Image: 'Aferrados a la vida'

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'Aferrados a la vida'

¿Puede el ser humano vivir eternamente? Jonathan Weiner se adentra en la búsqueda científica de la inmortalidad

El Cultural
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'Aferrados a la vida' (Galaxia Gutenberg) indaga en el mito de la eterna juventud de la mano de los científicos e investigadores más relevantes de la especialidad para intentar determinar si, con una esperanza de vida cada vez más alta, la humanidad puede aspirar a vivir eternamente. Esta obsesión, fuente de inspiración para el arte y la literatura, y objetivo quizá inconsciente de la ciencia, está cada vez menos lejos de cumplirse. Pero ¿querríamos ser inmortales, si pudiéramos?


Finales de agosto, última hora de la tarde, nublado luminoso.

Habíamos cogido una mesa en un rincón del Eagle, al lado de la puerta roja que da a Benet Street. Desde ahí, a través de la ventana de la taberna se veía la torre de la iglesia parroquial de St. Benet, la torre más antigua de la ciudad de Cambridge y del condado de Cambridgeshire. Las piedras que conforman los cimientos de la iglesia se colocaron hace casi 1.000 años, cuando Inglaterra estaba gobernada por el rey Canuto, hijo del rey vikingo Sweyn Forkbeard, descendiente lejano de Gorm el Viejo.

En el año 1353, frente a la torre de aquella iglesia, se hallaba una taberna que vendía cerveza a penique los 13 litros y medio; de un lado a otro de la calle había tiendas y mercados, entonces como ahora, y a la vuelta de la esquina las agujas de la Universidad de Cambridge apuntaban al mismo cielo inglés nublado. Durante el reinado de Isabel I, la taberna se llamaba Eagle and Child. Seguramente, los colegiales isabelinos habrían levantado la vista para fijar su mirada en el rótulo que oscilaba suavemente y balanceándose despacio ellos también) habrían recordado el mito de Zeus, quien bajó en picado desde las nubes en forma de águila, cogió a un niño llamado Ganimedes y salió volando con él hacia el monte Olimpo para que sirviera de copero de los dioses, convirtiéndose después en uno de los inmortales.

Estuvimos hablando durante una hora o dos. El Eagle estaba casi vacío cuando nos sentamos. Desde el patio y las cantinas del otro lado nos llegaban ahora cada vez más voces y más altas y un tintineo de copas. En el año 1940, en una de esas cantinas, algunos jóvenes pilotos de la Royal Air Force que no estaban seguros de volver, colocaron sillas sobre las mesas, se subieron a ellas, alzaron sus mecheros y escribieron sus nombres en el techo con el hollín producido por las llamas. En el año 1953, en otra cantina, dos jóvenes biólogos de la universidad solían reunirse a tomar una cerveza cuando terminaban el trabajo en los Laboratorios Cavendish, un paseo de pocos minutos por la callejuela que pasa por delante de la iglesia. James Watson y Francis Crick intentaban descubrir la estructura del ADN y tenían la esperanza (todavía no estaban muy seguros) de haber dado con ella. "De modo que", confiesa Watson en su libro de memorias La doble hélice, "me sentí un poco incómodo cuando Francis entró en el Eagle agitando los brazos y gritando que habíamos encontrado el secreto de la vida."

El Eagle recuerda a los pilotos y el elogio de Churchill: "Nunca en el ámbito del conflicto humano tantos debieron tanto a tan pocos". Y en la cantina del ADN, la actual dirección ha grabado sobre los paneles de cristal de la puerta un fragmento del libro de Watson: "Disfruté las palabras de Francis Crick, a pesar de que carecían del sentido de modestia desenfadada conocido por ser el modo correcto de comportarse en Cambridge".

Antes del año 1500, cuando el College of Corpus Christi and the Blessed Virgin Mary, que es el college de la universidad más cercano, construyó su propia capilla, muchos de los dons (rectores) y otros miembros del college habrían empezado el día en la iglesia parroquial y acabado en la taberna.

En la iglesia, las plegarias de siempre: "Para que éste que debe corromperse no alcance la corrupción, y este mortal alcance la inmortalidad".

En la taberna, los brindis de siempre: "¡Ojalá tardes en entrar en el paraíso! ¡Ojalá vivas 100 años! ¡Ojalá bebas siempre de un vaso lleno!"

Rezaban en los bancos de las iglesias por una vida larga, y en el bar proponían una larga vida, y eran los mismos mortales de la mañana a la noche.

-Cuando empezamos a hablar de hombres de quinientos años -dijo Aubrey David Nicholas Jasper de Grey- hombres de quinientos años, o de mil años, la mayoría de la gente se pone un poquitín nerviosa.

Aubrey estaba disfrutando su cuarta jarra de medio litro de cerveza y todavía quedaba bastante tiempo para la cena.

Ésta era nuestra copa de despedida. Había pasado la mayor parte del verano en Londres, y unas pocas horas en Cambridge, escuchando a Aubrey mientras bebíamos jarras de cerveza. Le había oído pronosticarnos 500 años, le había oído darnos 1.000 años, había insinuado sobre un millón de años. Había previsto la llegada de esta nueva era del hombre en un plazo de 50 años, o incluso antes, en 15. Ahora, debido a que se trataba de un adiós, Aubrey intentaba resumir sus ideas y convertirme de una vez por todas, y yo no podía volver las páginas de mi cuaderno lo bastante rápido para mantener su ritmo. Alzaba la mano para detenerle mientras garabateaba, y mientras yo garabateaba, él bebía.

Tap, tap, tap, el vaso de Aubrey chocaba contra la mesa según el escueto testimonio de mi grabadora. La había colocado cerca de él encima de la mesa, al lado de su barba castaña, tremendamente larga, que caía en cascadas. Desde ahí recogía todas las palabras, arrastradas o no, también los gruñidos y los terribles chirridos que producían las patas de las sillas y los taburetes contra las tablas del suelo, y los frecuentes momentos en los que Aubrey refrescaba su voz y dejaba su jarra en la mesa.

-Es decir, tienes que reconocer la magnitud de esto -dijo Aubrey-. No se me va nunca de la cabeza. Piensa en ello: cien mil seres humanos mueren al día de enfermedades propias de la vejez. ¡Cien mil vidas! Estoy a la cabeza del esfuerzo más importante en el que está empeñada la humanidad. No es fácil de hacer, aunque no lo demuestro a menudo -dijo mirando hacia fuera. La luz sombría de la tarde que entraba por la ventana del Eagle le dio en la cara, dándole un aspecto de luna casi llena, tres partes iluminada, una parte en sombra.

Tap.

En una mesa cercana a la nuestra, unos cuantos de la universidad explicaban a su invitado que "Cheers! significa Brindemos a tu salud". El invitado correspondió con su propio brindis en un idioma que sonaba centroeuropeo. Significaba ¡Por la vida! En 1940, los aviadores de la RAF defendían Londres y bombardeaban Berlín. Ahora, un cartel en la pared advertía "Prohibido fumar" en inglés, francés, español, japonés y alemán.

-Probablemente debería extenderme sobre esto. Ya sabe, los colegas me preguntan de vez en cuando por ello, es decir, por cómo hago frente a la… la responsabilidad, si quiere -dijo Aubrey con una risita de disculpa-. Más que nada, pienso que tuve que quitármelo de la cabeza y seguir adelante. Simplemente, no pienso en ello. Ésta es mi cuarta cerveza, ya te habrás dado cuenta.

Pausa.Tap.

-Y para ser honesto, eso ayuda. No me gusta pensar en ello.

Tap.

Muy serio, desvió de nuevo la mirada a lo lejos, hacia la ventana que da a Benet Street, acariciándose la barba. Tuve la sensación de observar una representación teatral que había visto antes. Había que perdonar a Aubrey si perdía la pista de las charlas que ya me había dado. Hablaba con tanta gente de todo el mundo que difícilmente podía esperarse de él que recordara qué discurso había pronunciado y cuándo. Pero yo estaba seguro de que me había dirigido esas palabras concretas en otra taberna, con la misma mirada de angustia y soledad, fija en la lejanía. ¿Fue aquí en el Eagle tomando cerveza Abbot? ¿Fue en Washington, ante una cerveza Foggy Bottom? ¿En el Live and Let Live, de Cambridge, mientras tomábamos una Nethergate Umbel? Mi memoria estaba algo confusa. En alguna parte, anteriormente, me había mostrado esa misma expresión de agonía, su angustia secreta patente durante mi visita privada, con la misma cabeza vuelta a medias, mirando a un lado y hacia abajo, la misma fase de la luna. Y observándole mirar fijamente la ventana, tuve la seguridad de que ya había pronunciado el mismo discurso a otros muchos, de la misma forma y con la misma inclinación de cabeza. Tuve la sensación de que una multitud se agrupaba a su alrededor.

Aubrey se había metido en el papel que parece desplegar una y otra vez, el papel del profeta o sabio que declara que no hemos de morir, que podemos estar entre los redimidos si le seguimos hasta la salvación. El mismo personaje en cada época, un personaje inmortal que renace sin cesar y que probablemente ha aparecido más de una vez en esta misma taberna, dada su propia longevidad y el poder de nuestros anhelos.