Image: Lusitania

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Letras

Lusitania

Erik Larson

27 marzo, 2015 01:00

Traducción de Ana Herrera Ferrer. Ariel, 2015. 450 páginas. 21'90 €. Ebook: 10'99€

Un día de hace siete años, mientras realizaba un encargo para la revista, me encontré a mí mismo en un barco frente a las costas de Irlanda, balanceándome en el mar oscuro y agitado a 90 metros por encima de los vestigios durmientes del Lusitania. Un grupo de buceadores aficionados regresaba triunfante a la superficie. Cuando los jubilosos exploradores, miembros de una expedición arqueológica submarina autorizada por el Gobierno irlandés, subieron a bordo, traían con ellos un fragmento de historia: un recipiente de plástico que contenía un puñado de balas de fusil encontradas entre los restos desdibujados por el plancton. Los proyectiles estaban hechos en Estados Unidos, y los británicos los habían comprado para matar alemanes durante la Segunda Guerra Mundial. Uno de los buceadores retiró la tapa, y las corroídas municiones entraron en contacto con el aire libre por primera vez en 93 años. "¡Allí abajo hay miles de cajas de balas!", exclamó otro irlandés. "¡No hay más que cogerlas!". Pero entonces se ensombreció. A pesar de que ya había buceado docenas de veces entre los restos del barco hundido, la expresión de su rostro era la de un hombre espantado. "Siempre será un sitio siniestro, sobrecogedor", me dijo. "Allí abajo vagan muchas almas".

En la historia hay pocos casos más inquietantes, más enmarañados con investigaciones laberínticas o más cargados de secretos tóxicos que el del último viaje del Lusitania, una de las grandes tragedias de los anales de la navegación. Es el otro Titanic, la crónica de una nave poderosa hundida no por la majestad de la naturaleza, sino por la crueldad del ser humano. El 7 de mayo de 1915, cuando realizaba una travesía de Nueva York a Liverpool, el gigantesco transatlántico de la naviera Cunard con cuatro chimeneas y 240 metros de eslora, se topó con el submarino alemán U-20 a unas 11 millas de la costa de Irlanda. El capitán del sumergible, Walther Schwieger, descubrió con satisfacción que el vapor de pasajeros no llevaba escolta. Siguiendo la nueva política de guerra irrestricta de su Gobierno, Schwieger disparó un único torpedo contra su casco. Menos de un minuto después siguió la sacudida de una segunda explosión procedente de algún profundo lugar de las entrañas de la nave, y esta se escoró precariamente a estribor.

El Lusitania se hundió en tan solo 18 minutos. Casi 1.200 personas, incluidos 128 estadounidenses, murieron con él. Entre las víctimas se encontraban el millonario Alfred Vanderbilt, el empresario de Broadway Charles Frohman, y el conocido coleccionista de arte Hugh Lane, que, según se cree, llevaba varios tubos de plomo sellados que contenían pinturas de Rembrandt y Monet.

El mundo se indignó cuando supo que la guerra había dado ese giro diabólico; que, ahora, atacar a un transatlántico lleno de civiles inocentes se consideraba jugar limpio. El hundimiento puso a la opinión pública estadounidense en contra de los alemanes hubo quien lo consideró una prueba de la incorregible perfidia de los "piratas teutones"? y se convirtió en un grito de guerra cuando Estados Unidos entró por fin en el conflicto bélico en 1917.

Incógnitas inquietantes

¿Por qué de repente se llamó de vuelta a puerto a un crucero enviado a rescatar a las víctimas del Lusitania en peligro de muerte?"

No obstante, en los años que siguieron, el caso del Lusitania seguía rodeado de incógnitas inquietantes, que contribuyeron a que persistiese la sospecha de que, en cierto modo, se había dejado que el barco navegase hacia una trampa (o, como mínimo, que se habían ocultado diligentemente importantes aspectos del suceso). ¿Por qué el Almirantazgo británico no le había proporcionado escolta militar? ¿Cuál fue la causa de la catastrófica segunda explosión? ¿Por qué de repente se llamó de vuelta a puerto a un crucero enviado a rescatar a las víctimas del Lusitania en peligro de muerte? ¿Y qué pasó con Winston Churchill ?por entonces primer lord del Almirantazgo?, quien, unos días antes del naufragio, había abandonado oportunamente Gran Bretaña para dirigirse a Francia? ¿Qué sabía él, y cuándo lo supo?

Poco antes del desastre, Churchill había escrito en una carta confidencial que era "de la máxima importancia atraer barcos neutrales a nuestras costas, sobre todo con la esperanza de que Estados Unidos se indisponga con Alemania". Más tarde, poco menos que celebraba el hundimiento como una gran victoria aliada, diciendo que "Las pobres criaturas que han perecido en el océano han asestado al poder alemán un golpe más letal de lo que podría haber conseguido el sacrificio de cien mil combatientes".

Los alemanes, por su parte, argüían -con razón- que los británicos llevaban mucho tiempo utilizando transatlánticos como el Lusitania para trasladar tropas, armamento y artillería del supuestamente neutral Estados Unidos a una Gran Bretaña debilitada por la guerra. Efectivamente, se sabía que el día fatídico el buque transportaba toneladas de material de guerra (entre otras cosas, cuatro millones de cartuchos, algunas muestras de los cuales fueron descubiertas por los buceadores irlandeses hace siete años). A Schwieger, el capitán del submarino, le asombró que un solo torpedo hubiese hundido una nave tan enorme, y que lo hubiese hecho tan rápidamente. No obstante, desde su periscopio advirtió una segunda explosión, aparentemente la misma que también sintió y oyó gran parte del pasaje a bordo del barco. A lo largo de los años, se ha sostenido con frecuencia que esa segunda explosión fue provocada muy probablemente por los depósitos secretos de explosivos (como polvo de aluminio o algodón pólvora) que estallaron dentro de la bodega del barco.

Esta inquietante cuestión de la segunda explosión es uno de los muchos enigmas del Lusitania que perduran hasta hoy. Y ahora que el centenario de la pérdida de la nave está a la vuelta de la esquina, parece que el asunto está maduro para una interpretación nueva y original.

Erik Larson es uno de los maestros modernos de la narrativa popular de no ficción. Libro tras libro, ha demostrado ser un experto en rescatar extrañas y maravillosas historias góticas de las tinieblas del pasado. Es al mismo tiempo un periodista rico en recursos y un sutil cultivador del estilo, un entendido en el difícil arte de dar a múltiples hilos narrativos la forma de un agradable relato como si fuese un Eduardo Manostijeras. Pocas obras de no ficción han empleado esta técnica mejor que su éxito de ventas El diablo en la ciudad blanca. En él relata la espeluznante historia de un asesino en serie al acecho en los márgenes de la exposición universal de Chicago de 1893, en una narración a contrapunto de depravación y sofisticación, maldad y belleza, de la presa y el cazador.

Por lo tanto, Erik Larson y el naufragio del Lusitania resultan un binomio ideal. El poderoso transatlántico era el paradigma de la civilización; grande y veloz, fuerte y elegante, equipado con toda suerte de novedades: una Ciudad Blanca en alta mar. Y quien le dio caza fue la más taimada y furtiva máquina de las profundidades, un sociópata marítimo con un ansia insaciable de enviar cargamentos al fondo.

La magia de Larson

Los pasajes relativos al submarino se van perfilando con un ímpetu neto y endiablado."

Por lo que respecta al sociópata, en Lusitania Larson hace una amplia demostración de su magia. Los pasajes relativos al submarino se van perfilando con un ímpetu neto y endiablado. Son fragmentos tan logrados que el lector apenas percibe la considerable investigación a la que se entregó el autor. Quizá sea perverso admitirlo, pero a lo largo de gran parte del libro me di cuenta de que simpatizaba con la tripulación del submarino alemán, que me compadecía de su soledad y su claustrofobia, de sus descabelladas inmersiones y otras maniobras cuando avanzaban a tientas en la oscuridad, con los peligros colándose desde todas partes. El submarino apestaba como una pocilga. Tenía, describe el autor, el "hedor primario de tres docenas de hombres que nunca tomaban un baño, llevaban ropas de cuero que no transpiraban y compartían un pequeño retrete. De vez en cuando, el escusado inundaba la embarcación con el olor de un hospital para enfermos de cólera, y solo se podía tirar de la cadena cuando estaban en la superficie o en aguas poco profundas, para evitar que la presión del mar devolviese la materia al interior".

Aunque parece que el capitán Schwieger sentía escasa compasión por sus víctimas humanas, tenía debilidad por los perros, y en un momento dado el U-20 llevó seis de estos animales a bordo. Larson lo retrata como un depredador no tanto malvado como agresivo y amoral, con pleno dominio sobre su nave; el aceptable jefe de unos hombres que cumplían con su tarea indefectiblemente bien trabajando en condiciones poco menos que imposibles. La visión desde el periscopio, dice Larson, era "mezquina en el mejor de los casos. El capitán solo recibía un breve atisbo del tamaño de un plato del mundo a su alrededor, durante el cual tenía que tomar decisiones acerca del tipo de barco, su nacionalidad, si iba armado o no, y si los distintivos que llevaba era auténticos o falsos. Y si decidía atacar, él era el único responsable, como quien aprieta el gatillo de un arma, pero sin tener que ver u oír el resultado. Todo lo que oyó fue el sonido del torpedo al estallar tal como se transmitió a través del mar. Si optó por contemplar cómo se desarrollaba la tragedia, lo único que vio fue un universo mudo de fuego y terror".

Lo que hace aún más inquietante la historia de las continuas depredaciones de Schwieger es que, aparentemente, el Almirantazgo británico conocía bien su paradero en los días que precedieron al hundimiento, y, sin embargo, no hizo nada. Los especialistas en criptografía que trabajaban en la Sala 40 del Almirantazgo interceptaban regularmente las transmisiones del capitán y seguían de cerca sus movimientos alrededor de las islas británicas. "Fue un episodio extraño en la historia de la guerra naval", escribe Larson. "La Sala 40 sabía que un submarino se dirigía hacia el sur en dirección a Liverpool; conocía su historia, sabía que en ese momento estaba en algún lugar del Atlántico norte con la orden de hundir los transportes de tropas y cualquier otra nave británica con la que se topase; y sabía también que el submarino iba armado con proyectiles y torpedos suficientes para hacer naufragar una docena de barcos. Era como saber que determinado asesino andaba suelto por las calles de Londres armado con un arma en particular, y que era seguro que atacaría un determinado barrio en los próximos días. Lo único que no se sabía era exactamente cuándo".

Sin embargo, los pasajes de Larson referentes a las personas que iban a bordo del Lusitania son menos sugestivos. Quizá tenga algo que ver el hecho de que el autor estaba escribiendo el libro más o menos en la época de la reciente orgía mediática que rodeó el centenario de la catástrofe del Titanic, pero en algunos puntos se diría que el vapor y sus pasajeros eduardianos le aburrían. Así, se nos agasaja con la habitual nómina de vestimentas y efectos personales, y con las obligatorias discusiones acerca del estilo de los sombreros. Cuando el Lusitania realiza su última travesía transatlántica, el lenguaje de Larson pierde fuerza. "Empezó a instalarse el tedio habitual a bordo", describe. Había "libros, y puros, y buena comida; por la tarde, el té. ... De vez en cuando, en la distancia aparecía un barco". Los pasajeros "bebían y fumaban, ambas cosas en abundancia".

Larson pinta un retrato matizado y empático de William Thomas Turner, el capitán del Lusitania víctima del destino, pero rara vez se detiene con ningún otro personaje lo suficiente como para establecer una conexión duradera. Cuando el torpedo da en el blanco, el lector apenas tiene sensación de suspense, y le inquieta poco quién vivirá y quién morirá. Hay que decir que en los últimos instantes previos al impacto, se encuentran toques magistrales al estilo del autor: contraposición entrecortada de escenas, nítidos retratos del espíritu de la época, entrelazamiento de sosiego y excitación. Pero, después de la explosión del torpedo, la narración rara vez vuelve a ganar tirón emocional. Podía ver cómo se desarrollaba el desastre; en cambio, no podía sentirlo.

En una ocasión, Larson dijo en una entrevista: "Mi objetivo no es necesariamente informar. Mi objetivo es crear una experiencia histórica con mis libros. Mi sueño, mi ideal, es que alguien elija uno de mis libros, empiece a leerlo, se permita sumergirse en el pasado, y luego lo lea de un tirón; y que al final emerja sintiéndose como si hubiese vivido totalmente en otro mundo".

Si el principal objetivo de Larson es crear "una experiencia", entonces Lusitania es básicamente un éxito. Contiene enérgicas apariciones estelares de Churchill y Woodrow Wilson, frenesíes desesperados de telegramas y mensajes inalámbricos, y rápidos fogonazos de Londres y Berlín. Son pasajes con una energía chispeante y propulsora de la que carecen en gran medida la mayoría de libros sobre el transatlántico, escritos a menudo por amantes de los desastres y aficionados al retrofuturismo.

Pero, desde el punto de vista de la erudición y la tragedia humana, en el libro no abundan las novedades. Los lectores del definitivo (aunque en ocasiones soporífero) Lusitania: An Epic Tragedy, de Diana Preston, (publicado en 2002), encontrarán pocas evidencias o revelaciones nuevas. El autor tiene en su haber su negativa a descender a los numerosos laberintos de conspiración y argumentaciones esotéricas en los que se podría haber empantanado la narración. Pero da la impresión de sentir curiosamente poca curiosidad por la segunda explosión, que continúa siendo el único gran misterio del rápido naufragio y la causa definitiva de la terrible matanza. En un breve resumen, dedica menos de una página al asunto, y acto seguido afirma bruscamente, basándose en escasas evidencias, que fue causada por la rotura de la principal conducción de vapor del buque.

Los aniversarios, incluso los importantes, rara vez proporcionan un motivo convincente para escribir un libro, y a veces, las páginas de Larson revelan el apresuramiento de un escritor que se esfuerza por cumplir un plazo acuciante. Si bien Lusitania no es una gran obra (considerando lo que es habitual en Larson), sí que es un libro entretenido sobre un gran tema, y será una importante contribución a que este acontecimiento traumático tenga eco en las nuevas generaciones de lectores. Un siglo después, el Lusitania sigue siendo un tema sobrecogedor, del mismo modo que sus restos sumergidos siguen siendo un lugar escalofriante, un reino oscuro, repleto de secretos y almas en pena.