Image: Cómo conseguir una entrevista con Woody Allen

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Letras

Cómo conseguir una entrevista con Woody Allen

El Cultural
Publicada

Rodolfo Braceli

Woody Allen se prodiga poco ante los medios. Pero aceptó de inmediato la petición del argentino Rodolfo Braceli, gracias a una original carta, llena de descaro y burlona autocompasión. Con métodos similares, un punto de comedida insolencia y mezclando preguntas profundas con las más mundanas, este periodista y escritor consiguió extraer detalles íntimos de nueve grandes creadores de nuestra época, entre los que se encuentran Borges, García Márquez o Ray Bradbury. Todas estas entrevistas aparecen ahora recopiladas en 'Escritores descalzos', que publica hoy la editorial Clave Intelectual. A continuación reproducimos la entrevista con Woody Allen, así como la carta de la petición que el director neoyorquino fue incapaz de rechazar.




Woody Allen

"De chico yo quería ser policía, fíjese"


La Argentina, nuestra patria supuestamente idolatrada, tiene como rasgo -a veces virtud, a veces defecto- su extraordinaria apertura a lo foráneo -a veces sed de novedad, a veces esnobismo-. Desde hace décadas Woody Allen es un personaje nuestro. Digamos, una especie de hijo adoptivo, como pueden serlo Serrat o Bergman o Fellini. Una o dos veces al año, cuando se estrenan sus películas, el fenómeno Woody alza una adrenalina que cosquillea a un amplio arco, que va desde el espectador medio al espectador con paladar intelectual.

Comparto algo que me sucedió en el marzo de 1990. De manera insólita, pude entrevistar por teléfono, extensamente, a Woody Allen. Guardo las cintas, guardo su voz. Aún hoy aquella conversación entra en la órbita de las cosas que a uno y a los demás les parecen mentira.

En los seminarios sobre literatura y periodismo invariablemente me preguntan "cómo se hace para conseguir una entrevista imposible". Contesto: con fe, con paciencia y con imaginación, porque todos los personajes, aun los más inalcanzables, tienen una cerradura. La cuestión es encontrar la llave de cada cerradura. Para eso la fe, la paciencia y la imaginación.

¿Cómo lo conseguí a Woody? Pasó esto: yo trabajaba en una revista femenina. En las reuniones para elaborar sumario estaba de cuerpo presente pero de cabeza ausente. Un día me conminan: "¿y qué tema de tapa vas a proponer vos!" Me bajaron a tierra de un peñascazo. Dije por decir: "Una entrevista a Woody Allen". Caramba, caray, carajo: me tomaron la palabra y enseguida vino un "plata para viajar no hay, conseguilo por teléfono". Como por esos días se estrenaba una película suya, fui a ver a la encargada de prensa de la distribuidora Orion Pictures International. La mujer, al oír mi solicitud me miró oscilando entre la conmiseración y un ataque de carcajada. Trató de ser amable, educada: crujiendo risa reprimida me dijo que le trajera una solicitud formal para enviarla a Susan Dambra, la vicepresidenta de Orion en Estados Unidos. Debía explicar el perfil de los lectores de la revista, tiraje, más referencias sobre el entrevistador. Sin la menor esperanza, pero con un cachito remoto de fe fui y preparé el informe, pero adjuntándole una carta personalizada para Woody, que decidí delirante. ¿Qué le decía en esa cartita? Paciencia. Tiempo al tiempo.

A los dos días, vía fax, recibía esta respuesta:

Dear Mr. Braceli:
Woody Allen has agreed to do the phoner tomorrow at 12:30 PM, New York time. The phone number of this cutting room is 212-355-5880, and you should ask for Ms Jane Martin, his Associate Producer. Good luck with the interview, I hope all goes well. If you have any problems, please call me tomorrow at 212-632-5682.
Regards.
Sincerely,
Susan Dambra


"Tomorrow" fue al día siguiente, viernes 9 de marzo. Llegó el día y llegó la hora y el teléfono funcionaba y la línea no estaba ocupada. Marqué el 212-355-5..., no iba a dejar colgado al señor Allen. Tras el saludo escueto, la conversación se tejió así:

-Tal vez usted no esté enterado, Woody: en la Argentina también tienen éxito de taquilla y de crítica sus películas no cómicas. Aquí lo veneramos como a Fellini, como a Bergman, como a Resnais...

-Res... ¿qué?

-Resnais. Alan Resnais, el director francés.

-Oh sí sí. Gracias. Muchas gracias. Es un halago.

-Aquí en Buenos Aires se acaba de estrenar Crímenes y pecados, ¿qué opina de esta película suya?

-Estoy feliz por el éxito, pero no por lo que conseguí. Me sucede a menudo: cuando veo mis películas caigo en grandes depresiones. Me producen una gran desazón... Recuerdo que cuando vi Manhattan sentí desconsuelo. Le pedí a mi representante que hablara con la productora para que no exhibiera la película. Hasta les prometí rodar dos más gratis... Por suerte el público nunca se entera de la diferencia que hay entre lo que yo quería hacer y lo que me sale.

-¿Dónde se siente más cómodo; haciendo cine de humor explícito o cine reflexivo, de indagación intimista?

-Siempre me resultó más fácil hacer películas de humor. El humor me surge naturalmente. Pero disfruto haciendo las dos cosas. En realidad disfruto trabajando. No sé si se reflejará en mis películas, pero me esmero en ajustar cada vez más mis diálogos, estoy tratando de mejorar cada día, créame.

-Cuando filma, ¿qué busca, qué persigue?

-Me desespero por no ser aburrido. Primero busco entretener. Después, ser profundo.

-Cuando muchacho, ¿soñaba con ser el Woody Allen que es hoy? (Se ríe inesperadamente) ¿Por qué se ríe?

-Temo defraudarlo con mi respuesta. Cuando yo era un chico soñaba con ser policía, fíjese. Después, un poco más grande quería ser un jugador de baseball, porque, créame, yo era un buen jugador. Eso creía, uno a veces se engaña... Después quise ser escritor, escribí mucho para la televisión. Recién a los 20 años me di cuenta de que quería se actor y director de cine.

-Si mira hacia su niñez, ¿qué recuerdo, qué sensación prevalece?

-Una de las sensaciones de mi infancia es que en casa no había mucho dinero. No éramos ricos... bueno, tampoco muy pobres. Éramos clase media baja baja. En realidad no sé si llegábamos al último peldaño de la clase media.

-¿Y cómo se ve a sí mismo por aquellos años?

-Yendo al colegio sin el menor entusiasmo, viendo muchas películas. Años para mí de pocos libros, muy poca lectura. Poco trabajo en el colegio... bueno, no era un ejemplo.

-¿Sus padres tenían algo que ver con el cine, con la literatura?

-Casi nada que ver. Mi padre tuvo muchos pequeños trabajos: fue mozo, fue vendedor ambulante de joyas y baratijas, fue taxista. Hizo de todo... Cómo decirle, los dos eran buena gente, gente simple, sin el ceño fruncido. Poco y nada les interesaba la cultura y esas cosas.

-¿Por qué dijo que no tenían "casi" nada que ver con el cine?

-Por mi madre. Ella sí estuvo cerca de la cinematografía. Trabajaba en un puesto de flores.

-¿Y eso qué tiene que ver con el cine?

-El puesto estaba a la salida de un cinematógrafo. Es algo.

-Su voz trasmite mucha ternura hacia sus padres. Se ve que los extraña...

-Oh no. No los extraño. Viven los dos. Y son muy viejitos. Los tengo, los tengo. Mi padre cumplirá 90 años pronto. Y mi madre ya tiene 84 u 85. Los dos siguen como siempre, preocupados por tener la plata suficiente, por tener la casa al día.

-¿Alguna frase de sus padres gravitó especialmente en su carrera, en su vida?

-Oh sí, mi padre siempre me repitió que apuntara bien alto y que aun cuando no consiguiera el éxito, me mantuviera en el área de la gente honrada. Quizá por eso nunca quise hacer cine porno.

-¿Cuál es el consejo eje de su vida?

-Papá una y otra vez me dijo que cuando fuera a comprar el diario nunca sacara el diario de arriba... Yo le he hecho caso: hasta el día de hoy dejo mi plata y saco un diario del medio. ¿Por qué esto? No lo sé, yo lo hago. Tal vez por eso mis cosas andan más o menos bien.

-Tan bien andan que ha ganado varios Oscar... A propósito, ¿por qué no va a recibirlos?

-Para recibir el Oscar yo debiera viajar, detesto los viajes. Detesto los aviones. A mí me gusta, usted sabe, hacer películas. Me divierto haciéndolas. No me resulta divertido andar viajando para recibir estatuillas.

-Y si le dieran el premio Nobel de literatura, ¿lo recibiría?

-Eso es tan imposible... Pero ya le dije, sea lo que fuere no me parece justo viajar en avión.

-Pero, ¿por qué tanto miedo al avión?

-Porque... tenemos los días contados. Distinto sería si a los días los tuviéramos clasificados por orden alfabético.

-Si no le molesta hablar de cosas personales, ¿puede contarnos algo más de su primera infancia? ¿Usted se crió con leche de su madre?

-Oh no, tal vez por eso hago y hago películas. Cuando yo nací mi madre estaba muy muy enferma. No se sabía si iba a seguir viviendo, por eso no fui amamantado por ella.

-¿Y su adolescencia, cómo fue?

-Penosa, conflictiva. Esto ya lo confesé en mi columna en The New Yorker...: La gran cantidad de ofrecimientos de cursos universitarios y por correspondencia que aparecían diariamente en mi buzón me llevaron al doloroso convencimiento de que yo debía figurar en una lista de atrasados mentales.

-Sus películas demuestran que usted resultó un genio, una inteligencia superior.

-Usted sabrá que frecuentemente los genios son seres humanos muy miserables.

-¿Cuál es su clave creativa? ¿Cómo es que brotan de usted tantas ocurrencias?

-No es complicado. Trabajo todos los días. Me levanto a las siete de la mañana. Antes de empezar a escribir mis guiones me golpeo la cabeza. Exactamente me golpeo en la región occipital. Es entonces cuando se me empiezan a ocurrir las cosas.

-¿Con quién se entiende mejor, con las mujeres o con los hombres?

-Con las mujeres. No es que me lleve a las patadas con los hombres, pero si miro alrededor advierto que la mayoría de mis amigos son mujeres. ¿Por qué? No sé decirlo. Crecí rodeado de mujeres, será por eso. El caso es que tengo un alto concepto de ellas. De hecho son mucho menos agresivas que los hombres.

-¿Suele pelearse con los hombres?

-Oh no, no. Me cuesta muchísimo expresar mi enojo a las personas. Por más que esté furioso me quedo mirando con cara de pared. Eso sí, cuando el lavarropas no anda, no me ando con vueltas. Me resulta muy fácil gritarle, insultarlo y agarrarlo a patadas. Tengo mi carácter.

-Sin ánimo de ofenderlo, dígame, ¿es usted virgen?

-¿Cómo?

-Si es usted virgen, si como hombre, digamos, está... inédito.

-¡Oh no! Eso no es posible, tuve un hijo hace dos años. Sospecho que ya no soy virgen.

-¿Y cómo es como padre?

-Yo creo que soy un buen padre. Creo.

-¿En su casa quién lleva los pantalones, Mia Farrow o usted?

-Esto no lo podemos saber, porque cada cual tiene su casa. Vivimos en departamentos separados, a unas pocas cuadras de distancia. Si viviéramos juntos podríamos saber quién lleva los pantalones. Pero no quisiera intentar averiguarlo. Todo está bien así. Cada cual controla su territorio. La decisión de vivir casados y separados está mandada por el sentido común. Mia tiene otros hijos, propios y adoptivos. Le gusta tener la casa poblada de niños y de animales. Tiene gatos, tiene perros, tiene peces. Yo en mi casa tengo discos, tengo libros y tengo silencio. Pero no vaya a creer que vivimos muy distanciados. Nos vemos todo el tiempo. Yo soy muy pegote de los chicos. Muchas veces siento necesidad de sociabilizarme, de jugar con ellos...

-¿Qué pasó en usted cuando tuvo la evidencia de su primer hijo?

-Fui feliz hasta el éxtasis cuando vi la cara del niño y comprobé que no se parecía a mí.

-Y ahora ante ese milagro cotidiano de su hijo que crece, ¿qué siente?

-Estoy maravillado. El niño es bello, se parece a Mia. En la familia de Mia todos son muy bellos: sus padres, sus hermanos, todos... ¿y sabe usted?, nuestro niño parece ser muy inteligente. Me temo que estoy repitiendo algo que dicen todos los padres...

-¿Sabe cocinar, Woody?

-No, prefiero no hablar de comidas.

-¿Por qué?

-Porque por no comer hay gente que se va al cielo, y por comer mucho hay gente tan gorda que tiene hasta los ojos gordos. Terrible, terrible...

-Pero no irremediable. Están las dietas.

-Sobre las dietas escribí mi teoría. Son dramáticas. Imagine usted: alguien pierde 20 kilos de peso. ¿Qué pasa si en esos 20 kilos que pierde estaba su cuota de talento y de honradez?

-Por lo que se ve en sus películas y por lo que se desprende de su respuesta, usted vive acosado por preguntas tremendas... ¿Su psicoanalista no le resuelve estos interrogantes?

-A mi psicoanalista (y esto ya es público) yo le oculto ciertas cosas. Le oculto mi nombre, mi nacionalidad, mi sexo. Retengo información estratégica.

-¿Por qué hace eso?

-Porque cualquiera puede ser psicoanalista de uno si conoce todos los hechos. Por eso yo escondo bastante. No es cuestión de regalarles el dinero.

-Cambiemos de asunto. ¿Quiénes son sus directores de cine preferidos?

-Fellini, Kurosawa, Bergman, Renoir...

-¿Y cuáles los escritores?

-Faulkner, Joyce, Kafka, pero sobre todo Dostoiesvki, Tolstoi, todos los novelistas rusos.

-¿Qué le sugiere la Perestroika?

-Que hay que alentarla. La democracia y la libertad hacen más felices a los seres humanos.

-¿Se animaría a filmar en tono de comedia una película cuyos personajes centrales fueran Van Gogh, Poe y Kafka?

-No me animaría a eso. No conozco lo suficiente a esos muchachos.

-¿Por qué sus películas son tan urbanas?

-Será porque detesto la naturaleza. Prefiero morir antes que vivir en el campo.

-¿Sabe la razón de semejante rechazo?

-No lo he averiguado... debiera preguntárselo a boca de jarro a mi analista. Aunque tal vez sea porque lo asocio a campo de concentración... Confieso que muchas veces siento que la vida se parece a un campo de concentración. A uno lo arrojan a un campo de ésos y una vez adentro no entiende porqué. Lo mismo pasa con la vida.

-Hablando de la vida, ¿qué va a hacer este fin de semana?

-Lo de siempre. Soy un adicto, un adicto al trabajo. Trabajaré, tocaré el clarinete, iré un rato a conversar con mis padres, jugaré con los chicos, miraré básquet por tevé...

-Usted, como el viejo Bergman, parece obsesionado buscando pruebas de la existencia de Dios...

-Así es. Ando en eso.

-¿Algunas conclusiones para compartir?

-Por momentos creo que Dios existe. Y aunque no soy un conservador sino un librepensador, estoy a favor de la religión en las escuelas. Porque en los tiempos de exámenes no hay ateos. Eso está comprobado.

-¿Cuándo duda de la existencia de Dios?

-Es doloroso tocar este tema, se me estruja el corazón... En fin, hay veces que me digo: si existe la pobreza y la calvicie, no puede ser que exista Dios.

-Después de tanto cavilar, ¿obtuvo o no alguna prueba tangible?

-No hasta el momento. Lamento darle esta respuesta con el costo de su llamada telefónica. No obtuve ninguna prueba de la existencia de Dios. Pero no se preocupe, en cuanto la tenga lo llamo.

-En la reencarnación, ¿cree o no cree?

-No. Y es más: no me gusta nada la idea misma de la reencarnación. Eso de ir y volver, ir y volver, me resulta desagradable, por lo menos para mi gusto. Esto de andar muriendo y naciendo, muriendo y naciendo, no se lo deseo a nadie. Creo que con una vez está bien. Además ya le dije: ni para buscar el Oscar me gusta viajar.

-¿Tiene una idea aproximada acerca "de dónde venimos" y "hacia dónde vamos"?

-Como tener tengo una idea, pero no es muy placentera. Prefiero no decirla.

-Con la idea de la muerte, ¿cómo se lleva?

-No demasiado bien. Le temo, me obsesiona, me preocupa bastante esa señora.

-¿Cuántos años piensa vivir?

-Con buena salud, todos los posibles.

-Epitafio ¿tiene pensado?

-Probablemente me gustaría que dijera que siempre traté de ser un poco mejor. No el mejor, sino yo un poco mejor.

-Usted ya lo hizo en la ficción de un relato: jugó una partida crucial de naipes con la muerte. Si ahora ganara esa partida y pudiera entonces vivir un día más, ¿qué haría en ese día?

-Me sentaría a ver viejas películas. No las mías, sino películas como Cantando bajo la lluvia.

-Sigamos suponiendo: si en este minuto entrara a su oficina un hombre, y resulta que ese hombre es el señor Adolf Hitler, ¿usted qué haría?

-Lo ataría. Bien atado. Y enseguida me escaparía con mi familia.

-No se agite, Hitler ya se fue. Entra otro hombre, de barba... es Sigmund Freud... Usted, Woody, ¿qué le dice?

-Que me devuelva toda mi plata.


Después, detrás, debajo

El mundo es, según se mire, espantosamente sencillo. O prodigiosamente sencillo. A pesar de la condición humana y a pesar de la agravada condición argentina. Pero el caso es que lo complicamos al punto de convertir a los divanes psicoanalíticos en un producto de la canasta familiar. El mundo es tan sencillo que si uno cierto día quiere entrevistar a Woody Allen puede hacerlo sin moverse de su sitio. Basta con intentarlo. Mi llavecita para la cerradura fue una carta que se columpió entre el humor y la parodia. Se la escribí dando por hecho que Allen tiene algún sentido del humor. Nada menos. Dicho sea y con bronca: en su momento, esta carta que sirvió para conseguir la entrevista imposible, me dio una enorme alegría y -como siempre pasa en el sube y baja del vivir-, un enorme disgusto. Resulta que a último momento, ya diagramada, en la revista levantaron la carta con una excusa: "falta de espacio, va un aviso". En fin.

La carta fue la siguiente:

Muy estimado y admirado Woody Allen: Me llamo Rodolfo Braceli. Aprendí a respirar hace casi 50 años. Tengo entendido que sé leer y escribir. Me gustan las películas de Bergman y Wajda y Resnais y Fellini y, usted no va a creerme, las suyas… Bajito de estatura, podríamos decir que soy un enano bastante alto. Tengo pies planos, para desgracia de las hormigas. He perdido casi todo el pelo, y no lo encuentro. Soy miope, y más bien narigón. Sin mis anteojos, mi vida no tiene sentido… Soy un desguarnecido, un auténtico desgraciado, las mujeres que se acercan a mí se transforman en mis madres. Yo soy, entonces, un bebé de pechoS, y muy hambriento. Si hay una baldosa floja en la vereda es seguro que la piso. Si hay una evacuación canina también la piso, con exactitud. Mi timidez es colosal; aunque no sé si lo mío es timidez o es alergia. Probablemente sea alergia, porque cuando me encuentro con gente alegre y feliz empiezo a estornudar como loco. Con Dios tengo mi rollo: a veces lo escribo con minúscula, a veces con mayúscula, a veces con acento. Creo en Dios cuando duermo y me vuelvo ateo cuando despierto. Siempre duermo con la luz prendida. Y mi magro sueldo se me va en pagar la cuenta de la electricidad. Creo que la razón fundamental de los grandes fracasos es el mal aliento. ¿Le dije Woody que soy un desgraciado? Me quedé corto: nunca gané en nada, nunca. Una vez corrí una carrera de cien metros yo solo: salí segundo. Me ganó mi sombra, porque yo tenía el sol atrás. Soy un extraordinario perdedor. Un fracasado nato. Escribo poesías en los días impares pero tengo la amabilidad y la decencia de quemarlas en los días pares. Algo más: una vez tuve una idea... ¡y perdí el conocimiento! Pese a mis abundantes imperfecciones y carencias, señor Woody Allen, yo quisiera hacerle una entrevista.