho trabajar con este elemento, aunque lo consideré porque en realidad era un riesgo. Pero cuando pensaba en esta novela, me acordé de lo bien que me han contado a mí las historias de miedo. Creo que en Andalucía se cuenta muy bien en general. Me gusta decir que chisporrotean con la oralidad. Es, de alguna forma, un homenaje al miedo gozoso que he pasado.

»Mi propuesta era plantearlo como un juego. Los niños simbolizan algo que da miedo y yo me pregunto: qué puede darnos más miedo que nuestra propia maldad o qué pasa si nos damos cuenta de que albergamos deseos de venganza. ¿Y si esos niños sustancian nuestra maldad, son un reflejo de ella? Respecto a la vinculación con lo rural, yo creo que estas historias se cuentan en todos los sitios. No creo que sea solo en los pueblos, ¿no? O sea, surgió de manera espontánea, no pretendí relacionarlo con un espacio.

"Quiero que el paisaje se mantenga, pero también quiero que la gente que vive allí pueda seguir haciéndolo"

P. Y más allá de esas influencias de la comunicación oral a través de la gente de Andalucía, ¿señalaría algunas lecturas como posibles referencias?

R. Yo he leído terror y me gusta el género, pero en este caso ha surgido de la evocación del pueblo: la luz, el río, el calor, los alcornoques, la noche… Y en la noche, el miedo.

P. ¿Pero encuentra afinidades con autores de su generación que crea que hayan podido marcar su escritura?

R. Leo bastante y creo que todo impregna. Dirás que no tiene mucho que ver, pero me gustó mucho la manera en la que reflejaba la naturaleza Lorena Salazar en Esta herida llena de peces. Somos distintas, pero me gustaron sus descripciones, la voluptuosidad de lo que nos estaba contando… También me ha gustado cómo trata la naturaleza Elvira Lindo en En la boca del lobo.

P. En Si quieres, puedes quedarte aquí, los animales eran una amenaza pero también se veían amenazados. Aquí ocurre lo mismo con la naturaleza. Digamos que todo lo vivo le atañe de un modo especial, por no hablar de lo humano.

R. Sin duda. Además, si miro hacia atrás compruebo que en los cuentos infantiles que escribí ya estaba muy presente la naturaleza, los animales… Y en este libro el alcornoque es un personaje más. Quiero saber su pasado, su presente, su futuro, su enfermedad, si lo cuidan, si lo atacan… Lo veo con muchísima claridad: tiene tratamiento de personaje.

P. Gabi Martínez, también un autor que se ocupa de la naturaleza y, por cierto, publica en Seix Barral, cree que los escritores podrían haber hecho mucho más por denunciar el cambio climático. ¿Usted también considera que es algo así como un deber moral?

R. A mí esto me da muchísimo pudor. No estoy en esa situación de decir a un escritor sobre lo que debe escribir cuando es algo tan personal. Además, creo que debe ser un interés muy genuino, nunca porque haya cierta oportunidad. A mí es que me afecta mucho, me altera el ánimo, me da mucha tristeza y también mucha rabia por el hecho de no comprenderlo, tener la sensación de que llego tarde a los cambios, no saber a quién hay que preguntar para encontrar respuestas… O sea, en mi caso convergen las preocupaciones como persona y como escritora, pero no tendría por qué. 

"No son tantas las películas que se hacen sobre el medio ambiente. Lo ideal sería que hubiera más"

»De todos modos, creo que hay que moderar un poco el tono de los discursos. Es como cuando se habla del enfrentamiento entre la ciudad y el campo. ¿Pero qué es el campo? Porque aquí hay muchos intereses cruzados y contrapuestos. En fin, que también vamos allí a dar lecciones de comportamiento que luego no tenemos nosotros. Personalmente, yo aplaudo todos esos libros que denuncian ciertas situaciones relacionadas con el medio ambiente. Cuando salen cuatro pelis del sector primario, lo venden como si fuera muchísimo. A mí, sin embargo, me parecen pocas. Lo ideal sería que hubiera más.

P. A propósito, es inevitable relacionar la interesante paradoja que usted plantea en su novela con la película As bestas: en ambas obras son los forasteros, en lugar de los lugareños, los más interesados en preservar el entorno…

R. Es que hay gente que no le duelen prendas llevar a cabo, por ejemplo, una plantación de aguacates. En Málaga ha prosperado muchísimo este tipo de cultivos, a pesar de que no hay agua suficiente. De hecho, ha habido operaciones de la Guardia Civil con detenciones. La verdad es que yo no comprendo cómo se hacen políticas tan cortoplacistas que permiten esto. Pero claro, lo plantan en su tierra y, en realidad, pueden hacerlo. Entonces, ¿desde dónde le decimos a esta gente que nosotros queremos conservar el paisaje? También hay matices: está la gente del pueblo que sí quiere conservarlo, igual que habrá gente en la ciudad a la que le parezca estupendo que haya aguacates. De hecho, en la ciudad nos parece estupendo comérnoslos.

»A mí me ha encantado esa peli, pero el planteamiento no es el mismo. As bestas es muy dura con el paisaje que retrata y este libro es una canción de amor a esa zona. Es verdad que ha habido un momento de idealización de los pueblos que a mí no convencía, pero yo creo que tendría que ser algo intermedio. Yo quiero que el paisaje se mantenga, pero también quiero que la gente que vive allí pueda seguir viviendo, y no van a vivir del aire.

"Soy muy militante de mi propia literatura, a la que soy absolutamente leal"

P. La contraposición geográfica (el extremo norte, Bilbao, y el extremo sur, Cádiz) de la que se hace eco en su novela nos lleva a pensar, quizás de un modo un tanto lateral, en las literaturas periféricas. En el reportaje sobre narradoras vascas publicado en esta revista me hablaba de su “militancia” en la defensa de las lenguas minoritarias. ¿Diría que las instituciones —pienso, sobre todo, en la designación de los últimos premios nacionales— se están desmarcando del centralismo en la cultura para reconocer, al fin, lo periférico?

R. Así es, sí, y lo celebro. Además, se han puesto en marcha programas como Afinidades Electivas [iniciativa del Ministerio de Cultura], que consiste en encuentros con dos ponentes y uno de los dos tiene que saber una lengua oficial que no sea castellano.

»Yo estudié en euskera en la escuela pública y era una promoción en la que no se apuntaba tanta gente. A mi padre le llegaron a decir que no iba a saber hablar castellano, y en realidad hablaba euskera con acento andaluz (risas). En euskera he escrito cuentos para un público infantil y columnas para el periódico El Correo, pero creo que mi nivel de perforación en el lenguaje alcanza un grado mayor de profundidad con el castellano. Y de la que soy muy militante es de mi propia literatura, a la que soy absolutamente leal. Eso sí que no lo pienso sacrificar.

[Las narradoras vascas, en la cima de la ficción]

P. Es, por tanto, una decisión más literaria que personal o política.

R. Sí, sí. Y también es natural. Quiero decir que tampoco le he dado tantas vueltas, nunca ha supuesto para mí un quebradero de cabeza. Simplemente me gusta más cómo digo las cosas en lengua castellana. De todos modos, como escribir es algo que viene desde tan dentro pienso que al final es la lengua materna la que resuena.

P. ¿Ha participado de algún modo en el proceso de adaptación al cine de Los últimos románticos? ¿Cómo lo está viviendo?

R. Estoy fuera del proyecto, pero al mismo tiempo estoy muy comunicada con el equipo. Por ejemplo, cuando vienen a Llodio a buscar localizaciones —el rodaje arranca el 5 de febrero— me llaman para comer. La verdad es que no surgió la colaboración, pero tampoco hubiera aceptado participar en el proyecto porque hubiera significado ir demasiado tiempo de la mano de esa novela. Tampoco he querido leer el guion, solo quiero ir al cine y verla. Estoy muy tranquila porque creo que van a reflejar muy bien el espíritu.