Image: 'José García'

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Letras

'José García'

Barataria publica la nueva novela de Jordi Corominas

El Cultural
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El escritor catalán Jordi Corominas

Jordi Corominas (Barcelona, 1979), uno de los talentos emergentes de la nueva literatura catalana, apadrinado por voces como la de Enrique Vila-Matas, publica su nuevo libro, 'José García' (Barataria), una novela ambientada en su ciudad natal que gira en torno a la normalidad, a la persona ordinaria que se llama igual que tantas otras. A las historias que se encuentran en las escaleras, las esquinas o el bar de enfrente. Corominas es periodista, bloguero, cofundador y miembro activo del proyecto Loopoesía y tiene dos novelas escritas en catalán, 'Una dona que sap jugar amb els peus' y 'Colors', además de los poemarios 'Paseos simultáneos' y el reciente 'El gladiador silenciado'.


UNO

Las calles respiraban silencio. Solo algún petardo rompía la quietud del crepúsculo barcelonés. Barça, Barça, Barça. Era miércoles 17 de mayo de 2006. Faltaban pocos minutos para que el balón empezara a rodar en el parisino Stade de France. La ciudad en los bares. José García en la calle. Le importa un rábano si se levanta una copa: la copa. Desde niño desprecia el llamado deporte rey. Prefiere las bicicletas. ¿Para el verano? Eterno ciclismo. Para todo el año. Eddy Merckx y Ocaña. ¿Qué era Induráin en comparación con aquellos prodigios? Un típico fenómeno español de cohesión nacional a través del deporte, un símbolo, como lo era (tampoco habían cambiado tanto los tiempos) Fernando Alonso. José García se divertía cuando uno de sus sobrinos, aspirante a cineasta, le contaba la idea de un cortometraje basado en una sorprendente parálisis física española. De repente, durante cinco años, un gran número de ciudadanos vivía sin recuerdos; al despertar del letargo se descubrían expertos en chasis, alerones y escuderías. De la nada. Alonsistas somos y en el camino nos encontraremos. Cambios sociales. Milagros ibéricos. De la bici al motor y tiro porque me toca. Pelotazos múltiples, centímetros de más.

No es así, no es así. Lo repetía una y otra vez. Para él la afición a un deporte obedecía a normas constantes. No podía ser flor de un día de manipulación mediática. Pensaba así porque le gustaba devorar sesudos libros de historia contemporánea. Licenciado en Filosofía y Letras justo después de la muerte de Franco, José García había fracasado en su intento de introducirse en el mundo cultural. A principios de los años ochenta entró en una empresa de seguridad. Fábricas, almacenes e institutos de cultura. Le gustaba su trabajo. Era sencillo, nunca padeció ningún robo ni incendio. Él era el control. Pasan pocas cosas en la vida. Aún menos en los institutos de cultura. Sí, de acuerdo, decía su esposa sumisa y cateta, hace poco estalló una bomba en el Instituto Italiano (su último destino), pero ya ves tú, murió un perro. ¿A quién le importa la muerte de un chucho? Mucho discursillo en defensa de los animales. Mueren niños y nadie dice nada. Su pensamiento oscilaba entre alguna que otra observación sublime y la banalidad del cansado que no se da cuenta de su propio agotamiento mental. Ocho horas de triste uniforme pasan factura.

Ese día se sentía en forma. Le gustaba pasear por la ciudad y explorar sus recovecos. Vivía en la calle Alcolea, en Sants, una de tantas con bares, negocios y la rectitud monótona de un barrio famoso, más por el nombre que por la calidad. José García no aguantaba la publicidad gratuita. Amaba su ciudad e intuía el desastre. Nada iba bien: solo el nombre de marca. Sus nuevas lecturas opinaban que el fenómeno Barcelona obedecía a pautas estructurales del siglo XXI. Más fachada que realidad. No, lector no. José García no suspiraba al reflexionar alrededor de sus crisis filosóficas, prédicas de un profeta alicaído parapetado en desiertos intrascendentes.

A las ocho y media de la tarde, quince minutos antes del partido, tuvo la tentación de parar y tomar una cerveza. Llevaba de paseo un par de horas. No había estado nada mal la comida en casa de Armando. Ambos gustaban de evocar pasadas glorias cinéfilas en sus improvisados ciclos mensuales. Ese día la suerte de la charla recayó en Anthony Quinn. Su amigo tenía mala memoria. Eso sí, sabía contar muy bien las tramas. ¿Pepe? ¿Sí? ¿Te acuerdas de esa película con Quinn en plan jefe circense? ¿Cuál? Sí hombre, ésa en la que era una bestia parda que maltrataba a la bajita rubia, la mujer de Fellini. ¿La Masina? Sí, ésa. ¡Ah! La Strada, qué gran película. La vi hace poco en la Filmoteca y lloré como un crío cuando el loco, ¿te acuerdas del loco?, hablaba con la tipa y le decía aquello de la piedra, aquello de que hasta un pequeño deshecho de la naturaleza tiene su función en el mundo. No sabes qué emoción. Sí, repetía el amigo, levantaba la copa de vino, gesticulaba con la otra mano y se enzarzaban en el recuerdo del blanco y negro con algún puntito de color. Las sandalias del pescador y Viva Zapata. Tomaron café, echaron una buena siesta, y cada uno a sus menesteres. Para Armando la espera y el deseo de una buena fulana para ver si el pájaro podía seguir cantando. Para José García un paseo y el pensamiento.

Eso ocurría a las seis y media de la tarde. Desde la calle dels Petons, cerca del barrio del Borne, subió por paseo de San Juan y se perdió hacia las siete y cuarto por Gracia hasta llegar al metro de Fontana tras pararse en mil y una plazas en busca de los antiguos amigos del barrio donde transcurrió su soltería. Cuando sonaron las campanas de unión matrimonial se trasladó al enclave enemigo. Pisaba sus antiguos dominios y sentía una infinita nostalgia que ni la visión de la lechería de la calle Torrijos, su negocio de iniciación a la convivencia, lograba atenuar. Ya tiene mérito que aguante el chiringuito. Era maravilloso cuando iba con unas pocas pesetas a buscar la leche y el señor Paco me repetía como una consigna sacrosanta que era del día, que la bebiera, que no había nada como aquella leche de buena vaca. ¿Y los huevos? !Que huevos! Parece mentira que hayan pasado los años de esta manera. Quizá me equivoco. No, no serán tantos. Todo ha cambiado demasiado deprisa. Éramos un pueblo. Nadie nos molestaba. Ahora mira, ves la ciudad y que si Olimpíadas, que si Fórum de las culturas… de las torturas, tanto bombo para falsear estadísticas y hablar de éxito. I un bé negre amb potes rosses! ¿Qué son esas calaveras del negocio de enfrente? Atelier de la muerte negra. José García no gustaba de las transformaciones. Insistía, y cuando lo hacía sus hijos iban al lavabo, en la negatividad de una metamorfosis ficticia de dinero, suciedad y falsa aceptación de la diversidad. En las municipales abandonaría su costumbre socialista. Un día de octubre de 2005 divisó al alcalde cerca de la calle Portaferrissa con una capa negra y un maletín del mismo color. Un rayo de luz hacía que la figura del primer ciudadano pareciera sacada de un filme expresionista. No sabía muy bien si era su imaginación la culpable de ver un gesto de la mano izquierda. La capa levantada y el rostro escondido entre la fina tela. Se lo contaba a sus amigos y abrían los ojos como platos.

En ese momento, perdonad mi discurrir por el vagar de José, su mayor duda era si entrar en el bar del metro o seguir su caminata sin rumbo aparente. Abrió la puerta. Una humareda made in Ducados azotó su rostro, bastante digno para sus cincuenta y cuatro años recién cumplidos. Los gritos de anticipación futbolística le dieron el definitivo toque de retirada. Iré hacia Lesseps y así veré si está el golfo de Juanín en casa. Seguro que tiene cerveza y me comenta algo de la boda de la hija de Lourdes. Buena estaba la jodida en la universidad. La minifalda cortita y piernas de infarto. Lástima que no saliera bien el asunto. Tampoco me puedo quejar. Lola era muy guapa. Me hace compañía, es buena y le gusta charlar. Además, ¿podía pedir algo más? Lourdes era de buena familia. Si luego no se juntó con quien debía era su problema. Sonó el maldito teléfono móvil.

Era un regalo de nuevo cuño. Su hijo José (en la familia todos los varones llevaban ese nombre) creía que con tanto ir y venir por el asfalto urbano convenía tener controlado a papá. El chisme se había convertido en un vicio insano, un poco como Internet. José García no era como su amigo Armando, aunque no le hacía ascos a tener alguna amiguita más joven con la que desquitarse de los sinsabores de casi treinta años de matrimonio. Esas páginas de contactos con fotos y tarifas eran pura maravilla. Treinta euros un francés. Cincuenta un completo. Tenía toda la agenda plagada de números con nombres exóticos de mulatas, chinas y rusas. Luna, Melinda, Yoko, Ludmila. Lecciones del viejo comunismo. No las frecuentaba en exceso; quizá su hombría se sentía reforzada al leer las letras del mini ordenador, que por otra parte le tocaba con fruición las narices con sus melodías desnaturalizadas y la tensión que implicaba palparlo para no perderlo.

Empezó a rebuscar en los bolsillos de sus pantalones tejanos. Su sordera empezaba a ser un problema. Lo encontró, y la voz de su hija María lo apremió a ir hacia Pi i Margall. Papá, papá, ven a casa, tengo que darte una buena noticia. María llevaba viviendo con Roc un año y medio. No querían casarse por modernidad, o por lo que fuera. ¿Qué es tan urgente hija? ¿No estáis viendo el fútbol? En casa, papá, en casa, ven, que te voy a dar un alegrón. ¿No me puedes dar ni una pista? No, pasa por el ático y te cuento. ¿Ni una pista? María colgó. Tendría que ir.

Era la niña de sus ojos. María, la versión perfeccionada de Lola. Morena, ojos verdes, metro setenta y muy inteligente. José García solía decir que su verdadera y única victoria era embriagarse con la imparable trayectoria de su niña. Ya era doctora en Historia Antigua y en septiembre empezaría a dar clases en la universidad: un sueño cumplido. No estaba tan contento con el yerno, dedicado en cuerpo y alma a algo que comprendía pero no compartía. A José García le parecía extraordinariamente cínico lo del import-export: mucho dinero, trajín viajero y poco conocimiento. Tenía la teoría, amor de padre, del dominio femenino. Si María estaba con ese «modelo de la sociedad de consumo» era por simple beneficio personal hedonista. Con las ganancias del chico podía comprarse libros, dedicar tiempo a sus investigaciones, desarrollar sus ideas sobre el siglo IV y permitirse un caprichito de vez en cuando. ¿Cuál sería la sorpresa?

Voy y me entero. Puedo bajar Mayor de Gracia, entrar al barrio por Sant Domènec, sentarme un rato en Rius i Taulet, saludar al viejo Alfonso en Las Heuras y luego Dios dirá. ¿Qué prisa hay? ¡Cuanta gente corriendo! Quedan diez minutos para que empiece el maldito partido. Qué horror, suerte de día libre. Llego a estar y me imagino a todos hablándome de Ronaldinho y sus secuaces. ¿Qué pasa si ganamos? ¿Fiesta? Si pierden pasará lo mismo. La gente se emborrachará y mañana al redil. ¡Vaya con cuidado! Ni caso. Ya no hay respeto. Los chicos del pantalón corto seguirán ganando el mismo dinero por correr detrás de un balón. Los mortales de tres al cuarto también. ¿Por qué se emocionan tanto? ¡Qué premura tiene el del fular! Parece simpático. ¡Venga, que no llegas! Irá a verlo con los colegas. A saber. Me gusta el airecito. Qué bonito el barrio. ¿Saco dinero?

No lo hace. Prefiere girar a la izquierda y adentrarse en lo conocido. Lleva veinte euros en el bolsillo. ¿Para qué pensar en el vil metal si va a casa de su hija? No, no te pares. Quiere saber. Por muchas vueltas que le dé no logra intuir el motivo de tanta premura. ¿Habrá roto con Roc? No estaría mal. No digas eso. No le conviene romper con el tipo. Que viva así y lo aproveche. Mi María vale lo que no está escrito. Cuando era pequeña no quería saber nada de Caperucita roja. Cayó rendida a los encantos del caballo de Troya y la trampa aquea. Puede que esté haciendo lo mismo con el bicho ese que tiene por novio. Entró en su vida sin llamar a la puerta y mira, lo tiene más que atado. Atado una vez, que lo que sigue es demasiado. Somos unos fracasados. No tenemos derecho a quejarnos de nuestros hijos, de su precariedad. Cuando voy al mercado y oigo a esas marujas criticar lo de los pisos me exaspero. ¡Si están encantadas de tenerlos en casa! Hasta parece que lo de la especulación sea premeditado. No se marchan los niños. No pueden. Mi niña ha cazado en el coto apropiado. Somos unos fracasados. Dejamos que el tipo aquel muriera en la cama y encima tenemos los cojones de reivindicarnos como los fautores de la democracia, ese ente abstracto. Generación de conformistas. Por culpa de Franco y su golpe de Estado siempre con el deseo de tener la nevera llena, y a derrochar. Un poco como en todos los países que sufrieron una dictadura. Mira los alemanes y sus progresos de la posguerra. ¿Y los italianos? Silvano, el bibliotecario, lo repite hasta la extenuación: en mi casa no teníamos ni agua corriente y en 1954 llegó la televisión, y con ella las ganas de poseer y poseer. Nos ha pasado exactamente lo mismo. Un decenio de supuesta libertad, de consumo a raudales. Se repite hasta en la Conchinchina. Es un esquema manido, universal. Somos unos fracasados. Mucha falsa lucha en la calle, mucho vocerío y casi nada ha cambiado. El progreso se mide bajo parámetros de diccionario. ¿Dónde está la evolución, el desarrollo? José. ¿Qué le enseñan en el Instituto? Tonterías le enseñan. Hasta hace poco desconocía lo que es un estado federal. No interesa. Mecanización de mentes para facilitar el control. ¡Vaya morena! Las cosas cambian de nombre sin alterar su verdadero significado. Lola se ríe al oírme. ¡Claro que tenemos la Nespresso! ¿What else? Nos costó un riñón y medio. Me encanta, no lo voy a negar…

Se asoma a la puerta del bar Las Heuras. Están embobados, la vista fija en la pantalla. No hay nadie en el verde de París. Se palpa tensión. Saldrán dentro de poco. Desde que está Zapatero, el Barça lo gana todo. Seré contrario al balón, pero me gusta leer los periódicos. Tres días después de las elecciones de 2004 el Zaragoza ganó la Copa a los merengues. No han levantado cabeza. Casi una fotocopia del duelo izquierdas-derechas en España. ¿Existe ese dualismo?

Me llamo José García. ¿Qué hacía? Nada, ya ve, no me gusta mucho el fútbol. Preparaba una ensalada. ¿No hace mucho calor? Prefiero comer fresquito, así duermo tranquilo, sin pesadillas ni visitas al baño. Me gustan mis ocho horas del tirón. Sí, vivo solo, mi mujer me dejó por un patán extranjero; ya hace mucho de eso.

Ni rastro de Alfonso. José García se sienta en un banco de la plaza Rius i Taulet, la del reloj de toda la vida. Ve cómo un hombre de rasgos indígenas discute con un señor de unos sesenta años. Lleva su misma camisa de rayas blancas y azules. Envidia su cuero cabelludo. Farfullean sobre su relación. ¿Serán homosexuales? Nadie lo diría. El indígena parece muy enfadado. El otro agita los brazos y ríe. Un provocador contra un pobre desgraciado que busca pelea para matar sus horas. ¿Y si media entre ellos? Ni en broma. No sabe quiénes son y poco le importa. El sudamericano se marcha y deja al sesentón vivales con su porro en la mano y la palabra en la boca. Tiene razón el tipo este de la barriga caída.

Decide seguirlo. La calle Diluvi ya no es lo que era. ¿Qué son todas esas tiendas de moda? Cada día hay una nueva. Era bonito ese cartel de la farmacia de la esquina. En el bar La gaviota también chillan y esperan que el árbitro pite… y rien ne va plus. ¡Cómo estamos hoy con las esquinas! Un chiringo chino. Antes había un colmado con las mejores gambas al ajillo del barrio. Qué idiotez esos gatos que mueven la pata arriba y abajo. Mi hijo dice que traen suerte. Es de gilipollas. Arriba y abajo, arriba y abajo. Amarillos. ¿Desde cuándo algo amarillo puede ser propicio? Bueno, sí, el maillot de líder del Tour. ¿Quién ganará después de Armstrong? No tendría que haberle dado tanto al seso. ¿Alejandro Valverde? Déjalo. Si llego a dedicarme a los pedales no habría sido nadie. Me hubiera tocado la época de transición después del reinado del gran Eddy. El panzudo entra en ese bar. ¡Otra vez el amarillo! Elsa bar. Demasiado oscuro. Creo que Juan me dijo que lo lleva una cubanita que cantaba en sus años de plenitud. Hoy harán caja. Euros y euros de alcohol balompédico.

José García es una víctima y lo sabe. Su cabeza procesa azul y grana como cualquier barcelonés. Es inevitable. Los periódicos y las televisiones inundan la ciudad de información sobre el gran duelo. Tampoco hay para tanto. El Arsenal. La guerra. Lo importante es ganar y satisfacer al personal. Estadísticas, entrevistas, comparativas y alineaciones. Favoritos. Henry. Víctor Valdés. Ausencia de Messi. ¿Quién marcará el gol? ¿Etoo? Empieza el match. Conviene que me apresure. El fútbol es un aguafiestas de noventa minutos y tiempo suplementario.

Alguien le toca el hombro izquierdo justo antes de llegar a la calle Siracusa. Es Bruno. ¿No estabas en Australia? Eso fue hace tres años. ¿Tanto hacía que no nos veíamos? Creo que sí. Miento, te vi de lejos hará cosa de un par de meses. Salías de un bar y no te saludé, te vi con prisa. ¿Qué hora era? No sé, ibas con una barra de pan y el Interviú con una del Gran Hermano en cueros, unas fotos tremendas. ¿Ah sí? Pues no me acuerdo. Da igual. ¿Cómo te va la vida? Preparo un proyecto para una marca de calzoncillos, quieren diseños más atrevidos. ¿Desde cuándo diseñas ropa interior? ¿No eras periodista? Sí, y sigo siéndolo. Es una historia muy larga. ¿Te invito a una copa y te lo cuento? Hoy imposible, Bruno, no se puede ir a ningún bar. Ya lo ves. Fútbol y fútbol. Yo no quiero verlo, soy merengue y no me apetece que ganen. Qué poca fe en los ingleses. ¿Cómo quieres que tenga fe en unos que ni aceptan el euro? Por eso tendrías que tener fe, porque van a la suya y no aceptan las reglas comunes: son isleños revolucionarios. Da lo mismo. Bruno, dame tu número y quedamos… ¿este sábado? Déjame ver. No, no tengo ningún plan. Apunta. Muy bien. Oye, me ha hecho ilusión verte. ¿Adónde vas?

Sus caminos están destinados al desencuentro, al menos ese miércoles. Bruno va hacia la Travessera de Dalt, José García prosigue su ruta hacia Pi i Margall. Pasa delante de la plaza del pueblo Romaní y su fabril chimenea. Antes, de pequeñín, tenía algún que otro amigo gitano catalán. Le resultaban graciosos y admirables. Graciosos por lo de hablar con ese acento tan particular. Admirables por su lucha. El desprecio popular nunca los amedrentó. Míralos. Siguen en la zona de Raspall y nadie los moverá del barrio. Esas calles son suyas. Por la mañana las chiquillas se exhiben a sabiendas de su inviolabilidad. Vestidos de colores duros, movimientos acompasados y miradas lujuriosas de los payos. Lo inútil de la visión. Quien las toque y no sea de la tribu se juega la piel.