Image: Cartas a mi hija

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Letras

Cartas a mi hija

El Cultural
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F. Scott, Zelda y la hija de ambos Frances "Scottie" Fitzgerald.

Alpha Decay publica la correspondencia de F. Scott Fitzgerald con su hija Scottie

A mediados de los años 30 su madre, Zelda, estaba en un psiquiátrico, y su padre, el célebre narrador y guionista Francis Scott Fitzgerald, intentaba recuperarse de su alcoholismo. Scottie, hija única, estaba en el prestigioso internado de Vassar, y allí recibía las cartas de su padre, en las que éste le daba consejos sobre sus estudios, los chicos, la vida o los riesgos del alcohol. También le confesaba sus problemas con algunos guiones, mientras ella se limitaba a examinar sus cartas en busca de cheques y noticias.

Orgullosa de haber conservado estas cartas, Scottie reconoce ahora que sabía que las cartas "eran magníficas, y si las conservé no fue por codicia, porque papá era entonces un oscuro escritor sin blanca y nadie podía imaginarse que El gran Gatsby se traduciría a veintisiete lenguas". Y dice más. Por ejemplo, que "en mi próxima reencarnación es posible que no me apetezca volver a ser la hija de un Escritor Famoso" sobre todo porque "la gente que vive por entero de la fertilidad de su imaginario es fascinante, brillante y a menudo encantadora, pero es preferible tenerlos como compañeros de mesa en una fiesta que convivir con ellos".

Escritas entre 1933 y 1940, fecha de la muerte del escritor, e inéditas en España hasta hoy, Alpha Decay lanza próximamente estas Cartas a mi hija, en edición de Albert Fuentes, de las que El Cultural anticipa alguna de las más sabrosas

A continuación pueden leer cinco de las cartas recogidas en el volumen.


31 de julio de 1936
Grove Park Inn
Asheville, Carolina del Norte

Cariño:
Encontrarás, adjuntas, unas fotos que cuentan una historia triste. Tuve un accidente espantoso y me fracturé el hombreo. Pensé que quedaría muy elegante si me tiraba desde el trampolín y, después de un año y medio de inactividad, estiré demasiado los músculos en el aire y me rompí el hombro. Toda esta historia ha sido una lata y además me ha salido muy cara, pero he intentado conservar la alegría en lo posible y todo el mundo ha sido muy amable conmigo; por aquí me han arreglado un tablero para escribir muy curioso que me permite trabajar con la mano por encima de la cabeza, tal que así.

Adjunto dinero para tus pequeñas necesidades actuales. Puede que los gastos derivado de esta lesión me impidan costearte una escuela cara este otoño, pero a veces la vida tienen estas cosas y sé que eres valiente y que podrás adaptarte a las condiciones cambiantes y que no olvidarás que no escatimaré esfuerzos en tu educación ni en el cuidado de tu madre. Según me cuenta el doctor, de no haberme operado, no habría podido volver a levantar el brazo por encima del hombro. Todavía está por ver si voy a poder levantarlo algún día.

Estoy orgullosos de ti y sólo un poquitín enfadado porque no te has leído más que uno de los libros franceses.

El domingo por la noche me marcho a Baltimore y podrás escribirme allí, a través de la señora Owens, o aquí, cuando regrese. ¡No te parece una suerte que al final no me fuera a España! O quizá me lo habría pasado bomba.

Tu papi, que te quiere.


20 de octubre de 1936
Grove Park Inn
Asheville, Carolina del Norte
Queridísima Scottina:
Ya había decidido subir por Acción de Gracias, y lo haré, si Dios quiere, de modo que, a sugerencia tuya, he optado por descartar la idea de subir por tu cumpleaños. Comprenderás que ahora mismo no puedo permitirme viajar dos veces el mismo mes y sé, por tanto, que no te llevarás un chasco.

Para concluir con las noticias que me afectan, te diré que el brazo está definitivamente fuera de peligro y que podré volver a utilizarlo, aunque durante tres o cuatro semanas me temí lo peor. Fuimos a un partido de fútbol con los Flynn el sábado, un partido como el que vimos el otoño pasado más o menos por las mismas fechas. Lefty estaba la mar de guapo como de costumbre y Nora estuvo encantadora como siempre. Preguntaron varias veces por ti y no porque pensaran que era su obligación hacerlo, sino porque te tienen afecto de verdad, los dos. Se pusieron muy contentos cuando les dije que te has adaptado de maravilla en la escuela.

Paso a confirmarte mis planes de Navidad que, resumiendo, son: te organizaremos una fiesta en Baltimore en el Belvedere o en el Stafford, ¡si nos lo podemos permitir! El día de Navidad lo pasaremos o bien aquí con tu madre (no será como esa Navidad espantosa en Suiza), o bien irás con tu madre y la enfermera titulada a Montgomery a pasar las fiestas con tu abuela; luego quizás pases unos días en Baltimore antes de volver a la escuela.

No te desanimes ni un poco por que tu cuento no esté perfecto. Tampoco te voy a animar, porque si quieres codearte con los mejores, al final tendrás que buscarte tus propios obstáculos que saltar y aprender de la experiencia. Nadie se ha hecho escritor por el simple deseo de serlo. Si tienes algo que contar, algo que sientas que nadie ha contado antes, tienes que poder sentirlo con tal desesperación que al final encontrarás una manera de contarlo que nadie haya utilizado antes, y así tanto lo que tienes que contar como el modo en que vas a hacerlo se fusionarán como una sola materia, tan indisolublemente como si hubieran sido concebidos juntos.

Deja que te sermonee un poco más: me refiero a que lo que hayas sentido y pensado inventará, por sí mismo, un estilo nuevo; por eso, cuando la gente habla del estilo, siempre les sorprende un poco su novedad, porque piensan que sólo están hablando de estilo, cuando en realidad de lo que están hablando es del intento de expresar una idea nueva con tanta fuerza que conservará la originalidad del pensamiento. Es un trabajo espantosamente solitario y, como ya sabes, nunca he querido que eligieras este camino, pero si al final decides hacerlo, quiero que lo hagas sabiendo de antemano lo que a mí me llevó años aprender.

¿Por qué te quejas de la sala de estudio y otras cosas por el estilo cuando fuiste tú la que decidió elegir precisamente esta escuela antes que cualquier otra? Claro que es difícil. Cualquier cosa que valga la pena lo es y sabes que no te hemos criado entre algodones, ¿o es que de pronto has pensado dejarme en la estacada? Sabes que te quiero, tesoro, y espero que vivas a la altura de lo que proyecté para ti desde el primer día.

Scott


17 de noviembre de 1936
Grove Park Inn
Asheville, Carolina del Norte
Querido tesoro:
Me han enviado una carta del colegio para decirme que el día de Acción de Gracias es el más adecuado y a mí me va mejor así. No veo ninguna ventaja en salir dos o tres veces en lugar de una sin que haya ninguna razón para ello; la idea es salir una vez y pasarlo bien. Me encantará conocer a quien me digas y nuestro compromiso queda fijado para Acción de Gracias.

(Dicho entre paréntesis: recibí los amuletos que me enviaste por mi cumpleaños, las campanillas y la mula, y agradecí que te acordaras de mí, ¡borriquita mía!)

Las chicas de Park Avenue son difíciles, ¿no? Suelen ser hijas de los hombres que quieren "comerse el mundo" y, en cierto modo, la prole inevitable de ese tipo tan particular. Es el "empuje del yanqui" elevado a la máxima potencia, la sublimación de la especie representada por Jay Gould, quien empezó endosando botones defectuosos en un condado y terminó, con el mismo sistema moral de buhonero, endosando líneas férreas de cinco dólares a todo un país.

No me malinterpretes. Siempre me he considerado un hombre del Norte y a ti te veo igual. Sin embargo, todos formamos parte de la misma nación y en el Norte puedes encontrar toda esa molicie e indolencia que tanto detestas, suficiente para llenar las ciudades de Savannah y Charleston, del mismo modo que aquí abajo, en las Carolinas, puedes encontrar el mismo principio "triunfador".

No sé si te vas a quedar un año más; dependerá de las notas que saques y de lo bien que trabajes. Además no puedo participarte mi particular concepción de la vida (que, como bien sabes, es trágica) sin desinflar tu entusiasmo. A cantidad de gente la vida le parece cantidad de divertida. A mí no me lo ha parecido. Eso sí, me divertí mucho desde los veinte hasta casi los cuarenta, por eso creo que hay que aceptar la tristeza, la tragedia del mundo en que vivimos, con una cierta alegría.

Ahora bien, en lo que respecta a tu curso, queda descartado que abandones las matemáticas y elijas el camino fácil para entrar en Vassar, y te conviertas en una de esas chicas que sólo saben reflejarse en los demás sin tener el menor atisbo de un carácter propio. Quiero que aceptes el reto de las matemáticas hasta el límite de lo que el colegio pueda ofrecerte. Quiero que te matricules en física y quiero que te matricules en química. De momento no me importan tus asignaturas de inglés y francés. Si a tu edad no dominas dos lenguas y los modos que los hombres eligen para expresar sus pensamientos en ellas, entonces es que no eres hija mía. No tienes hermanos, pero eso no te da derecho a aprovecharte de la circunstancia.

Quiero que conozcas ciertos principios científicos básicos y creo que es imposible que los aprendas si no has avanzado en las matemáticas hasta, por lo menos, la geometría analítica. No quiero que abandones las matemáticas el curso que viene. En mi caso, aprendí a escribir haciendo algo que no me apetecía en absoluto hacer. Si no avanzas en las matemáticas hasta la geometría analítica (secciones cónicas), te habrás descarriado muchísimo antes de lo que tenía previsto para ti. No insistiré en el cálculo, pero sin duda no es algo que se deba decidir en función de lo que sea más fácil. Vas a entrar en Vassar con un bagaje matemático y tu vida en la universidad girará en parte alrededor de la ciencia.

Cielo, ojalá pudiera estar contigo. Sería mucho más fácil discutir estos temas sin que hubiera fricciones, pero desde la distancia parece más bien como si te dejaras llevar por las materias que te resultan más fáciles, como las lenguas modernas.

Nada más hasta que te vea por acción de Gracias.

Con todo mi amor.

F. Scott Fitz

P.D.: Lamento que te hayan prohibido salir de la escuela; me parece haber estado en las mismas los seis últimos meses. Aunque ahora me he comprado un Packard descapotable viejísimo y salgo más a menudo. Siempre he sido comprensivo con tus entusiasmos, pero espero que esta vez no sea por una riña con una profesora en particular o por cualquier indiscreción verbal, un defecto que deberías empezar a controlar.


Julio de 1937
[De camino a Hollywood]

Querido tesoro:
Quizá sea esta la última carta en un tiempo, aunque no me voy a olvidar del cheque cuando encuentre el talonario.

Siento cierta emoción. La tercera aventura hollywoodiense. Dos fracasos a mis espaldas, aunque uno no fue por mi culpa. Del primero se cumple ahora un decenio. En esa época, hacía varios años que la gente en general me reconocía como el mejor escritor estadounidense, tanto en los medios serios como entre el público, a juzgar por lo que me pagaban. Me había pasado seis meses tumbado a al bartola por primera vez en toda mu vida y tenía una sensación de seguridad que lindaba con la soberbia. Hollywood nos tenía por las nubes y todas las chicas se le antojaban preciosas al treintañero que era yo entonces. Creía honestamente que, sin el menor esfuerzo por mi parte, me había convertido en una especie de mago de las palabras; un delirio bastante raro en mí, si tenemos en cuenta que me había esforzado con todo mi ser para desarrollar un estilo en prosa que fuese duro y colorido.

Resultado total: me lo pasé bomba y no trabajé nada. Me iban a pagar solamente una pequeña suma, a menos que terminaran rodando mi película; no lo hicieron.

La segunda vez fue hace cinco años. La vida se había puesto cuesta arriba y, si bien las cosas estaban tranquilas en la superficie, ya que tu madre parecía haberse repuesto en Montgomery, por debajo estaba muy inquieto y empecé a beber más de la cuenta. Lejos de encarar la situación con un exceso de confianza, esta vez lo hice con un exceso de humildad. Me puse de uñas con un cabrón que se llamaba de Sano, a la postre un suicida, y permití que birlara el puesto de mando. A medida que iba escribiendo la película, el tipo la iba cambiando. Traté de ponerme en contacto con Thalberg, pero me equivoqué al hacerles caso cuando me avisaron de que recurrir a él era de "mal gusto". Total: un mal guión. Me fui con el dinero, porque esta vez el contrato lo cobraba en pagas semanales, pero salí desengañado y asqueado, jurándome que no volvería a poner los pies por allí, aunque me dijeron que no había sido culpa mía y me pidieron que me quedara. Quería regresar al Este cuando el contrato se extinguiera para ver cómo estaba tu madre. Luego interpretaron que los había "dejado tirados" y me lo echaron en cara.

(El tren ha salido de El Paso desde que empecé esta carta; de ahí la letra, una letra de Montañas Rocosas.)

Quiero aprender de estas dos experiencias: debo tener mucho tacto, pero no soltar el timón ni un momento; detectar al hombre clave entre los jefes y al más dúctil entre los colaboradores; luego enfrentarme a los demás con uñas y dientes hasta que haya logrado, por las buenas o por las malas, quedarme solo al mando de la película. Es la única manera de que dé el máximo con mi trabajo. Si me dejan en paz, puedo conseguir que me doblen el contrato en menos de dos años. La mejor manera de que nos eches una mano es que no te metas en problemas; es lo que más te conviene en estos años tan importantes. Cuida de tu cabeza (estudia cuando te sientas fresca), de tu cuerpo (no te depiles las cejas), de tu moral (no te pongas en una situación que te obligue a mentir) y te daré más libertad de la que tiene Peaches.

Papi


7 de julio de 1938
[Compañía Metro-Goldwyn-Mayer]
[Culver City, California]

Queridísima Scottie:
No creo que continúe escribiéndote cartas por muchos años y me gustaría que ésta la leyeras dos veces, por amarga que pueda parecerte. Ahora la rechazarás, pero a lo mejor, más adelante, parte de su contenido te vuelva a la memoria como verdad. [...]

Cuando tenía tu edad, vivía con un gran sueño. El sueño creció y aprendí a hablar de él y a que la gente me escuchase. Luego, el sueño se partió por la mitad un día, cuando pese a todo decidí casarme con tu madre, aunque supiera que era una malcriada y que no me haría ningún bien. Enseguida me arrepentí [...]

Ella habría sido feliz con un hombre sencillo en un jardín del Sur. No tenía la fortaleza necesaria para los grandes escenarios. [...]

Jamás quise volver a tratar con mujeres a las que hubieran educado en la pereza. Y uno de mis principales deseos en la vida era evitar que te convirtieras en una persona así, una persona que sólo atrae la desgracia sobre sí y sobre los demás. Cuando empezaste a mostrar síntomas inquietantes a los catorce años más o menos, me consolé con la idea de que eras muy precoz socialmente y que una escuela estricta arreglaría el desaguisado. [...]

Has llegado a la edad en que una persona sólo merece el interés de un adulto en la medida en que parezca tener un futuro. La mente de un niño pequeño es fascinante, pues mira lo viejo con ojos nuevos, pero la cosa cambia a los doce años más o menos. El adolescente no ofrece nada, no sabe hacer nada, no dice nada que un adulto no pueda hacer mayor. Vivir contigo en Baltimore (y le dijiste a Harold que había alternado la severidad con la desatención, con lo cual supongo que te referías a los momentos en que cometí la grosería de dejarme vencer por la tuberculosis o preferí encerrarme a escribir, porque tuve muy poca vida social más allá de ti) fue una tarea quizá demasiado doméstica que me vino impuesta por la enfermedad de tu madre. [...]

Todo esto era el largo preámbulo de la desesperación que viví hace diez días. Que supieras o no lo que opinaba de Baltimore, que pensaras que habría aprobado tu cita con un chico y que regresaras en coche a solas con él desde Nueva York de madrugada, que pensaras honestamente que habría permitido tal cosa… Bueno, cuéntaselo a Harold, que parece más crédulo. [...]

Cuando tengo la sensación de que tu vida "avanza sin rumbo", tu compañía empieza a deprimirme porque entiendo hasta qué punto la estás tirando por la borda de manera estúpida y banal. Por otra parte, cuando alguna vez atisbo algún síntoma de vida y determinación en ti, no hay compañía en el mundo que prefiera a la tuya. [...]

P.D.: Si escribes un diario, te suplico que no lo llenes de apuntes sosos que podría comprar con una guía de viajes de diez francos. No me interesan fechas ni lugares, ni siquiera la Batalla de Nueva Orleans, a no ser que te hayan causado una respuesta inusual. No pretendas ser ingeniosa en tus textos, a menos que te salga naturalmente; que todo sea cierto y real.