Quico Rivas. Foto: Archivo

Quico Rivas. Foto: Archivo

Letras

'Lo que dura una canción': aquella Sevilla psicodélica, transgresora y libérrima en la que todo parecía posible

Fran G. Matute rescata una novela inédita de Quico Rivas, un retrato de una generación de soñadores mecidos por la música y las drogas en los años 60.

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Pensador, poeta, activista político, crítico de arte y experto en traspasar líneas rojas y convenciones, pocas figuras marcaron tan profundamente la contracultura andaluza y española de finales del siglo pasado como Quico Rivas (Cuenca, 1953 - Ronda, 2008). Aunque hay quien lo considera un secundario de lujo, nada opaca la brillantez de sus propuestas, su ingenio y su audacia.

Lo que dura una canción

Quico Rivas

Colectivo Bruxista, 2026
164 páginas. 18,50 €

Afortunadamente, mientras otros compañeros de aventuras y movidas caían en el olvido o se rendían a la más descarada comercialidad o intrascendencia, Rivas encontró en Fran G. Matute (Mérida, 1977) un investigador/paladín capaz de bucear en su vida y sus obras con apasionamiento y rigor, como muestran sus imprescindibles Esta vez venimos a golpear (Sílex, 2022) y A Quico Rivas: Por una revolución de la vida cotidiana (Athenaica, 2024).

Cargado, pues, de una curiosa mezcla de devoción y saber, Matute es el responsable de la edición y del prólogo de Lo que dura una canción, novela inédita de Rivas. Estos textos de presentación, a menudo, están llenos de lugares comunes, y pecan de levedad o de pedantería. El de Matute, en cambio, acierta plenamente al poner en suerte esta novela escrita en 1980.

Así, nos cuenta que el propio Rivas anunció al poeta Jacobo Cortines, editor de la revista Separata, que había terminado una pequeña novela, de unos doscientos folios, pero que no acababa de gustarle y prefería dejarla reposar en un cajón. A Juan Manuel Bonet, compañero de correrías, también le explicó que Lo que dura una canción dormía "el sueño de los prematuros" y que prefería seguir almacenando ideas.

Matute además nos desvela quiénes se ocultan bajo los personajes de la obra, si bien muchos resultan la suma de varios que "existen, existieron o pudieron existir" en aquella Sevilla psicodélica, transgresora y libérrima de finales de los años 60 en la que todo parecía posible.

Por oscuro que parezca, el relato está tamizado por el humor, la perplejidad y el desencanto. El resultado es una lectura más que recomendable

Escrita en primera persona, la novela arranca en Madrid una noche en la que el narrador, trasunto del propio Rivas (se llama Quico y también nació en 1953) va a un tugurio a escuchar a Carlos Pinball, el cantante del imaginario grupo Pinball, del que nuestro protagonista fue su mayor fan. Su voz, sus ajustadísimos pantalones, sus canciones, actúan como una suerte de magdalena proustiana que lleva a Quico a recordar su agitada juventud desde un inevitable desencanto tiznado de humor.

Retrato biográfico de toda una generación de soñadores mecidos (y agotados) por la música y las drogas, por la novela se asoman las primeras tribus urbanas sevillanas (los Cuervos y Las Mancuernas), las primeras bandas renovadoras (los Smash, los Gong...), los primeros experimentos con el LSD, pero también la vida en torrentera y a granel, los amores iniciáticos imposibles, las primeras tropelías y los primeros desengaños.

Que al final uno de los mejores personajes del relato termine convertido en predicador evangelista tras una y mil desventuras solo demuestra la asombrosa fidelidad a lo vivido por ese cronista de lo imposible que fue Quico Rivas.

Si además lo narrado, por oscuro que parezca, está tamizado por el humor, la perplejidad y el desencanto, el resultado es este relato de lectura más que recomendable. Mención especial merece la lista de canciones que el libro incluye, de Jimi Hendrix a los Gong, de Triana a Lole y Manuel.