Image: Incógnito. Las vidas secretas del cerebro
El resultado puede parecer un tanto decepcionante, pues no es otro sino un último (uno más) de los sucesivos destronamientos que ha sufrido la especie humana a lo largo de la historia reciente, comenzando con el descubrimiento de Galileo de que no vivimos en el centro del Universo, sino en un planeta más. A este destronamiento le siguieron otros, quizá el más significativo de la mano de Darwin, que relegó a nuestra especie a una simple rama más del superpoblado reino animal. Lo que la neurociencia está descubriendo ahora es que eso que llamamos consciencia es poco o nada relevante. La consciencia no sería sino la mínima punta de un enorme iceberg compuesto, en sus partes más oscuras y recónditas, de numerosos mecanismos mentales -o cerebrales, pues para el caso sería lo mismo- a los que la consciencia tiene vedado el acceso. A ella llegaría sólo el resultado, el producto final, del enorme trabajo conjunto -en equipo-, y en competición de unos con otros, de esos mecanismos de decisión, de razonamiento, de percepción, de puntos de vista que Eagleman denomina el equipo de rivales. Sólo unos pocos acabarían ganando la partida y sólo algunos de sus resultados aflorarán en la consciencia. Como consecuencia, no somos dueños de nuestros actos; en realidad, nadie es dueño de nada. En palabras de Eagleman, "¿Cómo es posible que uno se enfade consigo mismo? ¿Quién, exactamente, está enfadado con quién?".
Pero que la visión del ser humano como un individuo caracterizado por su consciencia deba ser sustituida por la de un individuo en el que pugnan numerosos mecanismos inconscientes de decisión y solución de problemas no tiene por qué ser una desgracia. Eagleman es optimista a este respecto: al igual que ocurrió con los descubrimientos de Galileo, Darwin, y de tantos otros, conocer la realidad no es sino abrir los ojos a un mundo nuevo mucho más rico e interesante, descubrir las sorprendentes maravillas de la naturaleza y del universo. Conocer la realidad es no sólo deseable sino que puede ayudar a mejorar las cosas.
Precisamente una de las facetas que más preocupan a Eagleman y donde propone un futuro relevante para aplicar esta nueva concepción del ser humano es el sistema legal. Si la realidad del "libre albedrío" parece algo dudoso desde la neurociencia, las consecuencias no pueden ser ignoradas por nuestra sociedad. Con argumentos contundentes, Eagleman propone desterrar para siempre el término responsabilidad en el contexto de la justicia, debiendo ser sustituido por el de modificabilidad. Si nuestra mente consiste en un equipo de rivales, habrá que ayudar al individuo que haya delinquido a que en él no ganen siempre determinados miembros de ese equipo, sino otros, más acordes con los valores sociales y legales establecidos. La tecnología neurocientífica puede ayudar a este respecto, pues podría utilizarse para entrenar a los individuos a controlar cuáles de esos rivales cerebrales deben ganar la partida. Sólo deberían ser apartadas de la sociedad aquellas personas que no consigan este control.
Es una visión tradicional y estereotipada que los científicos no solemos dar a conocer nuestros resultados a la sociedad, que utilizamos un leguaje oscuro para que nadie entienda lo que hacemos en los confines de nuestros laboratorios. Eagleman es uno de los numerosos autores que en los últimos años están contribuyendo a romper definitivamente este tópico, esforzándose no sólo para que todo el mundo entienda lo que ya vamos sabiendo, sino por contribuir a mejorar nuestra sociedad gracias a esos descubrimientos.