Letras

Boris Vian, cien años de irreverencia

Novelista, poeta y músico de jazz, la vida de este genio dejó una gran huella en Francia

9 marzo, 2020 02:58

Desde sus primeros pasos creativos, Boris Vian es un transgresor que evoluciona con rapidez. También suceden en corto tiempo la ascensión y caída económica de su familia. Su bisabuelo, hijo de zapatero, y su abuelo comercian con el bronce. El abuelo paterno fabrica cancelas, decora un palacio, se casa con una rica heredera. El matrimonio vive en un hotel y en un castillo. El padre adinerado de Vian carece de profesión cuando contrae matrimonio con una pianista y arpista acaudalada. El entusiasmo musical de Yvonne, madre del futuro escritor, determina el nombre de su segundo hijo. La ópera Boris Godunov, de Musorgski, basada en un drama de Pushkin, es la inspiradora. Vian y sus tres hermanos disfrutan de una infancia lujosa, pero sus comodidades y sirvientes desaparecen durante la crisis financiera de 1929. El padre ha de ganarse el sustento como traductor, agente inmobiliario, representante de un laboratorio de homeopatía. La vivienda principal es alquilada a la familia del violinista neoyorquino Yehudi Menuhin. Boris Vian conoce una sombra más poderosa: tiene sólo doce años cuando sufre una cardiopatía causada por una fiebre reumática. La enfermedad estimula sus capacidades de creador. Sometido a una salud frágil, es un artista amenazado que trabaja con apremio.

Ingenio con tres sombras

Antes de conseguir el diploma de ingeniero, Boris Vian juega con las palabras y la música. Para él, los frutos de la lucidez deben ser lúdicos. Inventa instrumentos musicales risibles y toca la trompeta en un club de jazz presidido por Louis Armstrong. A todos los proyectos les asigna cierto grado de crítica y ligereza. El dixieland, las explicaciones con alejandrinos de sus textos universitarios y la composición de canciones lujuriosas son tres de sus fiestas preferidas. Responde con ironía inocente a los profesores. Como detesta el sectarismo, su irreverencia no está ralentizada por la solemnidad de los dogmas. Un hermano acordeonista y otro baterista lo acompañan en las juergas nocturnas de París. Después, en la resaca diurna, la mala salud se alía con una sombra moral: el remordimiento de no haberse opuesto a la ocupación nazi de Francia. Lo deja escrito sin tapujos. Llega la tercera sombra: el padre muere asesinado. Acuciado por esta triple carga oscura, Boris Vian, ya con dos hijos, aumenta su ritmo productivo. La esposa, Michelle Leglise, aficionada a los retruécanos, y Raymond Queneau son sus principales colaboradores. Los primeros libros que publica (Cien sonetos y la novela Vercoquin y el plancton) reciben un eco reducido aunque favorable. Les sigue un escándalo. La novela negra Escupiré sobre vuestras tumbas, firmada con el seudónimo de Verson Sullivan, enfurece a censores, reseñistas, políticos. Multa y controversias a cambio de fama. En 1946, las autoridades francesas no toleran la libertad que pregonan en sus discursos.

¿Qué queda del arte de vian en la francia de hoy? varias generaciones cantan las canciones de un provocador bondadoso

Los méritos de otra novela, La espuma de los días, son celebrados por un número creciente de lectores. Es la época en que Boris Vian intenta alejarse de los abismos psicológicos multiplicando la actividad. Usa hasta una cuarentena de heterónimos. Redacta piezas de teatro y guiones, crea anagramas, participa en las revistas de sus amigos Albert Camus y Jean-Paul Sartre, toca la trompeta en los clubes del Barrio Latino. El padrino de su hija se llama Duke Ellington y el escritor se fotografía con dos músicos enamorados: Miles Davis y Juliette Gréco. La incomodidad que causan las nuevas obras de Verson Sullivan (Todos los muertos tienen la misma piel, Que se mueran los feos, Ellas no se dan cuenta) forma parte de la desobediencia festiva de Vian. Los cuentos de El Lobo-Hombre y la novela La hierba roja lo dejan satisfecho. Vian añade un tono libertario al existencialismo fúnebre.

Morir sin un sol furioso

No son agradables las premuras de la última década del creador. Agobiado por las deudas, la incomprensión es la mayor penuria que sufre. Su segunda esposa, Ursula Kübler, las risas en el grupo OuLiPo y en el Colegio de Patafísica y el trabajo de director de la discográfica Philips atenúan las angustias del artista. Vian predice, con visiones poéticas, su final: “Me moriré cuando despeguen / mis párpados bajo un sol furioso”. Se imagina “con las manos atadas bajo una catarata”. O “cosido en un saco con hojas de afeitar”. Pero muere, con sólo treinta y nueve años, mientras contempla la versión cinematográfica de su Escupiré sobre vuestras tumbas.

Pasado el tiempo, ¿qué queda del arte de Boris Vian en la Francia de hoy? Varias generaciones cantan de memoria las canciones de un provocador bondadoso.
Los himnos cáusticos se titulan El desertor, Los carniceros felices, La java de las bombas atómicas, Soy esnob. Se reeditan sus libros. Los estudiantes sonríen analizando las bromas lúcidas de un clásico.

Me moriré de un cáncer de esqueleto

Me moriré de un cáncer de esqueleto, seguro

será una tarde horrenda

clara, templada, perfumada, sensual

moriré de una extraña podredumbre

de ciertas células muy poco estudiadas

de una pierna arrancada por la rata gigante

de un agujero negro

moriré de un sinfín de pequeñas cortaduras

o porque el cielo se me habrá caído encima

roto como un gran vidrio

moriré de un grito de alarma

que me reventará el tímpano

de heridas sordas moriré, si no

infligidas a las dos o las tres de la mañana

por asesinos calvos e indecisos

sin darme cuenta moriré

de que me muero, moriré

bajo los restos secos del derrumbamiento

de una torre de mil metros de algodo´n

o ahogado en un cambio de aceite de motor

pisoteado por monstruos indiferentes

y después por otros monstruos diferentes

y moriré desnudo, o vestido de púrpura

o cosido en un saco con hojas de afeitar

acaso muera despreocupadamente

pintándome las uñas de los pies

y con lágrimas a manos llenas, oh

sí, con lágrimas a manos llenas

me moriré cuando despeguen

mis párpados bajo un sol furioso

cuando a mi oído murmuren lentamente

las peores maldades

me moriré de ver torturar a los niños

y a hombres lívidos que miran boquiabiertos

roído vivo moriré, hasta el hueso

por gusanos en fila como versos

con las manos atadas bajo una catarata

en un triste incendio acabaré abrasado

me moriré un poco, quizá mucho

sin apasionamiento, pero con interés

y, finalmente, cuando todo acabe

me moriré

(Traducido por Santiago Auserón para el libro No me gustaría palmarla, editado por Demipage)