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Los hombres mojados no temen la lluvia
Juan Madrid bucea en la doble moral y la corrupción en la que se fundamentan las grandes fortunas
Juan Madrid
En 'Los hombres mojados no temen la lluvia' (Alianza), Juan Madrid elige a un abogado para protagonizar su historia. Un hombre con una profesión que le sitúa cerca del infierno en el que se amasan las grandes fortunas. Un personaje contradictorio en un mundo en el que los ricos cada vez son más ricos, y los pobres cada vez más pobres. ¿No les suena? El letrado Liberto Ruano intentará zafarse de su pasado mientras intenta que los tentáculos de las altas finanzas no le asfixien.A continuación se pueden leer las primeras páginas de 'Los hombres mojados no temen la lluvia'.
Es posible que esta historia comenzara aquella mañana, cuando la jueza del 38, Carmen Blanco, nos recibió en audiencia previa a mí y a Monteiro, el abogado de la otra parte, en la sala del tribunal del juzgado. Estaba atractiva con su traje de chaqueta gris marengo y el toque amarillo del fular que le cubría el cuello. La jueza nos preguntó:
-Señores letrados, ¿están dispuestos a un pacto a entera satisfacción de ambas partes?
Me volví a Ágata, sentada entre los procuradores en la primera fila. Asintió con un leve gesto de la cabeza.
-Con la venia, señoría -dije-. Aceptamos la propuesta de mi distinguido colega, el señor Monteiro. Pero añadimos seis mil euros más.
Saqué del bolsillo interior de mi chaqueta la agenda que me había entregado Aurelio Pescador y me puse a pasar hojas. Monteiro se quedó en silencio. Representaba a Gabeiras, «el Rey de las Chicas Guapas». Era un abogado correoso, bajito y bien vestido. Pero sabía que lo tenía pillado. Al cabo de unos instantes respondió:
-Con la venia, señoría. Aceptamos la sugerencia de mi colega, la cifra total será de veintiún mil euros.
Habíamos ganado en audiencia previa. En el pasillo, Monteiro me dijo:
-Eres un pedazo de cabrón, Ruano. Un jodido tramposo. ¿Cómo has conseguido esa agenda?
-Jódete, Monteiro.
Nos dimos la mano.
-Quiero esa agenda, Ruano -me dijo-. Que no se te olvide.
Una hora después terminamos los trámites. Monteiro se llevó la agenda y Ágata y yo salimos del juzgado. Tres muchachas nos esperaban en la salida de los Juzgados de Plaza de Castilla. Rodearon a Ágata con las miradas expectantes. Ágata les anunció:
-¡Hemos ganado, chicas, hemos ganado! ¡Vais a cobrar!
Se pusieron a bailar y a gritar de alegría y me abrazaron, besándome en la cara. Luego nos sentamos en una terraza próxima y brindamos con cerveza. Las tres eran hermanas y querían regresar inmediatamente a Rumanía. Pensaban comprar una peluquería unisex en su pueblo, una aldea de las montañas Kablit, al sudoeste de Bucarest. Algún día tenía que ir por allí, a Kablit. Me presentarían a su familia y, para empezar, tendría corte de pelo gratis. Más tarde volvieron a besarme y se marcharon.
Llevaban dos años trabajando para Gabeiras en el circuito de sus puticlubs de carretera. El pacto verbal establecido con él consistía en el treinta por ciento de las consumiciones de los clientes y un cuarenta en los servicios de cama. Pero las cuentas no salían. Gabeiras se aprovechaba de que mis clientas eran prácticamente analfabetas y las engañaba.
Zazá Gabeiras, el Rey de las Chicas Guapas, era un conocido mayorista de prostitutas. Empleaba a más de setenta mujeres repartidas en burdeles de carretera de toda España. A partir de ahora, tendría que tratar a sus chicas de otra manera o se le sublevarían. Ágata se había encargado de sembrar entre ellas la semilla de la rebelión.
Ágata me dijo:
-Gracias, Líber, no podía figurarme que fuera a salir tan bien. Pasaré luego por el despacho a pagaros la minuta. En realidad, el mérito había sido de Aurelio. Consiguió la agenda privada de Gabeiras, con sus trapicheos y los contactos con las mafias locales, y eso amansó absolutamente a Monteiro. Estaba dispuesto a aceptar cualquier cantidad, siempre que no la mostrara en el juzgado. Nunca supe cómo Aurelio la consiguió.
-No hace falta que tengas tanta prisa.
-¿Cómo sigue Andrés?
-Como siempre, con sus manías. ¿Por qué no te decides de una vez?
-¡Oh, venga, no empieces!
Ágata me había confesado que le gustaba mi socio en el bufete, Andrés Feiman. Pero no se atrevía a insinuarse. Yo le había propuesto comidas conjuntas, cenas. Se negaba, era tímida.
-¿Quieres que se lo diga? Venga, dame permiso.
-¡Ni se te ocurra! Oye, venga, tengo que irme, Líber. Déjame que invite yo. ¿Te llevo a alguna parte?
-No, gracias -le golpeé con suavidad la mano-, quiero dar un paseo. ¿Por qué no te vienes conmigo a Casa Camacho y nos tomamos unos vermús para celebrarlo?
Soltó una carcajada. Me gustaba la forma que tenía Ágata de reírse.
-Líber, sabes que no puedo beber, me emborracho enseguida y me pongo como loca.
Me miró de forma pícara. Dejó un billete de veinte euros sobre la mesa, me besó en la frente y se marchó hacia el aparcamiento. La observé caminar. Había sido una muchacha bonita, de una familia con mucho dinero. Su ONG, Frente Hetaira, salía mucho en la prensa. Su papá, aparte de ser uno de los más importantes proveedores de alimentos del mercado central, era dueño de negocios inmobiliarios. La ONG de Ágata luchaba por conseguir estatus de trabajadoras a las prostitutas. Tenían la sede en una antigua óptica de la calle Desengaño, en el viejo barrio de tolerancia, muy cerca de nuestro bufete. Con su furgoneta recorría los lugares de prostitución llevándoles café y bollos a las chicas y escuchando sus cuitas y desgracias.
En un tiempo contaron conmigo para redactar notas de prensa y comunicados. En cierta ocasión, aparecí en público como abogado de su ONG en una manifestación de prostitutas -ellas se denominaban «trabajadoras del sexo»-, que protestaban por sus derechos, reiteradamente conculcados.
La semana anterior, durante una subasta de cuadros y objetos donados por amigos y simpatizantes de la ONG, en una antigua sala de fiestas, Ágata se me había echado encima completamente borracha. Yo iba a entrar al servicio de caballeros y ella me empujó dentro. Nos besamos y nos tocamos con la ternura de tigres, hasta que me calmé y pude calmarla a ella. Le hablé con dulzura y le acomodé la ropa. Al día siguiente me pidió perdón, llorando de vergüenza. La tranquilicé todo lo que pude. Le dije que la quería mucho -es verdad-, y que era mi mejor amiga.
Más tarde me preguntó:
-¿Empezaste tú o fui yo, Líber?
Las mentiras piadosas son inevitables en mí. Le dije:
-Fui yo, Ágata. Yo empecé.
Se tranquilizó del todo.
Me gusta pasear. A veces creo que soy el único abogado con bufete abierto que no tiene coche ni teléfono móvil. Caminé por Fernando VI junto a los jubilados, mendigos y parados que no tienen otra cosa que hacer que deambular por las calles. Ese barrio me trae recuerdos. Me detuve unos instantes ante la puerta atrancada de lo que fue el pub de Santa Bárbara. Cuando comencé a trabajar para Vilanova, poco después de terminar la carrera, iba allí casi todas las noches. Nos juntábamos periodistas, escritores y toda suerte de abogados. Por aquel entonces, las noches eran largas, nosotros, jóvenes, y en mi memoria el futuro era prometedor.
El pub cerró hace años, algunos de aquellos viejos amigos murieron. Y yo, ahora, no sé qué hacer con el futuro que me queda.
Casa Camacho se encuentra en el barrio de Maravillas, o de Malasaña, en la calle San Andrés, esquina a la plaza Marqués de Santa Ana. Un bar antiguo con el mostrador de cinc y azulejos andaluces en las paredes, frecuentado por gente del barrio. Aún era demasiado temprano, solo había dos señoras con bolsas de la compra charlando de sus cosas en el rincón de la máquina tragaperras. Aurelio me aguardaba acodado en el otro extremo del mostrador. Bebía a pequeños sorbos un vermú. Soy cliente de Casa Camacho desde que era estudiante. Acudíamos a la hora del vermú con Vilanova, entonces mi profesor de procesal. Él lo conocía de cuando la facultad de Derecho se encontraba en la calle de San Bernardo. El abuelo Camacho había sido miliciano de la República y nos contaba cosas de la guerra. Respetaba mucho a Vilanova. El viejo murió y el negocio lo llevaba ahora Montoya, su yerno.
Aquel día, el rostro huesudo y pálido de Aurelio, cubierto por antiguas cicatrices, parecía papel mascado. El cabello blanco, cuidadosamente peinado, le daba la apariencia de un aristócrata venido a menos. Sabía que era viejo, pero nunca pude calcular su edad. Podría tener cincuenta, más de sesenta, incluso setenta años. Cuando tiempo después leí su Cuaderno y averigüé que tenía setenta y cuatro años, me asombré. No los aparentaba, era un hombre derecho, delgado, fuerte, con una extraña luz en sus vivaces ojos.
Aurelio trabajaba para mí desde hacía un par de meses. Montoya me lo presentó creyendo que podría servirme. Buscaba trabajo como guardaespaldas o informante. Al parecer, había sido policía o detective en su juventud y tenía mucha experiencia. Dijo llamarse Aurelio Pescador, podía encargarse de cualquier asunto relacionado con la información y la seguridad. Parecía formal. Lo había visto varias veces en el bar, sorbiendo lentamente vermú, callado y ausente.
Me gustaron sus respuestas tranquilas, el aspecto de hombre de otro tiempo. Lo contraté a prueba. Se trataba de un caso de homicidio doloso. Nuestro bufete ejercía la acusación privada de la familia de la víctima. La hija de nuestros clientes, una jovencita embarazada, resultó muerta de un golpe en la cabeza con un pesado cenicero de cristal de roca, a consecuencia de una pelea con su novio. La defensa estimaba que el homicidio había sido involuntario, realizado en el calor de una discusión sentimental. El chico no había tenido intención de matarla.
Aurelio consiguió declaraciones de varios amigos del acusado, se había jactado de que acabaría con ella. Les había confiado a sus amigos que su novia quería endilgarle un hijo que no era suyo. Era de otro chico. Gracias a Aurelio, el caso dio un vuelco espectacular y ganamos. El novio se derrumbó y confesó el crimen.
Le pedí un vermú a Montoya.
-Esta ronda es de la casa, señor Ruano.
-Lo tomaremos a tu salud.
Me coloqué al lado de Aurelio y le palmeé la espalda.
-Ganamos el pleito en audiencia previa. Gabeiras se ha derrotado, ha preferido pactar antes de que le muestre la agenda a su señoría la jueza. ¿Qué te parece?
Le entregué cinco billetes de cincuenta euros. Los guardó en el bolsillo.
-Muchas gracias.
-Tengo más trabajo para ti. ¿Lo quieres?
-¿De qué se trata?
-Un caso penal. -Le puse una servilleta delante y le tendí mi bolígrafo-. A ver, apunta. Una muerte el martes pasado en la discoteca Alunizaje, en Aluche.
-Ya le dije que he venido a España a hacer un trabajo. Cuando me ordenen que lo haga, dejaré lo que esté haciendo. ¿De acuerdo?
-Sí, vale, de acuerdo. ¿Cuándo será eso?
-No lo sé. Puede ser hoy mismo, mañana, pasado... -Me miró-. Que no se le olvide.
Me había dicho que trabajaba para una empresa de seguridad italiana cuyo propietario era un familiar. Había venido a España a resolver un asunto de investigación de un empleado poco fiable. No le pregunté nada más, él nunca entró en detalles.
-¿Cuánto tiempo estarías fuera?
-Unos días. Ya le avisaré al despacho.
-Vale, pero apunta de todas maneras. ¿Conoces esa discoteca?
Está por Aluche. Parece una discoteca corriente, pero hay putas, putas rusas. Se hacen pasar por chavalas normales. Las broncas son constantes, pero jamás ha habido una muerte.
-Nunca voy a discotecas. Y si hay putas y drogas, malo.
-Escribe, martes pasado, cuatro de la mañana, pelea en la puerta de la discoteca. Muere un hombre a puñaladas, Rosendo Sánchez Atocha. Mi cliente, Luciano Sobrino, estaba entre los que peleaban. Testigos afirman que tenía un cuchillo en la mano. Él dice no acordarse, estaba bebido. Tiene antecedentes penales y en el cuchillo la policía ha detectado huellas suyas. Te pagaré lo de siempre, ya sabes, más los gastos. Tráeme información de la buena, Aurelio. He ido dos veces a esa discoteca y no he sacado nada en claro. Quiero que te pongas a trabajar hoy mismo. ¿Lo tienes?
-Sí, ya está. En cuanto sepa algo, le llamaré al bufete.
-¿Te puedo localizar aquí?
-Bueno, ahora estoy parando en La Magdalena, una pensión en la calle Puebla. Puede llamarme ahí. Diga que es el «abogado», nada más. -Me entregó una tarjeta.
-¿Otro vermú?
-Vale.
Nos pusimos a charlar. Bebimos tres o cuatro vermús más. Me preguntó si era casado, con hijos. Le contesté que no. Tenía novias, amigas, pero ahora estaba con una mujer que me gustaba mucho. Es bueno para un hombre tener una mujer, me espetó. Y le pregunté sobre su vida, de dónde era, esas cosas. Me contó que había nacido en la Calabria, en Italia, de familia de origen español. Desde niño hablaba español, era costumbre de su familia enseñarles nuestro idioma a los varones. Había venido varias veces a España, de joven había sido representante de una empresa de transporte en nuestro país y lo conocía bien. La primera vez fue en 1958.
-¿Sabe? Aquel año conocí a una mujer y me enamoré de ella. Ha sido el amor de mi vida. La quise como nunca he querido a nadie. Los dos éramos muy jóvenes, casi unos niños. Pero la maté de dolor y la perdí para siempre. Fue en 1964, seis años después de conocerla. Desde entonces no he vuelto a España. Una vida entera sin verla. ¿Y quiere que le diga una cosa? La sigo amando aun después de muerta.
-¿Y no la volviste a ver desde 1964?
-No la volví a ver nunca más.
-¿Y esa mujer no tiene parientes próximos, amigos? Hizo un gesto con la mano y se sumió en el mutismo. Nunca habíamos hablado tanto, ni de temas tan personales. Aurelio era más bien callado. Lo atribuí a los vermús.